Alay es una chica de belleza deslumbrante que desafía las normas establecidas. Harta de la hipocresía que la rodea, decide enfrentarse al mundo con determinación y coraje. Su objetivo: romper las máscaras que todos llevan y dejar su nombre grabado...
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—No te colocarás eso. —Linda alzó la voz, llenando el pasillo con su tono incrédulo mientras cruzaba los brazos frente a su pecho—. Entra de nuevo a la habitación y ponte algo decente por el amor de Dios.
La expresión de horror en el rostro de Linda era casi teatral, pero Marylen sabía que no estaba bromeando. Se quedó plantada en el umbral de la puerta de su habitación, mirando de reojo el atuendo que llevaba.
—Esto está muy cómodo. —Marylen señaló con ambas manos su buzo un poco ancho negro con el dibujo discreto de Pucca. La prenda le llegaba justo a la cadera, combinada con unos pantalones clásicos negros que, para ella, eran lo suficientemente funcionales para la noche que les esperaba—. Hace mucho frío allá afuera.
La mirada de súplica en sus ojos era evidente. Convivir con Linda significaba aceptar que, la mayoría de las veces, sus opiniones eran imposibles de ignorar. Había algo en la forma en que Linda hablaba que convertía sus demandas en inevitables. Ella había nacido para gobernar a todos a su alrededor.
Linda soltó un suspiro de paciencia fingida y alzó una ceja, con el aire autoritario que siempre la caracterizaba.
—Len, no vamos a un entierro. —Su voz llevaba una mezcla de exasperación y burla—. Además, una vez en la fiesta estarás sudando como un pollo. Hazme caso.
Marylen apretó los labios, sabiendo que había perdido. Con un suspiro pesado se dio la vuelta y se encerró en su habitación.
Frente al espejo de cuerpo entero, analizó su reflejo con detenimiento. Todo en su atuendo gritaba comodidad, pero también dejaba ver la falta de esfuerzo. ¿Era eso lo que tanto incomodaba a Linda? Se giró de un lado al otro, y la inseguridad comenzó a burbujear en su pecho.
Los ojos de Marylen se aguaron lentamente, como si la presión acumulada de semanas enteras explotara en ese instante. Ni siquiera se trataba de la ropa; era el sentimiento de no encajar, de ser siempre el elemento químico fuera de lugar con quien nadie se quiere funcionar o en su caso juntar aun no podía creerse que una persona como Linda la hubiera querido en su vida.
Con las manos temblorosas, empezó a rebuscar en su armario, desesperada por encontrar algo que la hiciera sentir en ese círculo. Al cabo de unos minutos, sus dedos toparon con un short de mezclilla algo gastado y una camisa violeta. Inspiró hondo mientras hacía un nudo en la parte delantera de la camisa, dejando entrever un poco de piel.
Se miró de nuevo en el espejo. El cambio era sutil, pero suficiente para dar un pequeño impulso a su confianza. Cuando soltó el chongo que mantenía su cabello recogido, sus ondas cayeron en cascada sobre sus hombros y caderas. Una sonrisa tímida se asomó en sus labios. Si algo le gustaba de sí misma, era su cabello. Esa noche, al menos, lo dejaría suelto.
Cuando salió de la habitación, el sonido de sus pasos resonó en el pequeño apartamento. Linda estaba en la sala, inmersa en su teléfono. Su postura normalmente relajada había cambiado; su cuerpo estaba tenso, y su rostro, habitualmente radiante, parecía inexpresivo, casi pálido.