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Inazuma, la ciudad de la eternidad, amanecía como cualquier otra mañana con el sol dorado bañando sus calles y templos

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Inazuma, la ciudad de la eternidad, amanecía como cualquier otra mañana con el sol dorado bañando sus calles y templos. Las hojas de los cerezos ondeaban suavemente al ritmo de la brisa del mar, pero hoy algo era diferente. Un aire de inquietud y tristeza impregnaba el ambiente. La vitalidad que solía caracterizar a la ciudad estaba ausente. Las risas de los niños, las conversaciones animadas de los comerciantes, e incluso los pájaros parecían haber disminuido su canto. Todo desde la desaparición de Kazuha y el encuentro del pequeño Kunikuzushi.

Había pasado una semana desde aquel fatídico día. Kazuha, conocido por su espíritu libre y su conexión con la naturaleza, había desaparecido sin dejar rastro. Las calles de Inazuma estaban llenas de rumores y teorías, cada una más alarmante que la anterior. Los ciudadanos estaban preocupados, y esa preocupación se reflejaba en sus rostros y en sus conversaciones susurradas. Las paredes estaban empapadas de carteles de "se busca" con la imagen del pequeño albino como portada y los medios eran incapaces de concebir una afirmación clara sobre si Kaedehara Kazuha para este punto se encontrara aún en la gran ciudad o si estuviera vivo.

El pelirrojo, quien había sido el principal investigador de aquella desaparición, se dirigió nuevamente a una casa modesta, donde una mujer de semblante sereno y ojos llenos de dolor esperaba en la puerta para recibirlo una vez más. Era la madre de Kunikuzushi, una mujer cuya presencia irradiaba una fuerza tranquila, pero cuyos ojos delataban el tormento interno que vivía desde que volvió a encontrar a su hijo.

— Detective Heizou... —Dijo ella con voz firme, pero temblorosa aún.— ¿Han encontrado alguna pista sobre Kazuha? —

El joven de cabellos claros negó con la cabeza levemente, no habían tenido ningún tipo de avances significativos que ayudaran.— Lamentablemente, aún no. Pero estoy aquí para hablar con su hijo si es posible. Es probable que tenga información que nos pueda ayudar en la búsqueda. —

La mujer de cabellos morados asintió lentamente, invitándolo a pasar.— Por supuesto. Pero por favor, sea gentil con él. Ya ha pasado por mucho. —

Dentro de la casa, la atmósfera era pesada. El pequeño índigo estaba sentado en una esquina de su habitación cálida, abrazando sus rodillas y escondiendo su cabeza como si le tuviera miedo a cualquiera que se le acercara al menos un poco. Sus ojos estaban vacíos, como si su mente estuviera muy lejos de allí. Había estado así por días enteros desde su encuentro por la oficial Kuki Shinobu, negándose a comer, dormir, ir a la escuela o simplemente hacer alguna actividad que le impusiera como requisito salir de aquella zona, como si lo que quedará de él solo fuera una cáscara vacía y muerta. Heizou se acercó con cautela, arrodillándose a su lado y sentándose junto con él, tratando de entablar una conversación con el pequeño.

— Kunikuzushi. —Dijo suavemente.— Necesito hablar contigo sobre Kaedehara Kazuha. Es muy importante. —Adicionalmente agregó con cautela.— Era tu su mejor amigo ¿no? Podrías ayudarme a mí y a su madre para poder encontrarlo, ella está realmente triste y preocupada por su hijito. —

El joven no respondió de inmediato. Parecía estar luchando con sus propios demonios internos y finalmente cuando levantó la vista y miró al detective, sus ojos parecían estar sin vida propia con una mezcla de miedo y confusión.

Don't be a loser! ¡Kazuscara!Donde viven las historias. Descúbrelo ahora