Alma errante

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"Me gusta 'Armas y Rosas', realmente me encanta ese grupo", escribió Maddie despreocupadamente, aunque en realidad apenas conocía unas cuantas canciones de la banda.

Después de esto, suspiró con nostalgia para recordar con cuántos chicos se había acostado y que entre sus hobbies estuviera el tocar algún instrumento, o por lo menos tuvieran algún tipo de interés musical. Luego de contabilizar a sus amantes, se dio cuenta de que siempre terminaba enredada con sujetos bastante aburridos, por lo que el hecho de que Leo tuviera el gusto por la música y que además fuera un artista de la madera, lo volvía mucho más interesante que el resto de sus conquistas. Para ella atraparlo, significaba poder cerrar su proyecto con broche de oro.

En el pasado, Maddie siempre pensó que pasaría su juventud conociendo a hombres y viajando. Realmente no tenía interés en formar una familia ni establecerse en ningún lugar, más bien se consideraba un alma errante, libre como el viento y eso le gustaba.

Llegó a esta determinación cuando, al cumplir la mayoría de edad, decidió abandonar la casa de sus padres conservadores, quienes tenían la idea de que el sexo estaba destinado solo para el matrimonio. Su cerrazón llegó al grado, que se atrevieron a solicitar a la escuela que a ella y a sus hermanos los sacaran durante las clases de sexualidad, ya que consideraban que sus hijos podían ser mal influenciados con los contenidos que se impartían.

Lamentablemente, el desconocimiento sobre esos temas provocó que la inocente Maddie, de 12 años, se impresionara al tener su primera menstruación. Ese día fue el peor momento de su vida. Cuando se encontraba en el baño de la escuela, se asustó mucho al descubrir que su ropa interior estaba manchada de rojo y al momento pensó que se estaba muriendo. Asustada, la inocente niña comenzó a llorar desconsoladamente.

Afortunadamente, una maestra se encontraba ahí, quien al escuchar los sollozos, de inmediato se acercó a auxiliarla.

—Maddie, ¿pasa algo? ¿Estás bien? —preguntó preocupada.

—Maestra, me estoy muriendo —contestó la niña entre los sollozos que ahogaban su voz.

—Tranquila, ¿puedes decirme qué te pasó? —insistió la maestra, tratando de mantener la calma para que Maddie sintiera confianza en ella.

—Mi ropa está manchada de rojo, creo que voy a morir. Mi mamá me va a matar. Ya no soy pura —respondió asustada.

Al escuchar esto, de inmediato la maestra entendió la situación y trató de explicar tranquilamente lo que le ocurría.

—Calma, Maddie, eso que me cuentas es normal y le pasa a todas las chicas a tu edad.

—¿En serio? ¿No me voy a morir? —preguntó ansiosa la inocente niña.

—Mira, cariño, eso es algo totalmente natural —continuó explicando con suavidad—. Eso que te pasa se llama menstruación y ocurre cada mes. Dime, además de esa manchita, ¿tienes otro síntoma? Por ejemplo, dolores en la barriga o en tu espalda.

—Sí, me duele mucho mi barriga —se quejó.

—Entiendo, mira, te voy a pasar una toalla sanitaria. Toma —dijo mientras le pasaba un paquete blanco por debajo de la puerta—, ¿lo tienes?

—Sí —contestó la chica con temor, mientras agarraba el paquete y lo observaba con cuidado.

—Perfecto, ahora abre la bolsita y saca la toalla que hay ahí. Supongo que es la primera vez que ves una así, pero trataré de guiarte lo mejor posible para que sepas cómo usarla. ¿Entendido?

—Ok, ya la saqué. Está doblada —respondió dócilmente la niña.

—Perfecto, desdobla la toalla y despega la tirita que tiene en la parte de atrás. Ese pegamento debe ir sobre tu ropa interior, de preferencia encima de la manchita que tienes. ¿Lo entendiste?

Aunque Maddie estaba luchando con algo desconocido, las instrucciones de la maestra fueron bastante claras para ella y no tardó mucho en colocar su primera toalla sanitaria. Su ignorancia sobre su cuerpo hizo que comenzara a sentir un gran resentimiento hacia sus padres.

Después de este incidente, Maddie trató de ser lo más discreta posible con lo que le ocurría y evitaba preguntarle a su madre esos temas, ya que estaba segura de que se negaría a responderle. Fue así que cada vez que necesitaba consejo, prefería acudir con su maestra, quien se convirtió en su confidente durante la mayor parte de su adolescencia.

Con el tiempo, la adolescente comenzó a sentir deseos de experimentar su primera relación sexual, debido a que la mayoría de sus amigas habían tenido sexo con sus novios y ella no quería quedarse atrás. Aunque sus padres predicaban sobre la importancia de la abstinencia durante el noviazgo, a la atrevida joven le parecía bastante absurdo tener que esperar a casarse para disfrutar de ese placer carnal.

Decidida a perder su virginidad, Maddie comenzó a escuchar con más atención las historias de sus amigas y a leer revistas que hablaban sobre erotismo, Realmente quería estar bastante informada antes de tener su primera experiencia sexual.

El día que decidió salirse de su casa, sus padres le recriminaron por su indecencia al pensar en esas cosas del "demonio". A pesar de sus amenazas sobre terminar en el infierno, ella los ignoró y simplemente les dijo antes de abandonar la casa:

—¡Entonces seré una puta! Juro que lo haré con tantos hombres, que ustedes recordarán este día para siempre. Desde hoy ya no soy su hija.

Después de marcharse, se hizo el propósito de vengarse de sus progenitores con lo que más odiaban. Fue así que planeó conquistar a 50 hombres y tener sexo casual con ellos, con lo cual quería demostrarse así misma que el coito no era cosa del mal y que podía ser feliz de esa manera, lo cual se convirtió en su única meta en la vida durante casi diez años.

No pasó mucho tiempo cuando tuvo su primera experiencia sexual con un chico que conoció en la universidad a los 19 años. Lamentablemente, no fue como lo había esperado, pero le sirvió como aprendizaje. Después de eso, comenzó a asistir a fiestas y flirtear con los hombres. En algunas ocasiones solo tenía sexo casual y no volvía a verlos. Otras veces entablaba relaciones breves, pero rompía con sus parejas porque no quería enamorarse.

Volviendo al presente, y tras varios años de múltiples conquistas, Maddie nunca imaginó que llegaría el día en que por fin terminaría su larga travesía. Esto la hizo sentirse un poco vacía, ya que no estaba segura de lo que haría después de que concluya con su lista de 50 conquistas.

Incluso, tras finiquitar su más reciente y tortuosa relación, la joven liberal llegó a pensar que su meta se había vuelto un poco absurda, así que ya no siguió buscando a compañeros sexuales y prefirió tomarse un tiempo para replantear sus objetivos en la vida.

A pesar de esto, el destino puso en su camino a Leo, a quien desde el primer momento vio como el candidato ideal para dar fin a ese largo proyecto. Fue entonces que, después de dar el primer paso y charlar a través de mensajes, una peligrosa idea vino a su mente: «¿Acaso ese chico virgen y amante de la música rock sería el indicado para sentar cabeza?».

Leo, mi chico zanahoriaDonde viven las historias. Descúbrelo ahora