1.

3.4K 144 7
                                        

Los primeros rayos del sol atravesaban los ventanales de la mansión , bañando la habitación de con una luz cálida y suave. , puntual como siempre, se levantó de su esmoquin negro, observando la hora: las nueve. Era momento de despertar a su pequeño lord.

—Ciel, cariño, es hora de despertar —susurró, acercándose con delicadeza.

Movió ligeramente al niño, que emitió un pequeño gemido y se removió entre las sábanas de lino fino.

Sebastián comprobó el pañal de tela que Ciel llevaba puesto, húmedo por el descanso nocturno. Con manos firmes pero cuidadosas, levantó al niño y lo llevó al cambiador de madera con almohadillas de lino, donde limpió con esponjas humedecidas y talco sus partes delicadas, colocándole un pañal seco sujeto con broches de metal.

Tras esto, le colocó un camisón de algodón fino, dejando cerca su muñeco de trapo favorito, un conejo gris con ojos bordados que había sido de su infancia.

—Todo listo, mi lord —susurró Sebastián, acariciándole la espalda mientras Ciel se desperezaba y bostezaba, mezclando su pequeña mentalidad de dos años con la compostura que su posición exigía.

Con cuidado, Sebastián bajó al niño por las escaleras y lo sentó en su trona de madera, preparando su desayuno: papilla de frutas servida en un tazón de porcelana, y un biberón de cristal con tetina de caucho.

Él mismo tomó un par de tostadas y un café con leche, y limpió con un paño húmedo las pequeñas manos y la carita de Ciel después de comer.

Una vez satisfecho, Sebastián colocó junto al niño la ropa del día: pantalones hasta la rodilla de lana negra, camisa blanca de lino, chaqueta de corte elegante, calcetines altos y zapatitos de cuero negro.

Ciel jugaba en su corral con su muñeco mientras Sebastián se vestía de esmoquin negro y camisa blanca, preparado para acompañarlo al funeral.

—Mi lord, su carruaje está listo —anunció Sebastián, colocando un bolso con pañales, esponjas, talco, biberones y papilla, listo para cualquier eventualidad.

Ciel, ahora consciente de su yo de trece años, habló con voz firme:

—¡Sebastián! ¡Es una orden, ven aquí!

—Sí, mi lord —respondió Sebastián, inclinándose ligeramente.

—Quiero explicaciones —dijo el joven, cruzando los brazos—. ¿Por qué estoy vestido así? Y quítame el pañal.

—Mi lord, sabe que no es posible —contestó Sebastián con calma—. La ley lo prohíbe. Aunque ahora se encuentre en su edad adulta, su esfínter aún es delicado y podría sufrir accidentes.

Un leve toque del timbre interrumpió la conversación. Sebastián hizo una reverencia y fue a atender: era el carruaje que los llevaría al funeral de los padres de Ciel.

El trayecto hasta la iglesia fue silencioso, salvo por el crujir de las ruedas sobre el empedrado y el ligero gemido de Ciel, que mantenía aferrado su muñeco de trapo. Sebastián lo acariciaba suavemente, murmurando palabras tranquilizadoras mientras la pequeña mente de Ciel buscaba consuelo.

Al llegar, ocuparon sus lugares en la primera fila. Los invitados se encontraban en solemne espera: al lado del conde con su sirviente .

Ciel mantenía la espalda recta y la mirada baja, intentando ocultar su pequeño “yo” mental que palpitaba de miedo y tristeza.

—Ciel, ¿quieres sentarte junto a mí? —susurró Elizabeth, intentando tender un hilo de consuelo—. No tienes que estar solo.

Ciel negó con un leve movimiento de cabeza, la voz apenas audible:

—Estoy bien, gracias.

Sebastián observaba con atención cada gesto, cada respiración entrecortada de su lord. Sabía que cualquier distracción podría hacer que la regresión mental de Ciel se manifestara más intensamente.

El sacerdote comenzó la ceremonia, y el silencio se llenó de sus palabras solemnes y del eco de los pasos de los asistentes al acercarse al ataúd abierto.

Ciel evitaba mirar directamente los cuerpos de sus padres; su pequeña mente de dos años no comprendía por completo la muerte, pero sentía el frío vacío y la pérdida de una manera instintiva.

—Ciel, cariño… —susurró Sebastián, apoyando una mano en su espalda, manteniendo firme su cuerpo pequeño mientras la mente adulta intentaba procesar la tragedia.

En un instante, un sollozo profundo escapó de los labios del joven. Sebastián lo inclinó suavemente, acomodándolo en sus brazos, mientras Ciel abrazaba con fuerza su muñeco de trapo y su chupete.

La cabeza del niño descansó sobre su hombro, y sus pequeños pies colgaban del abrazo, temblando levemente.

Cuando la ceremonia concluyó, Sebastián llevó a Ciel de vuelta al carruaje.

Durante el trayecto de regreso, no hubo palabras: solo la caricia constante en su espalda, pequeños movimientos circulares y el suave murmullo de una canción de cuna victoriana.

La respiración de Ciel se volvió pausada y tranquila hasta que cayó en un sueño profundo, nuevamente seguro en su regresión mental de dos años.

Al llegar a la mansión, Sebastián lo acomodó cuidadosamente en la cuna de madera con sábanas de lino y mantitas bordadas, dejando su muñeco de trapo a un lado.

Aseguró que estuviera cómodo y seguro antes de bajar a inspeccionar los preparativos de los sirvientes.

—Ho-ho-ho-ho… todo listo —susurró al verlo descender por las escaleras.

—¡Todo preparado para recibirlo! —añadió .

—No romperé ningún plato, Sebas-chan —prometió .

—Y la comida estará perfecta —concluyó .

Sebastián suspiró, aliviado. Aunque para cualquiera fuera un simple mayordomo, él sabía que cada detalle debía estar impecable.

Porque cuidar de su lord no era solo servir, sino anticipar cada necesidad, incluso las que no podía expresar.

Daddy's little.Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora