Babe no pudo respirar cuando miró fijamente a la alta y sexy pantera en la entrada de su puerta. Él personificaba todo lo que era básico y masculino. Sus manos estaban a ambos lados del marco mientras lo miraba con una intensidad tan cruda, que lo estremeció. Su poder masculino y su gracia letal emanaban por todos los poros de su magnífico cuerpo.
Tenía el pelo negro y largo amarrado en una cola. Sus ojos eran tan celestes que casi parecían incoloros contra su piel bronceada y sus largas pestañas oscuras. Su rostro estaba elegantemente tallado e incluso tenía una áspera calidad que evitaba que fuera bonito.
Vestía unos jeans negros y una camiseta negra. Había algo eterno y antiguo en él. Algo que se extendía a él mismo y hacía que todo su cuerpo ardiera en llamas.
Sin que lo invitara, entró a la habitación e inclinó su cabeza para que pudiera frotar su rostro contra su pelo.
Babe jadeó cuando esa simple acción lo hizo temblar entero. La respiración de él le quemaba toda su piel extra sensible, que lo único que deseaba era el contacto de él. Sus pezones se endurecieron ante la expectativa de lo que estaba por venir.
—Gataki —murmuró él la palabra griega para "gatito", mientras aspiraba su pelo.
La mitad humana de él deseaba alejarse de un empujón. La parte animal se rehusaba. Sólo quería abrazarlo. Arrancarle las ropas y saber de una vez por todas lo que era tener sexo.
La puerta de su habitación se cerró de un portazo por voluntad propia.
Babe anduvo en círculos a su alrededor, frotando su cuerpo contra el de él, al mismo tiempo que resistía el impulso de gritar de placer.
—¿Me aceptas? —preguntó él en forma retórica.
En teoría, era la persona fértil la que elegía a su amante, pero cuando está persona estaba sexualmente consciente del hombre, realmente no había escapatoria.
Todo lo que pudo hacer Babe fue asentir con la cabeza. Su cuerpo nunca le dejaría rechazarlo. Él era demasiado viril. Demasiado apasionado.
Demasiado de lo que necesitaba.
Él se volvió contra Babe con un feroz rugido cuando lo agarró para darle un candente beso. Babe gimió al sentir su sabor. Nadie lo había besado nunca. Estaba prohibido para cualquier hombre tocar a una persona fértil que no fuera su pariente hasta que tuviera su primer ciclo.
Incluso entonces, Babe había sido una adolescente, sus amigos, amigos y él habían susurrado sobre lo que deseaban de su primer aparejamiento y a quién elegirían.
Babe había esperado que Lucas fuera el primero. Con casi cuatrocientos años de edad, él era legendario entre su gente por su valor y habilidad de enseñar a una joven pantera sobre su pasión.
Pero su apostura palidecía en comparación con el oscuro extraño que tenía ante él. Este hombre sabía a vino y a decadencia. A un poder y conocimiento místico y exótico.
Él recorrió su lengua contra la de Babe, al mismo tiempo que su cuerpo se calentaba febrilmente.
—¿Eres Billy? —le preguntó, mientras le mordisqueaba sus firmes labios.
—Sí.
Bien. Al menos no lo compartiría. Era un pequeño alivio saber eso.
—¿Cómo te llamas, gataki?
—Babe Tanatat.
Él retrocedió para sonreírle.
—Babe —ronroneó mientras enterraba sus manos en su pelo antes de aspirar la carne sensible de su cuello, para después lamerlo lentamente. Juguetonamente—. ¿Y qué sorpresas estás ocultando del mundo en tu caja, Babe?
