3.

2.2K 90 27
                                        

Ciel avanzaba con pasos pequeños, aferrándose a su conejo de trapo. Sebastián lo observaba de cerca. El silencio del salón reforzaba la solemnidad del día, dejando espacio para que la mente infantil de Ciel procesara el duelo a su propio ritmo.

Sebastián ajustó ligeramente la capa del niño, asegurándose de que el suéter azul cielo no se arrugara y que sus zapatos negros quedaran bien colocados. Pequeños detalles que parecían insignificantes pero que, para Ciel, significaban seguridad.

—Vamos, mi lord —susurró Sebastián—. Aquí te espera algo especial.

Al girar una esquina, la luz se encendió y la sala reveló un ambiente completamente distinto. Guirnaldas delicadas colgaban de los ventanales. Pequeños globos blancos y azul cielo flotaban con ligereza. Sobre la mesa larga se alineaban bocadillos cuidadosamente preparados: pastelillos de crema, galletas de mantequilla y un pastel central con velas encendidas.

A pesar del dolor reciente, Sebastián había organizado la celebración de cumpleaños, adaptando cada detalle para que Ciel se sintiera cómodo y protegido.

—¡Feliz cumpleaños, mi lord! —exclamó con suavidad , entrando con delicadeza en la habitación. Su sonrisa era tierna, consciente de la fragilidad del joven Phantomhive.

A su lado, ofrecía un gesto elegante de apoyo, mientras se mantenía ligeramente en la sombra, observando con curiosidad y respeto. Solo los más cercanos habían sido invitados, personas que conocían la condición Little de Ciel.

Ciel miró la escena con ojos grandes y azules, dudando un instante antes de acercarse a la mesa. El aroma del pastel y de la repostería recién hecha llenaba el aire, mezclándose con la suavidad de las flores blancas y negras que decoraban la estancia.

Sebastián lo sostuvo de la mano y lo condujo con cuidado hasta una trona alta colocada frente al pastel, asegurándose de que no se sintiera abrumado y que pudiera alcanzar cómodamente la mesa, sin peligro de caídas.

—¿Quieres soplar las velas, Ciel? —preguntó Elizabeth, con voz suave.

Ciel asintió tímidamente. Sebastián encendió las velas con cuidado mientras el pequeño Phantomhive extendía sus manos. Con respiraciones cortas y torpes, sopló una por una. Los invitados aplaudían suavemente. Cada gesto estaba medido para no sobresaltarlo y mantener su estabilidad.

Después comenzaron los juegos sencillos, adaptados a la edad mental de Ciel. Pequeños rompecabezas de madera, muñecos de tela y bloques pintados captaban toda su atención.

Aplaudía con entusiasmo cada sorpresa. Aunque su cuerpo era de un joven de trece años, sus movimientos y expresiones eran infantiles y sinceros, llenos de curiosidad y alegría genuina. Sebastián permanecía a su lado, corrigiendo suavemente posturas, secando manos sucias y asegurando que su lord no se sintiera incómodo o inseguro.

—Mira, Ciel, esto va aquí —dijo Elizabeth, mostrando cómo encajar un bloque de madera—. No tengas miedo, yo te ayudo.

Ciel sonrió débilmente y colocó el bloque con torpeza. La expresión de orgullo infantil iluminó su rostro, y Sebastián la observó con aprobación.

Mientras tanto, Madame Red servía té en pequeñas tazas y pastelitos adaptados al tamaño de Ciel. Grell, curioso, permanecía cerca de la mesa, haciendo comentarios divertidos y exagerados que provocaban pequeñas risas sin sobrepasar la paciencia del niño.

—¿Quieres más galletas, Ciel? —preguntó Madame Red, ofreciendo un plato—. No te preocupes, todo está hecho para ti.

Ciel tomó una galleta con manos temblorosas y mordió con cuidado, observando cada gesto de los invitados. Cada acción estaba calibrada para no abrumarlo. Sebastián permanecía cerca, asegurando que la experiencia permaneciera controlada y tranquila.

Tanaka se movía silenciosamente por la sala, retirando platos vacíos y reponiendo vasos de té. Mey-Rin ayudaba con los bocadillos, mientras Finny verificaba que no hubiera obstáculos en el suelo. Cada sirviente participaba discretamente, formando una red de seguridad invisible alrededor del pequeño lord.

Los juegos continuaron, intercalando pequeños momentos de descanso y bocados de pastel. Ciel reía suavemente cuando alguien movía un muñeco para hacerlo “bailar” frente a él. Su corazón parecía aliviarse, aunque fuera por instantes, de la tristeza que todavía latía bajo su mente infantil.

De pronto, un sonido cortó la tranquilidad: el timbre de la puerta. La música y las risas cesaron de inmediato; incluso los globos parecieron balancearse con el sobresalto. Sebastián se inclinó ligeramente hacia Ciel:

—Permanece aquí, mi lord —susurró—. Voy a atender.

Se dirigió hacia la puerta principal, manteniendo la compostura impecable, y abrió para encontrarse con un mensajero con postura rígida, vestido con el uniforme de la Reina Victoria. En sus manos, un sobre lacrado con el sello real, brillante y solemne.

Sebastián frunció ligeramente el ceño. Reconoció al instante la importancia del envío: la carta estaba destinada al perro guardián de la reina. Con un gesto elegante, tomó el sobre y se giró hacia la sala, donde Ciel observaba desde su trona alta con ojos curiosos y expectantes, aún con su muñeco de trapo entre brazos.

Por un instante, Sebastián dejó que su mirada se endureciera, consciente de que la calma de la tarde acababa de terminar. La celebración se había detenido, y un nuevo peso descendía sobre la mansión Phantomhive. La responsabilidad de Ciel, incluso en su regresión, pronto lo alcanzaría de la manera más formal y solemne posible.

—Mi lord —dijo Sebastián, mostrando el sobre con delicadeza—. Parece que tenemos un mensaje importante.

Ciel, ajeno a la magnitud de la situación, aferró su conejo y parpadeó, intentando comprender. Sebastián se aseguró de que todo siguiera bajo control. La carta real no era solo un documento; era el primer aviso de que el mundo exterior no permitiría que la vida de Ciel permaneciera inalterable, incluso en su estado más vulnerable.

El murmullo de los invitados, la suavidad de las velas y la sensación de seguridad que Sebastián había construido alrededor del pequeño lord contrastaban con la severidad que la carta representaba. Por un instante, la fiesta de cumpleaños y la inocencia de Ciel parecieron fundirse con la gravedad de su destino, creando un momento que ninguno de los presentes olvidaría.

Daddy's little.Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora