Londres, siglo XIX
El mundo estaba regido por reglas que no se podían quebrantar, y una de las más importantes era la clasificación obligatoria de todos los niños a partir de los tres años. Una clasificación que determinaba su destino de por vida.
Había tres rangos.
Los Animales, con sentidos y habilidades superiores a los de un niño normal: un oído fino, un olfato agudo, dientes afilados para morder.
Los Normales, aquellos que crecían como cualquier otro niño, sin ninguna diferencia notable.
Y, finalmente, los Little, el rango que nadie deseaba.
Los Little no cambiaban físicamente, pero su mente retrocedía involuntariamente a la inocencia de un niño pequeño. Sus pensamientos y emociones eran coherentes con una edad mucho menor que la real, y necesitaban la guía de un cuidador, porque cualquier descuido podía dejarlos vulnerables.
En el corazón de London vivía la familia Phantomhive family, nobles de renombre y dueños de Funtom Corporation, una compañía dedicada a la fabricación de juguetes y dulces. Sus miembros principales eran Vincent Phantomhive, Rachel Phantomhive y su hijo Ciel Phantomhive, de casi trece años. Todo en su hogar era orden y alegría… hasta la víspera del cumpleaños de Ciel.
Esa noche, mientras sus padres regresaban de una fiesta en casa de Madame Red, hermana menor de Rachel, la tragedia los alcanzó. El camino de regreso a la mansión atravesaba colinas escarpadas y curvas peligrosas. Pero la fortuna los abandonó.
Un carruaje ebrio avanzaba tambaleante por el asfalto, invadiendo ambos carriles. No hubo tiempo para reaccionar. La colisión fue brutal: los cristales de los faroles y ventanillas se incrustaron en los rostros y manos de Vincent y Rachel. Sus gritos se apagaron poco a poco, hasta que solo quedó el silencio absoluto.
Cuando los paramédicos y la policía llegaron, ya era demasiado tarde. La noticia debía ser entregada al joven Ciel, el heredero de la familia.
El oficial Abberline llegó a la mansión y tocó el timbre. Sebastián, impecable como siempre, abrió la puerta. Un hombre de porte elegante, vestido con frac negro, guantes blancos y un reloj de plata colgando de su chaleco, con el cabello negro perfectamente peinado, que contrastaba con la palidez de su rostro.
—Buenas noches, oficial —dijo Sebastián, intentando mantener la compostura.
—Oficial Abberline, señor. ¿Qué sucede? —preguntó sin sospechar la magnitud de la tragedia.
En ese instante, pasos pequeños descendían por las escaleras. Ciel, despertado por el ruido, avanzaba tambaleante hacia la puerta. Sus cabellos oscuros estaban revueltos, y en sus brazos sostenía un muñeco de trapo, mientras llevaba puesto un pañal de tela sujeto con broches de metal, un camisón de lino fino, calcetines hasta la rodilla y zapatitos de cuero negro. Todo apropiado para un niño pequeño de la época.
—¿S-Sebby…? —su voz infantil se quebró al ver a los dos adultos. Sus ojos azul profundo comenzaron a llenarse de lágrimas.
Sebastián se agachó, levantando al niño suavemente y apoyando su cabeza en su hombro. Con una mano acariciaba su espalda en círculos, mientras con la otra ajustaba discretamente el pañal.
—Por favor, oficial, pase y espere en la sala —dijo Sebastián, con calma—. Ciel necesita descansar un poco.
Con cuidado, Sebastián condujo al pequeño por los pasillos hasta su habitación, donde colocó a Ciel en su cuna de madera con barrotes, rodeado de su mantita y su muñeco de trapo. Con movimientos delicados, lo arropó y lo dejó dormido, respirando lentamente y seguro, mientras su mente pequeña se relajaba.
Una vez Ciel descansaba, Sebastián bajó a la sala y preparó una taza de té negro para el oficial Abberline. Se sentó frente a él, con la compostura impecable que siempre le caracterizaba, listo para comunicar la terrible noticia: sus padres habían fallecido en un accidente lejano, un choque inesperado que ninguna precaución humana podría haber evitado.
El silencio de la mansión era pesado, roto únicamente por el tictac del reloj de plata y el murmullo del viento entre los árboles. Sebastián sabía que, a partir de aquel instante, su única prioridad sería proteger a Ciel, tanto de la pérdida como del mundo que se había vuelto repentinamente más cruel.
