Capítulo 18

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Austin

El búnker olía a una mezcla letal de ozono, metal oxidado y verbena seca. Era un santuario de odio construido bajo tres metros de hormigón armado, el lugar perfecto para enterrar a un monstruo. Me ajusté los guantes de cuero, sintiendo la adrenalina correr por mis venas como fuego líquido.

Se estarán preguntando quién soy yo. Mi nombre es Austin Cruz, y me han llamado el mejor cazavampiros de esta generación; un título que heredé con sangre y lágrimas. Mi padre, Jeremy, era una leyenda en la Hermandad, pero las sombras lo reclamaron cuando yo apenas tenía ocho años. Las culpables de su muerte tienen nombre y apellido: las cinco hijas de Drácula. Esas perras pensaban que yo era un niño insignificante que no sabía de la existencia de su mundo, pero se equivocaron. He pasado cada día de mi miserable vida entrenando para este momento.

La culpable principal, la que dio el golpe final, es la menor: Katherine Dracul.

La he buscado por todo el continente, siguiendo rastros de sangre y rumores en el inframundo, y por fin la tengo frente a mí. Estaba encadenada a una silla de hierro reforzado, con las muñecas y los tobillos sujetos por grilletes de plata pura que siseaban al contacto con su piel. A pesar de la suciedad y la sangre del bosque, me detuve un segundo a observarla físicamente. A decir verdad, es una criatura de una belleza insultante, casi hipnótica. Pero no puedo permitirme caer en sus redes; no soy un humano cualquiera. Soy su verdugo.

Me acerqué a ella, mis botas resonando con un eco metálico en el suelo de rejilla.

—Al fin pude atraparte.

Dije, dejando que una sonrisa cínica se dibujara en mi rostro. La satisfacción era casi embriagadora.

Ella se removió, el tintineo de las cadenas de plata sonando como música para mis oídos. Tenía una venda especial, tejida con hilos de plata y empapada en esencia de verbena, cubriéndole los ojos.

—¿Dónde estoy? ¿Quién eres?

Su voz, aunque cargada de dolor, mantenía ese tono de mando aristocrático que me daban ganas de abofetear.

—Quítame la maldita venda de los ojos. No sabes con quién te has metido, mortalsucho.

En un acto de pura arrogancia depredadora, siseó y sacó sus colmillos. Eran largos, afilados como agujas de cristal, brillando bajo la luz mortecina del búnker. Me eché a reír con un gusto genuino, una risa que nació desde mis entrañas.

—¿Y ahora de qué te ríes, idiota?

Escupió ella, forcejeando con una furia telequinética que fue sofocada de inmediato por los inhibidores de frecuencia del cuarto.

—Estás en el búnker de los cazavampiros, Katherine.

Sentencié, rodeándola como un tiburón.

—Soy Austin Cruz, hijo de Jeremy Cruz, el hombre que mataste cuando fueron cazadas hace unas décadas. No te quitaré la venda, así que olvídate de leerme la mente o utilizar tus trucos visuales para hipnotizarme. Y sí... sé perfectamente con quién me he metido. Sé que eres una reina de las sombras, pero aquí, en mi terreno, solo eres un espécimen bajo examen. Sabes que estás sola, no hay nadie que pueda ayudarte. Y me río porque por fin te haré sufrir como yo sufrí cuando vi a mi padre morir.

Katherine soltó una carcajada seca, un sonido que me erizó los vellos de la nuca. No era la risa de alguien que tiene miedo.

—Los mortales son tan estúpidos...

Dijo, ladeando la cabeza con una elegancia macabra.

—Sabes, hay algo que no puedes controlar. Algo que tu tecnología y tu odio no han tenido en cuenta.

Clan Dracul: Lazos sangrientos - Libro 2Donde viven las historias. Descúbrelo ahora