Prologo Prt 1 - Un mundo que observa ☑️

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El mundo siempre había estado despierto.

Mucho antes de que las pisadas se clavaran en su tierra, mucho antes de que las voces resonaran por sus valles, escuchaba. Sus montañas contenían la respiración bajo capas de piedra, y sus bosques susurraban secretos al viento: secretos más antiguos que la memoria, más antiguos que el lenguaje.

El cielo sobre él cambiaba de humor con serenidad, a veces teñido de colores tormentosos, a veces pálido con una calma que parecía demasiado deliberada. Los ríos se abrían paso por la tierra como venas, llevando consigo fragmentos de historias que nadie recordaba haber contado. El mundo las guardaba todas.

Había visto civilizaciones surgir como chispas y desvanecerse como humo. Había observado cómo las creencias se formaban, chocaban y se desmoronaban. Había sentido el peso de las costumbres grabadas en su superficie, cada una dejando una huella: algunas suaves, otras violentas. Conocía el sabor del miedo, el aroma de la esperanza, el temblor del cambio.

Cada región tenía su propio temperamento. Algunas tierras vibraban con una energía inquieta, como si esperaran el regreso de algo. Otros yacían inmóviles, cargados con el recuerdo de cosas que era mejor dejar enterradas.

El mundo comprendía la diferencia. Había crecido gracias a ella.

Sus desiertos susurraban sobre personas que valoraban el silencio. Sus océanos recordaban a quienes perseguían la libertad. Sus montañas albergaban los ecos de quienes se negaban a doblegarse. Sus ciudades —en ruinas o prósperas— llevaban la huella de innumerables identidades estratificadas como sedimentos.

Pero el mundo también conocía el conflicto. Había sentido el aguijón del juicio extenderse por su superficie como un incendio forestal. Había visto cómo las sociedades se fracturaban por creencias, apariencias y costumbres. Había presenciado cómo el miedo podía transformarse en crueldad, cómo la incomprensión podía endurecerse hasta convertirse en muros.

El mundo no tomaba partido. Simplemente observaba.

Sentía el temblor de portales que se abrían: finas heridas en el tejido de su cielo. Aparecían sin previo aviso, vibrando con una energía desconocida. El mundo no sabía qué emergería de ellos, pero se preparaba cada vez, como un bosque se prepara para un rayo.

Algunos portales desaparecieron silenciosamente. Otros dejaron cicatrices.

Y entonces, un día, se abrió un portal que se sintió diferente. El aire se tensó. La tierra se movió. El mundo escuchó con más atención que nunca.

Algo desconocido cruzó su umbral: algo que no pertenecía a su tierra, a su cielo, a su historia. El mundo sintió la perturbación extenderse, reavivando viejas tensiones en tierras lejanas. Regiones que habían permanecido dormidas durante mucho tiempo parecieron despertar, inquietas y alerta.

Los lugareños también lo percibieron. Sus miradas se agudizaron. Sus movimientos se volvieron cautelosos. Su tierra, generalmente indiferente, se sintió repentinamente vigilante.

El mundo no habló. No advirtió. Simplemente esperó.

Porque en este lugar, la supervivencia no estaba garantizada por la fuerza ni el conocimiento. Se concedía mediante la comprensión: la comprensión de las reglas tácitas grabadas en la tierra misma, los silenciosos peligros ocultos bajo su belleza, las historias que moldeaban cada uno de sus alientos.

El mundo había visto muchas llegadas. Había visto muchas desapariciones. Se preguntaba qué traería esta nueva perturbación.

Y en algún lugar profundo bajo su superficie, algo ancestral se agitaba: algo que había estado esperando que el portal se abriera de nuevo.

Antes de que el mundo aprendiera a respirar en silencio, antes de que sus montañas se endurecieran como huesos y sus océanos aprendieran a tragarse los secretos, hubo un tiempo que desearía poder olvidar.

El mundo recuerda una oscuridad que no provenía del cielo ni de la tierra. Provenía de entre las cosas: entre sombras, entre pensamientos, entre los espacios donde la luz se negaba a asentarse. Se movía sin forma, sin sonido, sin piedad. El mundo nunca le dio un nombre. Los nombres dan poder a las cosas, y esta cosa ya tenía demasiado.

La oscuridad no destruyó. Vació.

Los bosques permanecieron intactos, pero sus raíces se sentían huecas. Los ríos seguían fluyendo, pero sus reflejos no mostraban nada. Las montañas permanecían altas, pero sus ecos nunca regresaron.

El mundo se sentía cada vez más delgado, como si algo le arrancara pedazos de memoria. Intentó resistir: se desataron tormentas, rugieron terremotos, los océanos arañaron el cielo, pero la oscuridad solo se fortaleció, alimentándose del miedo del mundo como un parásito.

Entonces, sin previo aviso, la oscuridad se desvaneció.

No derrotada. No desterrada. Simplemente... desapareció.

El mundo no celebró. Sabía que no debía hacerlo. Las cosas que desaparecen sin razón siempre regresan sin previo aviso.

Pasaron siglos. Civilizaciones surgieron y cayeron. Creencias chocaron, culturas cambiaron, y el mundo sanó lo suficiente como para fingir que había olvidado. Pero en lo profundo de su superficie, bajo las capas del tiempo y el silencio, el recuerdo aún palpitaba como un moretón.

Los portales comenzaron mucho después de que la oscuridad se desvaneciera. Finas lágrimas en el aire, vibrando con una extraña familiaridad. El mundo reconoció la sensación de inmediato. Era el mismo aliento gélido que una vez ahuecó sus bosques y silenció sus montañas.

Cada portal era un recordatorio. Un susurro. Una amenaza.

El mundo los observaba abrirse con un temor que jamás admitía. Sentía el viejo miedo agitarse en su tierra, en sus ríos, en el temblor de sus cavernas más profundas. Algo se movía de nuevo; algo que recordaba al mundo con la misma claridad con la que el mundo lo recordaba a él.

Algunas regiones se inquietaron. Otras se volvieron violentas. Otras se sumieron en un silencio que resultaba demasiado familiar.

El mundo no cuenta esta leyenda. No quiere dar forma a aquello que una vez lo destruyó.

Pero cuando el viento cambia de repente, cuando la tierra vibra sin motivo aparente, cuando el cielo se oscurece sin nubes, el mundo lo siente.

La oscuridad no se ha ido. Está esperando.

Y los portales son solo el principio.

¿Y si en algún lugar existiera un mundo al que no le importaran la justicia, la bondad ni la paz? ¿Un mundo construido sobre reglas más antiguas que la misericordia?

Un mundo donde la tierra misma exigiera fuerza.

En ese lugar, el poder no era un don. Era una exigencia.

La tierra no protegía a los débiles. Los ponía a prueba.

Sus bosques crecían en formas retorcidas, moldeadas por las batallas libradas bajo sus ramas. Los árboles se inclinaban hacia adentro, como si esperaran el próximo enfrentamiento. La tierra era fértil no por la lluvia, sino por los restos de aquellos que no sobrevivieron a sus pruebas.

El cielo no era más apacible. Las tormentas se formaban sin previo aviso, atraídas al conflicto como los depredadores a la sangre. Los rayos no caían al azar; elegían sus objetivos, como si juzgaran quién merecía seguir con vida.

El mundo tenía reglas, pero ninguna estaba escrita. Se sentían.

El poder debía ganarse.

La fuerza debía demostrarse.

La supervivencia debía conquistarse.


Vida de un Light - HiatusDonde viven las historias. Descúbrelo ahora