Alay es una chica de belleza deslumbrante que desafía las normas establecidas. Harta de la hipocresía que la rodea, decide enfrentarse al mundo con determinación y coraje. Su objetivo: romper las máscaras que todos llevan y dejar su nombre grabado...
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Liam, el arquero estrella del equipo de fútbol de la universidad, caminaba por el campus con el ceño fruncido, su celular pegado al oído y la voz cargada de frustración. La discusión con su padre lo tenía al borde del colapso. Ese día, como tantos otros, había iniciado con una batalla que parecía no tener fin.
—No puedes hacerme eso, ya te dije que yo iba a conseguir esa nota —insistió, su voz alzándose ligeramente mientras su mano libre gesticulaba con desespero. Los estudiantes que pasaban a su alrededor lo miraban con curiosidad, aunque Liam estaba demasiado absorto en su pelea como para notar cómo se convertía en el centro de atención.
—Liam, no lo ibas a conseguir. Solo te eché una mano —replicó su padre, con un tono que mezclaba firmeza y paciencia.
—¡Qué poca fe tienes en mí! —estalló Liam, deteniéndose en seco. Su piel clara, salpicada de pecas, había adquirido un rubor tan intenso que contrastaba con la melena pelirroja que siempre lo hacía destacar entre la multitud. La ira y la vergüenza parecían entrelazarse, dibujando un cuadro imposible de ignorar.
A lo lejos, un par de chicas lo observaban desde la sombra de un árbol cercano, fascinadas por su presencia. Con su altura imponente, su porte atlético y esos ojos que parecían arder con cada palabra que soltaba, Liam era una figura imposible de pasar por alto. Pero en ese momento, atrapado en la tormenta de sus emociones, no se daba cuenta de las miradas que lo seguían.
—Hijo, no voy a seguir discutiendo contigo. Darás esas clases, te gusten o no —dijo su padre, y antes de que Liam pudiera replicar, colgó con un golpe seco.
Liam bajó lentamente el celular, mirándolo como si el dispositivo hubiera sido el causante de su desdicha. Su padre, siempre tan tranquilo, había demostrado una determinación inusual, y eso lo dejó desconcertado. Tal vez heredé algo más que el genio de mi madre, pensó con una mueca de resignación. Aunque no le gustara hablar mucho de su madre ya que esta y el habían tenido una relación un tanto complicada.
Una voz familiar lo sacó de sus pensamientos.
—¿Estás bien, Liam? —preguntó Sophia, su amiga de toda la vida, mientras se acercaba con una mezcla de preocupación y curiosidad en sus ojos.
—Lo estoy, Sophia —contestó, forzando una sonrisa que no llegó a iluminar su rostro. Cruzó los brazos en un intento por protegerse así mismo.
Sophia ladeó la cabeza, evaluándolo con esa mirada perspicaz que siempre lograba atravesar sus muros. Sabía que algo no andaba bien, pero también entendía que Liam no era de los que compartían sus problemas con facilidad. Respetaba su necesidad de espacio, aunque eso no significara que dejara de preocuparse por él.
—¿Sabes si ya salió Steven de los vestuarios? —preguntó, cambiando el tema con una sonrisa que iluminó su rostro al mencionar a su novio.
Liam la miró por un momento y sonrió, reconociendo el brillo de felicidad en sus ojos. A pesar de su propio caos interno, no podía evitar alegrarse por su amiga ella era alguien que no solía tener mucha suerte con los chicos.