Gwayne Hightower

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POV: Aemma Targaryen

Cuando el impacto llega, instintivamente me cubro la cabeza con los brazos. Espero el golpe contra la piedra del suelo.

En su lugar, escucho el silbido de acero al salir de la vaina.

—Mierda —masculla una voz, con los dientes apretados.

El silencio que sigue es espeso

Arriba, la figura de mi prometido. Ser Gwayne Hightower. El filo de su espada descansa contra el cuello de Ser Criston Cole.

—Si vuelve a tocar a mi prometida, Ser Criston, yo mismo pondré su cabeza en una lanza —su tono es hielo puro.

Cole está furioso. Le hierve la cara. Pero enfrentarse al hermano de la reina viuda es firmar su sentencia. Suelta un bufido y se larga por el pasillo, las botas resonando contra la piedra.

Gwayne enfunda con un movimiento limpio. Me tiende la mano.

La ignoro.

Con lo poco que me queda de orgullo, me levanto sola. Humillada, sí. Pero de pie.

O eso intento. Un latigazo de dolor me cruza la espalda y las rodillas me fallan.

Gwayne no pide permiso esta vez. Una mano me rodea la cintura, la otra se cuela bajo mis rodillas y me alza como si no pesara nada. El grito que se me escapa es más sorpresa que dolor.

Sus manos están bajo mi vestido. Su respiración, tensa, me roza la sien. Estamos demasiado cerca.

—No es necesario que me cargue, ser. No necesito su ayuda —me revuelvo, buscando distancia.

—Eres mi prometida. Ya te he dicho que puedes llamarme Gwayne —empieza a caminar hacia mis aposentos. Su voz no es la misma que usó con Cole. Esta es baja. Casi... amable.

—Aunque trates de ocultarlo, sé que esa bestia dorniense te magulló —aprieta la mandíbula. El caballero serio ha vuelto.

—Se equivoca —digo—. Se necesita más que un empujón para doblarme del dolor.

Alzo la cara para mirarlo y me arrepiento al instante. De cerca es peor. Más guapo. Las pestañas oscuras, la mandíbula marcada, y esos ojos verdes que ahora mismo me estudian.

Nota mi mirada. Sus manos se tensan contra mi piel.

Carraspea.

—Hablaré con mi hermana. Esto no puede seguir sucediendo. Pronto serás mi esposa y no permitiré que le falten al respeto a tu honor.

No puedo evitarlo. Sonrío con toda la burla que me cabe en la boca.

Su hermana. La que esparce que soy bastarda. La que intentó sacarle un ojo a mi hermano y le cortó la mano a mi madre. ¿Y ahora va a defender mi honor? Ingenuo.

—¿Algo de lo que dije fue gracioso, Aemma? —su voz es filo otra vez.

—No puedo confiar en sus palabras, ser, por más amables que sean. Su familia cometió la más alta de las traiciones —susurro, midiendo cada sílaba—. Y es su hermana quien levanta horribles rumores sobre mi legitimidad.

Su mandíbula se marca tanto que temo que se rompa un diente. Trago saliva. Logré molestarlo. No le temo, pero sigo en sus brazos.

Llegamos a mi prisión personal. Le ordena al guardia que abra y que llame a mis damas.

Una vez dentro, me deposita en la cama como si fuera de cristal. La seda fría contra mi espalda me devuelve un poco de aire.

No se va. Se queda ahí, de pie, mirándome. Quiere decir algo. No le salen las palabras.

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