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La aldea de la Hoja lucía irreconocible a sus ojos, aunque no por una sola razón. No era únicamente el paso del tiempo lo que la hacía distinta, sino el peso acumulado de las tragedias que habían obligado a reconstruirla una y otra vez desde sus cimientos. Cuatro ocasiones, al menos, desde que ella tenía memoria... cuatro veces en las que Konoha había sido reducida a escombros para luego alzarse de nuevo.

La primera reconstrucción había quedado grabada en los libros de historia con tintes legendarios. Fue la noche en la que el Yondaime Hokage, Namikaze Minato, enfrentó y derrotó al Kyūbi, el treinta y uno de octubre. Una victoria teñida de sacrificio, que si bien fué significativa, fue el inicio de una serie de tragedias que le precederian.

La segunda llegó durante los exámenes Chūnin, un evento que debía celebrar el crecimiento de los jóvenes ninjas y terminó convertido en una pesadilla. Orochimaru, el sannin de las serpientes, invadió Konoha junto a Otogakure y Sunagakure, arrastrando consigo el caos. El Sandaime Hokage, Sarutobi Hiruzen, ofreció su vida en un último acto de protección. Otra vez, la aldea quedó destruida en el proceso.

La tercera destrucción fue aún más brutal. Akatsuki, el grupo de criminales que perseguía a los jinchūriki, llevó la devastación a un nivel inimaginable. Su líder, Pain —o Nagato Uzumaki, como Naruto lo llamaba— arrasó Konoha en cuestión de segundos. Edificios convertidos en polvo, vidas extinguidas... y luego, de forma casi milagrosa, restauradas. Un ciclo de muerte y retorno que dejó a todos anonadados como simples hormigas a su merced.

La cuarta y más reciente ocurrió durante la Cuarta Gran Guerra Ninja. No solo Konoha sufrió, fueron aldeas enteras que desaparecieron del mapa mientras que las grandes naciones quedaron gravemente dañadas. Cuando ella aún seguía "viva" las secuelas de ese conflicto seguían presentes y sus reconstrucciones seguían en proceso.

Por eso, contemplar la Konoha antigua tenía algo de... reconfortante. Era un respiro, una versión intacta de un lugar destinado a romperse una vez más. Un instante de calma antes de aquella inevitable tormenta.

Pero su mente no podía quedarse en esa contemplación.

Volvió al problema que realmente importaba. Su hijo.

Para ella, terminar teniendo un niño Uchiha era algo solo posible solo para las fantasías de su antigua vida como fanática.

Criar a alguien perteneciente a ese clan implicaba enfrentarse a una complejidad que iba más allá de lo evidente. Los Uchiha eran conocidos por la intensidad de sus emociones, aunque rara vez las exteriorizaran de forma directa. Bajo esa fachada contenida se ocultaba una capacidad de amar que resultaba tan admirable como peligrosa, porque ese mismo sentimiento podía convertirse en el origen de su caída. La pérdida no solo dejaba un vacío; encendía algo dentro de ellos, y era precisamente esa intensidad la que los definía... y los condenaba, despertando el Sharingan como respuesta al dolor. Sin embargo, esa dinámica correspondía a etapas más avanzadas de su desarrollo. En la infancia, la situación adquiría un matiz mucho más delicado, casi frágil, ya que los niños Uchiha eran especialmente susceptibles a las influencias emocionales, con una tendencia natural hacia pensamientos oscuros que los hacía aferrarse con desesperación a cualquier forma de afecto.

A diferencia de otros niños, capaces de adaptarse a la ausencia o de llenar los vacíos con recuerdos reconfortantes, un Uchiha solía enfocarse en aquello que faltaba, en lo que dolía, en la sensación de abandono que podía surgir incluso en situaciones aparentemente normales. Esa predisposición no era irreversible, pero requería una crianza estable, constante, profundamente comprometida. Y ahí residía el verdadero problema ¿Cómo podría un adulto inestable , guiar a un niño que nacía con esa inclinación?.

Por lo general, ningún Uchiha nace siendo mediocre.

Desde temprana edad, cada uno demostraba aptitudes superiores, ya fuera en el control del shurikenjutsu o en disciplinas como el genjutsu, el taijutsu o el ninjutsu, destacando incluso como prodigios en algunos casos. Sin embargo, ese potencial no siempre era bien encauzado, ya que el propio clan limitaba sus posibilidades al valorar únicamente la fuerza como shinobi, ignorando cualquier talento que no encajara en ese molde. Habilidades como la costura, la cocina o cualquier oficio civil eran relegadas, obligando a quienes las poseían a abrirse camino sin apoyo ni conexiones en un entorno cerrado, donde el éxito fuera de las expectativas tradicionales era raro y, en muchos casos, terminaba subordinado al propio clan.

Maldito seas Kami-samaHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora