Bri
Iker me besa como si todos estos años hubieran estado en un desierto y yo fuera su oasis prohibido, ese único refugio que su alma anhelaba. En ese beso sentí cada segundo de ausencia, cada noche sin él, como si en ese instante quisiera devorarme con una necesidad oscura y desesperada.
Cuando me pidió una oportunidad, dudé. ¿Cómo no dudar? No quería abrir la herida vieja, no quería volver a sentir ese dolor que casi me destruye. Pero sus ojos —esos ojos que me hablaban con la verdad más cruda, con el corazón desnudo— me derritieron. Lo sigo amando. Más fuerte, más profundo, y mi cuerpo lo grita sin tregua.
Él me alza y mis piernas se enredan a su cintura como si siempre hubieran pertenecido ahí. El calor que emana de su cuerpo me hace temblar, me desgarra por dentro. Gimo sin poder contenerlo, aunque solo sea un beso el que recorra mi piel. Mis bragas están empapadas y ni siquiera hemos cruzado la puerta de su cuarto.
Pero antes de entrar, me pega contra la pared, nos separamos un instante, jadeantes. Me mira con esa mezcla de deseo y posesión que me pone a temblar. Es un predador, y yo soy presa y devoción.
—Bri, antes de entrar... quiero preguntarte dos cosas —su voz es un susurro grave, ronco de tensión.
Lo miro, interrogante, y él pasa sus nudillos por mi cuello. Tiemblo, suspiro, atrapada en ese roce tan pequeño pero feroz que enciende cada fibra de mi piel. Se ríe, porque sabe exactamente el efecto que tiene sobre mí.
—Dime —respondo, apenas audible, perdida en la tormenta de sus ojos que parecen plata fundida, ardientes y profundos.
—Cuando pases esa puerta tienes que estar dispuesta a todo. Nunca he traído a nadie aquí, eres la primera y espero que la única. Esto no es un juego. Te quiero entera, una relación, una vida, un futuro conmigo.
Sus palabras me arrastran a un abismo de emoción. Estoy sin aliento. Lo miro fijamente, buscando la verdad que brilla en sus ojos, sin sombra ni engaño. Maldita sea, siempre fue eso lo que quise de él. Pero necesito respuestas, necesito certezas.
—Yo también lo quiero todo, Iker. Pero necesito saber que eres solo mío. Que Cassy no está en tu vida. Que solo seremos nosotros.
Él me encara con una decisión inquebrantable.
—Siempre fuiste tú —me dice, con una verdad que atraviesa mi piel—. Ella no está en mi vida, y nunca lo estará. Tú eres mi destino, mi final. Sé que merezco tu desconfianza por lo que pasó antes, pero te juro, Bri, que no te dejaré ir. Desde hoy eres todo lo que deseo... mi reina, solo tú.
Sus palabras me hacen temblar, y lo beso con todo el fuego, toda la pasión que siempre guardé para él. Mi cuerpo y mi alma le pertenecen desde siempre. Cuando nos separamos, me mira con una intensidad que quema.
—¿Te cuidas? —me dice—. No quiero barreras entre nosotros.
Me río, asentando con la cabeza, sin poder ocultar la mezcla de miedo y deseo que me consume.
—Mierda, mi reina, te deseo —susurra, y me pierdo en su beso una vez más.
Entramos al cuarto. Ni siquiera noto cómo cierra la puerta con una patada firme. Me lleva hasta la cama y me recuesta con delicadeza contenida. Se sube encima de mí, apoyándose para no aplastarme, y comienza a esparcir besos por mi clavícula, bajando por mi cuello. Cada roce es un tormento exquisito, me desespera y me enciende.
Desliza mis tirantes hacia abajo y saca mis senos a la luz. Los observa hambriento, alternando besos, chupadas, mordiscos precisos que saben exactamente dónde tocar, donde hacerme temblar. Sube de nuevo y me besa con esa hambre contenida, urgente.
Me quita la camisa lentamente, su boca baja por mi estómago, mordiendo y besando mi piel como si fuera su territorio.
—Extrañaba tu cuerpo, nena... Dios, tu olor, tu piel suave como seda, cómo se eriza cuando mis labios la recorren... —me dice, con voz ronca, mientras sigue bajando.
Quiero llorar, esto parece un sueño del que no quiero despertar.
Desabrocha mis pantalones y se acomoda entre mis piernas. Baja mis jeans mientras besa el arco de mis pies con una delicadeza feroz, y yo tiemblo por completo. Quita mis botas, repite el ritual, y cada roce me vuelve loca.
Con mis pantalones y bragas fuera, sus labios recorren mis piernas. Gimo como una gata en celo, algo que no sentía desde hace casi seis años. Y es malditamente delicioso.
Cuando llega a mi centro, tiemblan mis manos de anticipación. Pasa la punta de su lengua por mí, y al mirarlo, veo un deseo oscuro en sus ojos, un hambre que nunca antes había visto.
—Siempre dulce, nena. Tal cual como recordaba —murmura, y sin darme tiempo a pensar, se adentra entre mis piernas.
Me come con una pasión salvaje, exquisita, que me tiene jadeando, gritando, perdida. Mete dos dedos en mí, mientras sigue devorándome, y sé que no duraré mucho. Enredo mis dedos en su cabello, y escucho sus gemidos ahogados, su desesperación.
Estoy delirando, siento que me falta el aire, que me voy a desmayar, cuando susurra:
—Dámelo, Bri. Dámelo ahora.
Es como si mi cuerpo fuera suyo por completo. Me vengo con una ferocidad animal, como si ascendiera al cielo y descendiera al infierno al mismo tiempo. Mi cuerpo tiembla como una hoja en la tormenta, la oleada de placer recorriendo cada centímetro.
Lo siento desnudo frente a mí, y lo beso con desesperación. Lo acaricio como si fuera arcilla en mis manos, moldeándolo, reclamándolo. Nos seguimos besando, tocando, hasta que siento su miembro en mi entrada. Tiemblo.
Es duro, grueso, sedoso. Lo quiero dentro, ansío sentirlo llenándome. Me muevo para invitarlo, y él toma mis manos, subiéndolas por encima de mi cabeza. Me mira a los ojos, y caigo en el trance de su mirada.
Me besa de nuevo mientras entra lentamente, con una calma tortuosa que solo aumenta la intensidad.
Cuando llega al fondo, gemimos al unísono, conectados, fundidos. Porque eso siempre fuimos: uno solo.
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Bad Girl
RomansaBriana "No lo voy a dejar desarmar mi mundo otra vez. No importa lo que sienta cuando lo vea, no importa si mi corazón se detiene al cruzar su mirada ... Yo no soy la misma, y él tampoco debería serlo." Íker "Si la miro, si la veo entrar con esa d...
