Las primeras horas después de su partida se desvanecen en mi mente como un sueño roto. No recuerdo con claridad qué ocurrió; solo fragmentos difusos, voces lejanas, el sabor metálico de la sangre y la presión del chakra desbordándose en mi interior. Dicen que estuve a punto de liberar la cuarta cola del zorro... en tiempo récord.
Mi cuerpo actuaba por instinto, impulsado por la ira, la desesperación y el vacío que dejó su ausencia. El chakra del Nueve Colas rugía dentro de mí, buscando una salida, deseando arrasar con todo a su paso. Si no hubiera centrado toda mi energía en tratar de regresar a la vida a mi maestro, si no hubiera enfocado cada gota de chakra en traerlo de vuelta... sabes que, no tengo ni ganas de pensar en las consecuencias.
El chakra del zorro no pasó desapercibido. En cuestión de segundos, toda la aldea pudo sentirlo; una presión abrumadora que hizo temblar el aire y estremeció incluso a los más experimentados. Varios ninjas se movilizaron de inmediato hacia mi apartamento, temiendo lo peor. Por suerte, Kakashi-sensei estaba entre ellos... y llevaba consigo un supresor de chakra.
Aún tiemblo al recordar la única sensación que se quedó en mi cuerpo. La línea entre el control y la destrucción fue tan delgada que apenas puedo creer que logré mantenerme de pie. En aquel momento comprendí el verdadero peso del poder que llevo dentro, ya no era sencillo controlarlo como antes... y lo fácil que sería perderlo todo si alguna vez lo dejo dominarme.
Todos hablaban a mi alrededor, pero sus voces eran como murmullos distantes, ecos perdidos en un abismo. No podía distinguir palabras, solo un zumbido que se mezclaba con el latido acelerado de mi propio corazón. Las imágenes frente a mis ojos se desdibujaban, como si el mundo entero se hubiera vuelto una pintura empapada por la lluvia. Los rostros se confundían, los colores se mezclaban, y la realidad parecía desvanecerse entre luces temblorosas y sombras que danzaban sin forma.
De vez en cuando lograba atrapar algunas palabras sueltas, fragmentos de conversaciones que flotaban a mi alrededor como hojas arrastradas por el viento. Mencionaban un kimono... los preparativos... un féretro... y algo sobre que a Jiraiya le encantaba la idea de una despedida a lo grande y llena de color o de algún monte cuyo nombre ni siquiera recuerdo. Eran solo palabras vacías, ecos sin sentido que chocaban con mi mente nublada. En ese momento, todo eso me resultaba irrelevante, lejano... insignificante.
¿De qué servían los rituales, las flores o los homenajes, cuando lo único que quería era que él abriera los ojos una vez más?
Cuando finalmente tomé conciencia de lo que ocurría, me di cuenta de que me estaban vistiendo. Mis manos se movían sin voluntad, obedeciendo instrucciones que apenas comprendía. El murmullo de la gente, el roce de las telas, el sonido tenue del agua en algún recipiente... todo se mezclaba en una melodía lejana. Entonces lo noté: estaba en el mismo cuarto que la Quinta.
Y esa escena —a diferencia de casi todas las demás de aquel día— no la vi borrosa. Se grabó en mi mente con una claridad dolorosa. Tsunade estaba frente a mí, envuelta en un kimono precioso, con tonos verdosos que brillaban bajo la tenue luz del lugar. Los bordados parecían vivos, como si cada hilo hubiese sido tejido con cuidado para ocultar el dolor tras la elegancia. Su cabello, perfectamente recogido, y el maquillaje impecable que delineaba su rostro le daban un aire sereno, casi imperturbable.
Pero sus ojos... sus ojos decían la verdad que todo lo demás intentaba callar. Eran dos espejos cansados, llenos de un sufrimiento contenido que solo alguien igual de roto podría reconocer. En ellos vi el mismo vacío que sentía dentro de mí. Ella estaba allí, en pie, cumpliendo con su deber como líder, como Hokage, mientras su alma temblaba en silencio.
Después de ese instante, mi memoria simplemente se apaga. No hay imágenes borrosas ni voces lejanas; no hay nada, solo un vacío absoluto. Y entonces, de pronto, como si alguien hubiera encendido un interruptor dentro de mi cabeza, pestañeé. Cuando volví a ver, estaba en el piso, inmóvil, con una paleta partida entre los dedos. La misma paleta que solíamos compartir... y que compartí con él por última vez. La otra mitad descansaba justo frente a la caja café donde yacía su cuerpo inerte, como una ofrenda accidental.
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Enamorado de la dobe.
FanfictionSecuela de "Enamorándose de la dobe". Sasuke se aventura en una nueva historia y tendrá que afrontar varios retos que se le presentan, incluyendo una gran guerra la cual va a tener que ganar con su equipo.
