El silencio de Athres le estrujó el corazón y su mirada abrumada y entristecida no lo hacía más tolerable; no entendía por qué, ¿qué era lo que le faltaba? ¿Por qué incluso Athres lo veía de esa forma? Narem pensaba que esa era la peor parte, el hecho que Athres pensara que él realmente era malo.
Para Narem era normal que las personas pensaran lo peor de él, las miradas juzgadores y los murmullos llenos de críticas no eran nuevos, era normal que las personas pensaran en él como un monstruo, las cosas que había hecho le habían dado esa fama, pero jamás esperó que el hombre al que una vez llamó «padre» formara parte de esas personas.
El hecho de que Athres no tuviera una percepción diferente de él, que lo considerara un monstruo sin alma, un asesino, un «payaso vulgar y con mal genio» como la mayoría lo llamaba, le creaba un vacío doloroso en el pecho y nudo en la garganta que, desesperadamente, intentaba tragarse.
Aun así, se lamió los labios y rogando desde sus adentros para obtener una respuesta diferente, preguntó una vez más:
—Athres, soy peligroso para ellos, ¿sí o no?
El anciano suspiró, movió su bastón a un lado y pequeñas ilusiones de Narem en color verde aparecieron sobre la mesa, cada una recreó todas las catástrofes que él había hecho y eso hizo que Narem arrugara la nariz, preguntándose desde hace cuánto tiempo Athres pensaba que en él como un villano.
Y finalmente respondió:
—Eres inestable, terco, egocéntrico, desobediente, irresponsable. Careces de empatía por las demás personas y no te preocupas por nadie más que por ti mismo, ves las cosas importantes como un juego y, el hecho que siempre quieras desafiar a tus autoridades lo vuelve peor.
—Comprendo... —dijo Narem, con voz monocorde—. Todos piensan que soy un monstruo...
Mientras sus ojos se volvían blancos y las manchas negras se extendían por sus manos; Athres alzó las cejas.
—... les probaré que tienen razón.
El suelo del salón se agitó en una violenta sacudida; el mármol se quebró en dos al momento que gigantescas manos huesudas emergieron de su interior y sujetaron a Athres con fuerza, separándolo de su bastón.
En otra situación, hubiera sabido cómo reaccionar, pero era la primera vez que Narem se comportaba así. No era él. Esa no era la mirada del niño al que había visto crecer.
—Narem.
Pero apenas dijo su nombre, Narem mostró sus colmillos y las lágrimas rodaron por sus mejillas.
—¡¡Cállate!! ¡¡No digas mi nombre!! ¡¡¡Me mentiste!!!
—N-no, no es así hijo, sólo estaba siguiendo las órdenes de Bondad, pensaba que eso era lo mejor para ti.
—Síli siguii irdinis di Bindid —repitió en tono burlesco; la desesperación en su voz se hacía notar cada vez más—. ¡Mentiroso! ¡Eres un puto mentiroso! Has roto las órdenes de Bondad muchas veces en el pasado, no me contaste sobre esto antes porque tú piensas igual que él resto, tú también crees que soy un monstruo.
El horror comenzaba a hacerse presente en Athres; las manos que lo sujetaban aumentaban la presión del agarre cada vez y, aunque la voz de Narem se rompía cada vez más, el color de sus ojos se mantenía blanco. A este paso, Narem terminaría matándolo.
Así que, con esfuerzo habló:
—Narem... no es tu culpa. Sé lo mucho que lo has intentado, pero... ahora estás dejándote dominar por tus sentimientos. Hijo... yo tengo fe en ti... sé que hay algo bueno en tu interior... no le des la razón al resto. No eres un monstruo...
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