Briana
Despedirme de Nueva York no fue fácil.
Esa ciudad me enseñó a ser yo. A vivir, a equivocarme, a reírme con libertad, a bailar hasta el amanecer con amigos que se convirtieron en familia. Ellos me hicieron una despedida tan hermosa que terminé llorando con una copa en la mano, prometiéndoles que nos volveríamos a encontrar. Porque sé que, si alguna vez caigo, ellos bajarían al infierno conmigo solo para sacarme de allí.
Por suerte, no me fui sola. Luna, mi mejor amiga, mi hermana de otra vida, vino conmigo. Una latina de piel canela, ojos miel que brillan con fuego y un cuerpo de diosa que se niega a doblegarse ante el mundo. Estudió Derecho, y a pesar de sus cicatrices, su risa sigue siendo una promesa de que todo saldrá bien. Cuando le pedí que trabajara conmigo en la empresa, no lo pensó dos veces:
—Donde vayas, ahí estaré —me dijo mientras me abrazaba fuerte.
Ella no cree en el amor. No después de lo que le hicieron. Yo... tampoco estoy segura de creer. Pero quiero aprender a hacerlo de nuevo.
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Esta mañana llamé a papá para confirmar detalles del apartamento que compré. Ni loca iba a vivir con mi madre. Papá le puso un alto cuando ella montó su drama al enterarse de que yo tendría la presidencia. Él solo le dijo que, si seguía fastidiando, le cortaría las tarjetas. Y para mi madre, eso es peor que la muerte.
Me pregunto qué cara pondrá cuando me vea después de estos cinco años. No he hecho dietas. Solo ejercicio. Ya no soy esa muñeca flaca que ella quería. Ahora tengo curvas, caderas, piernas fuertes y un trasero que adoro. Me siento sexy. Me siento viva.
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Llegamos a Londres por la mañana. El vuelo fue largo, pero la emoción no me dejaba sentir el cansancio. Luna estaba igual que yo: expectante, ansiosa, con esa sonrisa de niña traviesa que tanto amo.
Al bajar, vimos un letrero con mi nombre. Allí estaba Raúl, el chofer de papá de toda la vida. Corrí a abrazarlo sin importarme quién mirara.
—Te extrañé tanto, Raúl —le susurré.
—Mi niña, Olga y yo también te extrañamos —me dijo con los ojos húmedos.
Me giré y vi a Luna cargando maletas como loca.
—¡Perra, me dejaste tirada! —dijo con dolor fingido.
Solté una carcajada y corrí a ayudarla. Raúl nos ayudó también, y mientras íbamos al coche, le presenté a Luna.
—Raúl, ella es Luna, mi mejor amiga. Luna, él es Raúl, más que un chofer, un padre en mi vida.
Ambos se cayeron bien al instante, mientras Raúl nos contaba de Londres y de cómo mamá había vuelto loca a Olga organizando una fiesta de bienvenida que yo no quería.
—Papá me prometió mi regalo después de la fiesta —le dije a Luna, y ambas sonreímos.
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Cuando llegamos al apartamento, me enamoré de inmediato. Era exactamente como se lo pedí a papá: sin lujos innecesarios, con alma de hogar. Ventanales con vista a la ciudad, una terraza donde podría tomar cerveza y charlar con Luna de madrugada, habitaciones con baño propio, y una chimenea que me abrazaba solo con verla.
Dejé a Luna en su cuarto y me encerré en el mío, dejando que la emoción me llenara mientras desempacaba. Me metí a bañar, dejando que el agua se llevara de mi piel los restos de Nueva York y los miedos que ya no quería cargar.
Elegí un jumpsuit blanco con espalda descubierta y tacones anchos. Mi cabello, ahora corto, caía con rebeldía sobre mis hombros, recordándome la libertad que me había ganado. Un smokey eyes para resaltar mis ojos verdes, perfume con notas de vainilla y canela.
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Bad Girl
RomantizmBriana "No lo voy a dejar desarmar mi mundo otra vez. No importa lo que sienta cuando lo vea, no importa si mi corazón se detiene al cruzar su mirada ... Yo no soy la misma, y él tampoco debería serlo." Íker "Si la miro, si la veo entrar con esa d...
