Astraeus fue construida para brillar.
Cada mañana, la ciudad despertaba en perfecta armonía: las luces se elevaban en suaves degradados, las calles vibraban con un orden silencioso y los ciudadanos se movían con la calma y precisión de un mundo que creía haber resuelto todos los problemas. Nada estaba fuera de lugar. Nada era inesperado. Nada estaba permitido.
El Consejo de la Luz lo llamaba equilibrio. La gente lo llamaba paz. El mundo mismo lo conocía como control.
En Astraeus, las reglas no estaban escritas en papel.
Estaban entretejidas en el aire, en el ritmo de la vida cotidiana, en la forma en que la gente respiraba. Nadie las cuestionaba. Nadie dudaba. Nadie podía. El Consejo se había encargado de eso hacía mucho tiempo.
El miedo había sido erradicado.
El dolor se había suavizado.
La duda se había disuelto.
El deseo se había atenuado.
Las opiniones se habían recortado hasta que encajaban perfectamente en el diseño del Consejo.
Los ciudadanos vivían sin conflictos, sin ira, sin las asperezas de la individualidad. Sonreían porque se esperaba que sonrieran. Estaban de acuerdo porque el desacuerdo era imposible. Vivían en un mundo donde el bien y el mal ya no existían, solo lo que el Consejo permitía.
BDT (Board Divine Trace) se movía por la ciudad como sombras del orden. Mantenían las calles limpias, vigilaban las fronteras y se aseguraban de que cada ciudadano se mantuviera dentro de los límites del pensamiento y el comportamiento aceptables. Su lealtad al Consejo era absoluta, y su presencia era un recordatorio: la perfección requería vigilancia.
Astraeus celebraba su perfección con festivales. El Festival del Auge pintaba la ciudad de oro. El Festival de la Cosecha llenaba el aire con aromas artificiales de abundancia. El Festival de la Congelación convertía las calles en brillantes ilusiones invernales. Pero el Gran Regalo era la joya de la corona: un día en que cada comunidad actuaba, entretenía y ofrecía devoción al Consejo. Un día en que la alegría era obligatoria.
Las familias vivían en una armonía cuidadosamente medida. Cuatro hijos, nunca más. Si nacía un niño especial, el Consejo esperaba lo justo para que los padres crearan un vínculo, y luego se lo llevaba con manos delicadas y autoridad inquebrantable. Nadie protestaba. No podían. La palabra del Consejo era la única verdad que el mundo aceptaba.
Los niños especiales eran criados con brillantez, alimentados con conocimiento, entrenados con un propósito, moldeados para ser instrumentos del gran plan del Consejo. Estaban destinados a los Países Afines, donde ayudarían a construir una nación unificada bajo la visión del Consejo.
Astraeus era diversa en apariencia —tonos de piel, texturas de cabello, rasgos de todo tipo— pero idéntica en espíritu. Las diferencias solo se permitían en la superficie. En el fondo, todos se movían al mismo ritmo, creían en las mismas verdades y vivían la misma vida cuidadosamente planificada.
La tecnología curaba todas las enfermedades, prolongaba la vida y mitigaba el sufrimiento. Sin embargo, incluso con todos sus milagros, la muerte seguía existiendo: silenciosa, digna y controlada. Los ancianos vivían apartados, visitados por sus familias, pero nunca demasiado cerca. Se permitían los vínculos, pero nunca lo suficientemente profundos como para desafiar la autoridad del Consejo.
En Astraeus, todo era bello. Todo era ordenado. Todo era seguro.
Y sin embargo, bajo el resplandor de la perfección, el mundo contenía la respiración, como si esperara que alguien notara las grietas bajo la luz.
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Vida de un Light - Hiatus
Fantasy¡Oye! Solo un aviso: esta historia puede parecer un poco apresurada y tiene bastantes huecos argumentales. Es la primera vez que escribo algo con diálogos y ritmo de guion, así que todavía estoy aprendiendo. ¡Gracias por darle una oportunidad! Una n...
