2. ¡Felices 77!

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- ¡Doreen! –gritó Margo- ¡DOREEN!

- ¡Mamá, deja de gritar! –Selena se estaba impacientando-. ¿No querías ir este año por la mañana a ver a tu amiga Charlotte? Pues deprisita.

- ¿Has visto mi candado?

- ¿No lo llevas puesto?

- Creo que me habría dado cuenta, cariño.

- Bueno, yo qué sé. Lo mismo no te has dado cuenta. A tu edad ya es normal que empieces a chochear.

- ¡Oh! ¿Has visto una bolsa que tenía con una gilipollas dentro? ¡Vaya! ¡Si la gilipollas ha salido! –Nada le gustaba más que empezar el día con una buena ración de sarcasmo.

- Pues tan gilipollas no seré si he salido de la bolsa.

- O quizá la bolsa tenía un agujero y te golpeaste la cabeza al caer. Varias veces.

- Feliz cumpleaños, mamá...

- ¡Ah! Aquí está. ¿Te lo puedes creer? Debajo de una toalla. ¿Sabes para qué hace eso?

- Para qué hace eso, ¿quién?

- ¡Doreen! Para que se me olvide. Luego se lleva la toalla y el candado. Se cree que por ser vieja es fácil robarme. ¡JÁ!

- Dudo mucho que se quiera llevar tu candado de ochocientos años. Venga, vámonos.

Hace un año que Selena se había encargado de buscar una asistente que cuidara a su madre. Era una chica joven de Carolina del Norte, que se había mudado a la ciudad para estudiar-o más bien por amor-, y necesitaba trabajar para pagarse el alquiler. Iba de lunes a sábado, cinco horas diarias. Y por mucho que le pagaran, no era suficiente para aguantar el carácter de la señora Gümm.

Desde el fallecimiento de Devan el año pasado, su ánimo decayó. Ya no andaba tan bien como antes, y usaba bastón. Se había vuelto un poco más huraña y gruñona, si cabe. Nadie podía hacer ningún comentario jocoso sin salir escaldado en el proceso. Cada vez se hacía más difícil la comunicación entre ella y sus hijos.

El candado la obsesionaba. Si veía moverse ligeramente una de las circonitas, llamaba a sus hijos aterrada. Les repetía constantemente el peligro que corrían si una de las piedras se desprendía, recordándoles que el año pasado les avisó de la muerte del abuelo, y que fue inevitable. Pensaba en el demonio que, según Charlotte, estaba encerrado dentro. Necesitaba hablar con ella.

La "sala futura" de Charlotte había cambiado radicalmente. Ahora, parecía un cubo negro. Era como entrar en otra dimensión. Las paredes lisas, parecían de plástico. Una luz de neón amarillo recorría todas las juntas, delimitando la forma de la habitación. Había tres butacas de corte recto, también negras con los bordes en amarillo reluciente. La mesa seguía el mismo patrón, valiéndose de las luces que emitía para iluminar la cara de Charlotte y las cartas, de un tono dorado.

- ¡Charlotte! ¿Puedes decirme algo más del candado?

- Déjame sacar las cartas.

- ¿Dónde está la bolsita? –preguntó Selena.

- ¡Uy, qué antigua! Eso ya no funciona. Ahora se lanzan.

Se acercó a una de las paredes negras y lanzó diez cartas. Sólo tres se quedaron clavadas. Selena se preguntó de qué estarían echas, y si Charlotte se daría cuenta si le faltaran dos o tres.

- ¡Ajá! La torre.

- Eso significa...

- ¡PAPELES! Mucho papeleo. ¡Toneladas!

Raíces NegrasDonde viven las historias. Descúbrelo ahora