Briana
Hoy es lunes, el día que tanto esperaba y a la vez temía. Voy a la empresa, al lugar donde empezaré oficialmente una nueva etapa: tomar la presidencia que papá ha decidido cederme, junto con Íker.
Ayer, cuando me lo anunció, no pude evitar sentir un nudo en el estómago. Pero él, con su voz firme y ese brillo de orgullo en sus ojos, me dijo que estaba preparada, que confiaba en mí y que necesitaba descansar. Que ya era tiempo de que yo tomara las riendas.
Papá siempre ha sido mi mayor apoyo, incluso cuando le conté que no quería tener hijos. No soy maternal, y con el ejemplo de madre fría y superficial que tuve, mi decisión solo se reafirma. Pero él, con esa sabiduría que lo caracteriza, solo me dijo:
—Es tu decisión, mi princesa. Disfruta la vida, que solo hay una.
Y así lo hago. Amo mi libertad, mi independencia, mis viajes con Luna, mi mejor amiga y hermana de alma. En cada escapada en nuestras motoras, recorriendo Estados Unidos, aprendí a ser yo, sin ataduras ni juicios.
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Anoche papá nos dejó toda la información para prepararnos. Luna y yo pasamos horas diseñando un plan para llevar la empresa a otro nivel. Le mostré a papá mis diseños para la nueva colección de joyería y él los amó. Estoy emocionada, siento que hoy todo puede empezar a brillar de verdad.
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Llegamos media hora antes a la empresa, nerviosas pero listas. En la oficina nos esperan papá, Íker y Lucas —el abogado de la empresa y, el mejor amigo de Íker—. Presento a Luna y se llevan genial, eso me alivia. Explico la propuesta a Íker e Lucas y siento en sus miradas ese orgullo silencioso que siempre quise ver.
La reunión supera las expectativas. Los socios aprueban la nueva imagen, los diseños, y fijamos la presentación oficial dentro de dos meses.
Cuando todo termina, salgo caminando hacia la salida, y siento una voz detrás de mí:
—Bri, ¿almorzamos juntos?
Es Íker.
Mi corazón da un vuelco. ¿Almorzar con él? ¿Después de todo? ¿No estará con Cassy? ¿O quiere hablar de la empresa? Respondo con la voz temblorosa que no reconozco:
—Claro, déjame avisar a Luna.
Salgo y le digo a Luna que iré con Íker. Ella me mira con esa sonrisa sabia y me dice:
—Es bueno para cerrar ciclos.
Pero yo no estoy tan segura. Él me sigue haciendo sentir un torbellino de emociones, y la inseguridad me paraliza. No quiero volver a caer.
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Nos sentamos en un restaurante a una cuadra. La recepcionista le lanza una mirada a Íker, y yo, entre divertida y molesta, pongo los ojos en blanco. Ni tiene curvas, pienso con una sonrisa burlona.
Pedimos agua y soda, y cuando la camarera se va, cae un silencio incómodo hasta que él rompe el hielo:
—Cuéntame, ¿cómo te fue en Nueva York?
Respiro profundo y le cuento de la ciudad que me robó el alma, de los viajes con Luna, de los días en que estudiaba sin descanso, pero también de las noches en que la libertad me abrazaba.
Él me mira con una sonrisa que me desarma y me hace sudar sin que nadie lo note.
—Felicidades por tus estudios —me dice—. Lo lograste.
—Gracias —susurro, sintiendo que mi voz es un hilo.
—¿Y tú? ¿Cómo estás? ¿Y Cassy? Sé que no terminamos bien la última vez... —Me disculpo sin pensar:
—Yo también quiero disculparme. Sé que fui una perra con ustedes, pero estaba dolida. Somos adultos, espero que me perdones.
Él me mira sorprendido, no esperaba mi sinceridad.
—Está bien, gracias. Pero... —hace una pausa—. Cassy y yo nos divorciamos hace tres meses.
Siento que el mundo se detiene un segundo. No lo imaginaba. Siempre parecían perfectos.
—Lo siento —le digo con el alma—, no lo sabía.
Él sonríe, triste, como quien recuerda algo que dolió más de lo que muestra.
—Teníamos metas diferentes —murmura, y escucho, aunque no me atrevo a preguntar.
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La conversación deriva a la empresa, a recuerdos de niños, risas, planes.
Horas después, al pagar la cuenta, suena su teléfono. Veo en la pantalla el nombre de Cassy. Él se disculpa, habla en voz baja, y noto la tensión en sus manos apretadas. Pero no digo nada.
Al llegar a la empresa, cuando me despido, está demasiado cerca.
—Perdón —me dice, tocándome la mejilla—. Estás preciosa, Bri. Me encantaría cenar contigo hoy.
Un escalofrío me recorre y me cuesta encontrar palabras.
—No sé —susurro.
—Por favor. Solo una cena, en mi apartamento. Quiero saber de ti, de estos años que no nos vimos.
—Está bien —respondo, sin estar segura de si hago lo correcto—. A las ocho. Envíame la dirección.
Nos despedimos, cada uno por su lado.
Cuando se lo cuento a Luna, me mira con picardía:
—Haz que la cena termine en sexo para cerrar el ciclo.
Le sonrío, pero sé que no es tan simple. Solo verlo ya me tiene perdida.
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En casa duermo un rato, luego me levanto, me baño y me visto sencilla: pantalón alto, top negro de encaje y mis botas de combate. No quiero tacones ni maquillaje excesivo. Soy otra, y me gusta.
A las siete y media salgo, pongo la dirección de Íker en el GPS y canto para calmar los nervios.
El edificio donde vive es imponente. Sé que tiene el ático, así que uso la clave para subir directo.
Al entrar, un espacio elegante pero cálido me recibe: sillones blancos, chimenea encendida, cuadros de paisajes que tranquilizan.
Y entonces lo veo.
Íker, de frente, impecable en su ropa casual, con ese aire de hombre peligroso y deseable. Un Dios griego.
Nadie me preparó para esto.
Estoy jodida.
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Bad Girl
RomanceBriana "No lo voy a dejar desarmar mi mundo otra vez. No importa lo que sienta cuando lo vea, no importa si mi corazón se detiene al cruzar su mirada ... Yo no soy la misma, y él tampoco debería serlo." Íker "Si la miro, si la veo entrar con esa d...
