1.- Instinto materno
Lo primero que debía tener en cuenta durante un embarazo era simple en apariencia, pero difícil de sostener en la práctica, mantener una buena salud física y emocional. Y, siendo honesta consigo misma, estaba peligrosamente cerca de romper la segunda regla sin remedio, porque no había forma lógica de conservar la estabilidad mental cuando, frente a sus ojos, un hombre de cabello plateado caminaba con absoluta tranquilidad al lado de otro de cejas espesas, irradiando una energía tan familiar que resultaba desconcertante.
Si no fuera porque conocía perfectamente la diferencia de generaciones, habría jurado que estaba viendo a Kakashi Hatake y Might Guy en plena juventud, de un universo alterno como lo fue aquella vez que huyeron de Tobi, su hijo descarrilado.
Sakumo Hatake era, de forma casi dolorosa, una imagen de lo que Kakashi habría sido sin su máscara. Mismo porte, misma expresión cansada, mismos ojos apagados que parecían arrastrar un peso invisible. Resultaba inquietante notar cuánto de su futuro maestro había heredado de él, incluso esa mirada perdida que tantas veces había interpretado en silencio. Por otro lado, Maito Dai era mucho más fácil de aceptar; no había duda de que el espíritu ardiente, esa energía inagotable y el amor casi exagerado por el entrenamiento físico, eran rasgos que su hijo replicaría con orgullo. Era como ver el origen de esa intensidad que más adelante se convertiría en un símbolo. Juventud, sin duda... aunque en ese momento, más que inspiradora, resultaba abrumadora.
—¡Sakura-chan!
La voz la sacó de sus pensamientos con brusquedad. Sakumo —no Kakashi, se recordó con firmeza— se acercó con pasos medidos, su expresión cargada de preocupación mientras mantenía las manos ocultas en los bolsillos, moviéndolas con un nerviosismo que no lograba disimular. A su lado, Dai avanzaba con una energía completamente opuesta, acortando la distancia con rapidez y gesticulando de forma exagerada, como si su inquietud necesitara manifestarse en cada movimiento.
—Sakura-chan, escuchamos que tuviste una pelea con tu equipo.
Sakura parpadeó, sorprendida por la afirmación, pero optó por guardar silencio. No tenía la energía para explicar que no, que no había habido ninguna pelea, que simplemente necesitaba espacio, que su mente estaba demasiado ocupada intentando procesar un futuro que parecía derrumbarse antes de comenzar. Sin embargo, su falta de respuesta solo pareció empeorar la situación, alimentando la preocupación de ambos hombres.
—No te preocupes, haré que entren en razón —añadió Sakumo con seriedad.
—No, Sakumo-san, no es necesario —intentó intervenir Sakura, aunque su voz apenas logró imponerse.
—¡TENDRÉ UNA LUCHA CON HAJIME-KUN HASTA QUE SE DISCULPE CON LAS LLAMAS DE LA JUVENTUD! —exclamó Dai con fervor, cerrando los puños con determinación.
—No lo hagas, Dai-san, Hajime puede reducirte a cenizas.
—Si Saiko estuviera aquí, esto ya se habría resuelto.
—Saiko está delicada...
—¡ENTONCES LUCHARÉ CONTRA TODOS LOS UCHIHA!
—No, no lo harás.
El suspiro que escapó de Sakura fue pesado, cargado de un cansancio que iba más allá de lo físico. Durante un breve instante, consideró decir la verdad, explicar por qué había comenzado a evitar a Hajime, por qué rechazaba las reuniones, por qué prefería mantenerse al margen. Pero conocía demasiado bien las consecuencias: preguntas, reacciones exageradas, rumores que crecerían sin control hasta convertirse en historias absurdas. No quería eso. No en su estado.
—Escuchen.
Su voz cambió, firme, autoritaria. Sus cejas se fruncieron levemente y su mirada adquirió una intensidad que obligó a ambos a guardar silencio.
—Mi equipo no está peleando. Estamos preocupados por Saiko-san, y sí, tuve un pequeño desacuerdo con Hajime-san, pero no es nada grave. Solo estamos agotados después de la última misión y necesitamos tiempo. Saiko acaba de despertar, requiere descanso, así que por favor no la molesten con cosas innecesarias.
La explicación fue suficiente. No porque resolviera todas sus dudas, sino porque la determinación en su tono no dejaba espacio para insistencias. Sakura, por su parte, apenas prestó atención a la reacción posterior. Acomodó con desgana uno de sus mechones rebeldes, ignorando el leve sonrojo de Sakumo y la incomodidad evidente de Dai.
Era agotador.
No solo lidiar con malentendidos o con la insistencia ajena, sino hacerlo mientras su cuerpo cambiaba, mientras cargaba con una vida que aún no terminaba de aceptar del todo.
:::
Desde que había llegado a esa situación, sus pensamientos no le habían dado tregua. Su mente regresaba constantemente al mismo punto, analizando, comparando, intentando encontrar algún sentido en medio de todo aquello.
El mundo ninja había sido devastado por la guerra —la última, esperaba—, y después de tanto tiempo, no tuvo más opción que aceptar una nueva identidad. Kurayami Sakura y Haruno Sakura eran, en esencia, dos personas distintas, separadas por experiencias, por historia, por contexto... y, aun así, compartían demasiado. El mismo cuerpo, las mismas reacciones, la misma forma de percibir el mundo. Era una coexistencia extraña, incómoda en ocasiones, inevitable.
La diferencia más notable residía en la madurez.
Haruno había vivido más, había visto más, había soportado el peso de una guerra interminable hasta su muerte a los veintisiete años. Kurayami, en cambio, apenas alcanzaba los veinte. Esa brecha se reflejaba en cada pensamiento, en cada reacción, en cada emoción que aún no había sido templada por la experiencia. Y aunque en otro momento Sakura habría considerado esa madurez como una ventaja, ahora comenzaba a sentirse como una carga.
Porque había cosas... pequeñas, absurdas, insignificantes, que despertaban en ella impulsos que no encajaban con la imagen que tenía de sí misma.
Como los dangos.
Su mirada se clavó en el puesto con una intensidad casi ridícula, ignorando por completo el contexto, el pasado, el futuro... todo quedaba relegado ante un único objetivo.
Los quería.
Y ese niño no iba a quitárselos.
No importaba quién fuera. No importaba que, en el futuro, ese rostro pudiera pertenecer a alguien importante. En ese momento, solo era un crío de siete años con una expresión desafiante y un parecido inquietante con Naruto.
Ella tenía veintisiete años de experiencia.
No iba a perder contra un niñito.
Los dangos fueron suyos al final, incluso si el precio fue ganar la atención indeseada del niño, quien, lejos de rendirse, decidió seguirla con insistencia, fascinado por sus métodos poco ortodoxos y completamente decidido a aprender cada uno de sus trucos.
Sakura no supo en qué momento su vida se había desviado tanto.
Pero, por primera vez en días, no le molestó demasiado.
/6 meses para el nacimiento de Obito Uchiha/
continuara...
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Maldito seas Kami-sama
FanfictionSakura se despertó. Esta vez como la madre de Obito Uchiha.
