𝐐𝐮𝐚𝐭𝐫𝐞 | 𝟎𝟒

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❝La Bruja Blanca❞

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La Bruja Blanca

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—¡Volvimos! ¡Ya regresamos! —gritó Lucy con alegría, atravesando la puerta de la casa con pasos apresurados. Aldara la siguió, riendo nerviosa, todavía sintiendo el cosquilleo de la aventura reciente en cada fibra de su ser. —¡Estamos bien! ¡No nos pasó nada! —añadió, con la emoción aún vibrando en su voz.

La mayor intentaba ordenar el torbellino de emociones que la invadía. Aquel viaje a un mundo fantástico la había dejado maravillada pero también llena de preguntas sin respuesta. La realidad cotidiana de la mansión, parecía un sueño aburrido en comparación con aquella tierra maravillosa, Narnia. Y un ligero peso en su pecho le decía que tal vez, al final, todo había sido extraño para ser real.

—¡No hables! ¡Ahí viene! —la reprendió Edmund, asomando la cabeza desde la oscuridad de las cortinas, con gesto severo.

Peter apareció en el pasillo, caminando hacia ellas con una expresión entre curiosa y burlona.

—Yo creo que no entendieron de qué se trataba el juego, ¿verdad niñas?—comentó el mayor, alternando su mirada entre su hermana, y la hija de general. Una media sonrisa se dibujaba en su rostro, como si disfrutara del desconcierto de la última.

—¿No se preguntaron dónde estábamos? —preguntó la más alta, con el ceño fruncido.

El rubio se encogió de hombros. Mientras Edmund salía de su escondite totalmente resignado.

—Ese es el punto, Dara. De eso se trata el juego. Que... ¿nunca lo jugaste?—intervino el pelinegro, sin molestarse en disimular su tono sarcástico.

—Apostemos que jamás lo hizo, porque ni amigos a de tener.—añadió el ojiazul con una risita maliciosa.

El comentario flotó en el aire como una bofetada, y todos se quedaron en un silencio por la imprudencia de sus palabras. Peter dejó de sonreír al notar que nadie más se reía con él.

—No tienes porque hablarme así.—reprendió la mayor, clavándole una mirada fulminante, sin querer alterarse demasiado con el chico; ya cansada de sus comentarios. Pero el tono frío de su voz traicionaba lo mucho que le habían dolido sus palabras.

Antes de que alguien pudiera replicar, Susan entró en la habitación con expresión exasperada.

—¿Ahora de qué pelean? ¿No estábamos jugando? ¿Eso significa que gané?

Peter, sin perder la oportunidad, se cruzó de brazos y miró a las chicas con superioridad.

—Parece que ellas ya no quieren jugar. —espetó, con los ojos fijos en la ojimarron. El brillo travieso en su mirada sugería que disfrutaba provocarla.

—¡Tú empezaste a decir comentarios sin sentido! —protestó la joven, frustrada— Y, además, estuvimos fuera por horas.

Los hermanos intercambiaron miradas desconcertadas.

The Last She |Peter Pevensie|Donde viven las historias. Descúbrelo ahora