4. ¡Felices 18!

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Verano de 1963. Margo movía sus brazos como un autómata. Llevaba horas cavando una fosa lo suficientemente grande como para que cupiera un coche dentro. Estaba cansada, pero no podía parar. Ahora no. Estaba anocheciendo y quería dejarlo todo enterrado para siempre. Había sido un día duro. Apenas hace unas horas, había sido tan feliz...

Hace tres horas

Elliot había cogido un plátano del plato con fruta que Tricia tenía en la cocina. Margo acompañaba a su abuelo mientras preparaba los cubiertos y las servilletas para la fiesta.

- ¡Ya eres toda una mujer, Margo! –comentó Elliot, mientras pelaba con dificultad el plátano.

- Abuelo, no lo digas así. ¡Qué vergüenza! Anda trae.

- ¡Pero si es verdad! Vas a ser lo que quieras ser, Margo. ¡Gracias! –Cogió el plátano.

- A ver si sale todo bien hoy y viene Devan a tiempo...

- ¿Tu noviete? No me mires así, ya verás... Uy.

El abuelo notó algo raro al masticar el plátano. En lugar de la textura suave que esperaba, mordió algo duro que le provocó un escalofrío. Le pilló desprevenido y se asustó; escupió el trozo de plátano, impactó contra el cristal de la ventana. Se fue deslizando hasta que cayó en el fregadero. Cuando Margo se acercó, a simple vista pudo ver lo que había notado su abuelo: un diente. Se le habría soltado mientras comía, y se había mezclado con la fruta.

- ¡Le he dicho mil veces a la estúpida de tu abuela que no los compre de esa frutería apestosa! ¡Tienen semillas!

- Abuelo, ¡Dios mío! No son semillas. Mira.

- ¡Quita eso de mi vista! Te digo que traen semillas.

Se llenó un vaso de agua, se enjuagó la boca y escupió en el fregadero. El agua que salió tenía trazos sanguinolentos. Margo se quedó mirando a un trozo de plátano que aún seguía pegado en el cristal.

- ¡ELLIOT! –gritó Tricia desde el piso superior.

- ¡YA VA!

Dejó a su nieta sola, pero no por mucho tiempo. Su hermano, Roy, se reunió con ella.

En ese momento suena el timbre de la casa.

Alguien llamaba incesantemente. Tricia bajó las escaleras a toda velocidad y abrió la puerta, encontrándose con un rostro conocido.

- ¡Mi Jerry! Por fin vienes. ¡Menuda tenemos montada en la casa!

- Hola Tricia-Le da dos besos-. ¿Por el cumpleaños?

- Aparte. El piso de arriba, que se nos va a inundar. Anda y échale una mano a mi marido, que el pobre más que arreglarlo lo está empeorando, pero cualquiera le dice nada.

- Eso está hecho. ¡Oh! He traído una caja de galletas para Elliot, que me las pidió.

- ¡Eres un cielo! Espero que te quedes un rato a probar la tarta.

- Son de suiza. Las galletas. O eso dice mi mujer, aunque los compró donde Mary Anne. No sabía que importaban ese tipo de...

- Sí, sí, Jerry. ¡Mira el agua! Todas las escaleras perdidas de agua. ¡Cualquier día me da un infarto en esta casa! Venga, corre y luego probamos esas galletas.

Jerry subió al piso de arriba, buscando a Elliot, que estaba destrozando las tuberías del cuarto de baño con una llave inglesa. Tricia llevó la caja a la cocina. Sacó las galletas y las puso en un plato. Probó una y le pareció un poco sosa. Fue a buscar al frigorífico un botecito que tenía de esencia de vainilla. Le echó un par de gotas y probó otra. Ahora sí estaba en su punto.

Raíces NegrasDonde viven las historias. Descúbrelo ahora