En uno de los cuatro rincones de la galaxia existe la leyenda de que la Tierra era en realidad el Cielo. Tal concepto escatológico se conoce gracias retazos de papeles sin sentido (por estar despedazados e incompletos) y por libros enteros que tampoco tienen sentido (pues nadie sabe leer los idiomas terrestres, ni siquiera el TV Terrestre, el idioma único de la galaxia). Pero qué más se podía pedir de ese cuarto galáctico. No mucho. Y no más que el de otros dos cuartos. La mitad (para que quede claro). La mitad y un cuarto, para que quede completa la idea. Es en uno de aquellos tres cuartos al que Plutonia había llegado con Nix-O escondido en su morral.
Llevaban una semana subiendo y bajando escaleras de arena compacta. Cumplían siete días de estar entrando y saliendo del pequeño cuarto del pequeño edificio de la pequeña manzana de la pequeña colonia del pequeño planeta, un nuevo clúster de viviendas para la creciente población galáctica que se dedicaba a viajar de mundo en mundo para encontrar pequeños trozos de la Tierra, que como toda la galaxia sabía, estaban esparcidos por el casi sin fin de astros habitados e inhabitados. Para recordar cómo había sucedido tal suceso, nada más faltaba prender cualquier televisión y sintonizar al azar uno de los canales que aún no mencionaban el nombre de Plutonia (cualquiera de los quince millones). En realidad, había sido muy sencillo: los humanos (de los cuales no existe registro alguno en ninguna de las señales televisivas dispersas por el cosmos, ni en los fragmentos de revistas y fotografías regados como gotitas en los patios de algunas afortunadas casas) habían creado la menta más grande jamás vista, una colosal tableta blanca que podía ser vista desde el espacio. Y para festejar, pensaban lanzarla en el volcán más activo de la Tierra. De seguro la efervescencia lograda les daría a las burbujas un sabor a menta y roca fundida, algo tampoco antes visto. El problema, que no pudieron prever gracias al entusiasmo —y sobre todo al virus de la estupidez—, fue que la ebullición no se llevó a cabo en el cono del volcán, sino que la pastilla fue atraía por su peso hasta el corazón del planeta, donde un intrincado proceso de reacciones químicas (las fórmulas están disponibles para cualquiera que quiera hacer un estudio de pares, el problema es que solo han ido un número non de personas) hizo estallar el mundo en trescientos ochenta y cuatro trillones, seiscientos veintiséis billones, cuatrocientos treinta y tres millones, ochocientos treinta y dos mil, setecientos noventa y cinco pedazos. Muchos científicos no creen que esa cifra sea correcta, pues parece sacada de alguna página de consultas sobre escalas numéricas cortas. Pero nadie ha podido comprobarlo.
Fue en el octavo día cuando Plutonia recibió una llamada directa. Estaba a punto de volverse loca. No le gustaba mantenerse en un mismo lugar por tanto tiempo. Tampoco le gustaba permanecer por poco tiempo. Realmente no le gustaba nada, con excepción de su perro Nix-O, los chicles de sabores indescifrables y con lindos dibujos en las envolturas, los cielos morados con estrellas relucientes y cierto individuo que justamente estaba marcando a su implante.
—Tiempo sin saber de ti —dijo el sujeto. Su voz era cálida como las mareas de un atardecer a orillas del mar. Cabe aclarar que la playa en que pensaba a Plutonia era la del planeta Xhel Tul, con sus arenas rosas tan finas como el talco y un viento que podía acariciar la piel como un beso de bienvenida. En absoluto pensaba en las playas de Rodión Tercero, con arenas tan filosas como espinas de cactus y mareas temporales tan traicioneras que, si te descuidabas un momento, convertían las toallas de algodón en su materia prima, plantas de algodón. Los primeros dos turistas que experimentaron aquel retroceso temporal nunca superaron la vergüenza de verse desnudos detrás de una planta, y el administrador del planeta los corrió para siempre. Pero no fue tan malo, porque después de algunos años aquellos turistas iniciaron una familia que tuvo una descendencia de proporciones bíblicas.
—Tiempo sin saber de ti. —Plutonia dejó pasar un instante, pero no por saber sobre tácticas de comunicación interpersonales o por enojo, tampoco porque hubiera retrasos en la comunicación, la cual era instantánea gracias a los atajos espacio temporales llamados túneles topo (en la Convención de Nombres No Asquerosos se había decidido vetar el nombre de agujero gusano. ¿Quién en su sano juicio había decidido utilizar un animal tan repulsivo para tan hermosos caminos galácticos? Solo alguien que usara el nombre de John, o en todo caso el de Archibald).
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Plutonia
Science-FictionHan pasado miles de años desde la destrucción de la Tierra a manos de sus mismos habitantes, una pastilla de menta de proporciones colosales y un volcán. Sin embargo, los fragmentos de la explosión y el esparcimiento de su cultura en pedazos han rep...
