—No te muevas si quieres seguir respirando— dijo ella. André notó algo que no encajaba con la situación. Incapaz de enfocarse era su mirada; incapaces de poder apuntar fijo y firme hacia él (dos características básicas y obligatorias a la hora de manipular un arma) eran sus brazos, e incapaces eran sus piernas, no lograban mantener el equilibrio a pesar de que estuviera sostenida por ambas. André desplazó su mirada por el lugar buscando la causa de esos detalles, mientras ella balbuceaba algo sobre exigir su identificación. Encontró media botella de whisky en el piso.
Quiso rodar sus ojos, pero entendió que, borracha o no, seguía teniendo un arma en sus manos. En el peor de los casos alertaría a todo ser vivo que estuviera cerca de la posibilidad de un nuevo enfrentamiento, robando preciado tiempo de paz que, tanto su bando como el contrario, apreciaban. En el mejor de los casos lo mataría. Entonces decidió inventarse una historia completamente ajena a la realidad:
—Baja el arma antes de causar la muerte de uno de los tuyos —dijo, manteniendo las manos en alto mientras intentaba acercarse. Pero Julia, ebria o no, no era la mejor soldado en vano, le quitó el seguro al arma, al tiempo que sacudía su cabeza buscando enfocarse.
—¡Identifícate, soldado! —gritó.
—André Marik, área 5 — suspiró cansado.
Si Julia hubiese estado sobria, quizás recordaría que no hay un área 5 en su ejército, pero claro, no fue así. Sin borrar su característica cara inexpresiva, guardó su arma en su cinturón, tratando con todas sus fuerzas de aparentar naturalidad.
—¿Qué estás haciendo aquí? El coronel dio la orden de que todos debíamos de estar en nuestras camas.
—De acuerdo, entonces ¿qué fue lo que te hizo pensar que escabullirse, hacer fuego y embriagarte era una buena idea?—replicó André y Julia bufó, cual niña pequeña.
—Todos siempre dicen lo mismo: "No está bien beber para olvidarte de tus problemas". Pues, ¿sabes una cosa? Estoy en medio de una guerra de la cual nunca quise participar, donde un país exige que médicos y abogados se disfracen de soldados y salgan a matar gente que quizás, solo quizás, en un remotísimo caso, tampoco quieran estar acá. Y sin embargo los culpan de psicópatas homicidas. Lo siento, creo que tengo el maldito derecho de quedarme despierta hasta donde quiera y beber cuanto me plazca.
André tragó saliva. No debería haberlo sorprendido el escuchar eso, al fin y al cabo, sean del lado que sean, todos opinaban igual.
—Está bien, déjame cambiar la pregunta entonces. ¿Tengo permitido beber contigo?

ESTÁS LEYENDO
Siete Metros y una Taza de Café.
RomansaSiete metros fue la distancia que los separaban. Una taza de café fue lo que los reencontró. Todos los derechos reservados.