Maruo Nakano se encontraba sentado en su escritorio, revisando una pila interminable de papeles. A sus 25 años, recién egresado de la facultad de medicina, había imaginado un futuro lleno de desafíos profesionales, pero no esperaba que el primero de ellos llegara de forma tan inesperada y personal. Mientras los rayos del sol iluminaban suavemente su pequeña oficina, un golpe en la puerta lo sacó de su concentración.
—Adelante —dijo sin levantar la vista.
La puerta se abrió con un crujido lento, y al mirar, Maruo sintió un golpe de nostalgia. Frente a él, estaba un hombre alto, de semblante cansado pero aún imponente, que reconoció de inmediato: Yuuji Tachibana, el padre de Rena, su antigua profesora... y su primer amor.
—¿Señor Tachibana? —Maruo se levantó de inmediato, algo desconcertado por su visita. No habían cruzado caminos desde que él había dejado la secundaria, y la sorpresa se mezclaba con una inquietante sensación de que algo no estaba bien.
Yuuji se sentó lentamente frente a Maruo, suspirando antes de hablar, como si le pesara cada palabra.
—Maruo... —comenzó con voz grave—. No quiero quitarte mucho tiempo, pero tengo que pedirte algo. Es sobre Rena.
El corazón de Maruo dio un vuelco. El nombre de Rena Tachibana resonaba como un eco lejano, lleno de recuerdos de la adolescencia, de admiración y sentimientos que había guardado bajo llave durante años. ¿Qué podía quererle ahora, después de tanto tiempo?
—Ella... —Yuuji hizo una pausa, como si el aire le faltara por un momento— está enferma. Muy enferma, Maruo. Los médicos no le dan mucho tiempo.
Maruo sintió como si el suelo bajo sus pies desapareciera. El silencio en la habitación se hizo pesado, mientras procesaba lo que acababa de escuchar.
—¿Qué...? —murmuró apenas, incapaz de formular una pregunta coherente.
—Quiere verte —continuó Yuuji—. Te recuerda, Maruo. Fuiste su mejor estudiante, su orgullo... Y ahora, antes de que sea tarde, me pidió que te encontrara. No sé cuánto tiempo le queda, pero... por favor, ve a verla.
Maruo no sabía qué responder. Su mente retrocedió a esos días de preparatoria, a las lecciones que le impartía Rena con esa pasión tan característica, al cariño secreto que había alimentado en silencio, pensando que jamás podría ser correspondido. Nunca imaginó que volvería a saber de ella bajo estas circunstancias.
—Lo haré —respondió finalmente, sintiendo un nudo en la garganta. No podía negarse. No después de todo lo que ella había significado para él.
Yuuji se levantó, agradecido, y antes de irse, dejó un último mensaje.
—Está en casa. Sabe que irás. Gracias, Maruo.
Cuando la puerta se cerró detrás de Yuuji, Maruo se quedó mirando al vacío, luchando con un torbellino de emociones. Iba a verla, pero esta vez no como su estudiante, sino como un hombre, y como alguien que debía despedirse de su primer amor.
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La conversación con Yuuji Tachibana había dejado a Maruo en un estado de aturdimiento. Apenas minutos después de que el hombre se marchara, una enfermera tocó a la puerta de su oficina, interrumpiendo el denso silencio que había quedado.
—Disculpe, Nakano-sensei —dijo la enfermera con una pequeña sonrisa, entregándole un sobre—. El señor Tachibana me pidió que le diera esto. Es su dirección.
