El concilio de la inquisición

3 1 0
                                    

El aire en la sala del consejo era espeso, como si el peso de la conversación por venir ya hubiese impregnado las paredes. La habitación estaba iluminada solo por la tenue luz de las lámparas doradas, proyectando sombras alargadas sobre la madera oscura de la mesa central. Afuera, la noche cubría los jardines imperiales con un silencio sepulcral, pero dentro, la tensión crecía con cada segundo.

En la cabecera de la mesa, la emperatriz mantenía su postura firme. Su rostro, inmutable, ocultaba la preocupación que solo los más cercanos podían detectar en sus gestos mínimos: el tamborileo de sus dedos sobre el reposabrazos, la leve inclinación de su cabeza. Sabía que esta reunión era crucial. No solo estaba en juego la reputación de su hijo, sino la estabilidad de la monarquía.

A su derecha, el emperador observaba a cada uno de los presentes con una mirada calculadora. Había gobernado demasiado tiempo como para subestimar el peligro que representaba un escándalo de esta magnitud. La prensa, los opositores políticos, e incluso los aliados de la corona estaban atentos, esperando cualquier señal de debilidad.

Junto a él, la reina madre mantenía la expresión serena de alguien que ha visto demasiadas crisis como para alterarse por una más. Sin embargo, sus ojos destellaban con inteligencia afilada. Era la arquitecta silenciosa de la familia, aquella que movía los hilos en las sombras para preservar el poder.

Frente a ellos, Lord Koganegawa, siempre meticuloso, hojeaba un informe con el ceño fruncido. Sabía que cualquier palabra errónea podía desatar una tormenta. A su lado, Akiteru, el hermano mayor de Tsukishima, mantenía la espalda recta, pero su mandíbula estaba tensa. Era evidente que la situación lo incomodaba más de lo que quería admitir.

La emperatriz rompió el silencio con un tono grave.

Emperatriz: No podemos permitir que este escándalo siga creciendo.

Su voz era baja y controlada, pero la dureza en su mirada dejaba claro que no había margen para la indulgencia.

Emperatriz: No es solo la reputación de Tsukishima la que está en juego. Es la estabilidad de la corona.

Lord Koganegawa dejó su informe sobre la mesa junto a los periodicos y entrelazó las manos.

Lord Koganegawa: La prensa internacional ha tomado el asunto con un interés preocupante. Algunos medios ya están comparando esta situación con los escándalos que llevaron a la caída de otras monarquías en Europa.

El emperador cerró los ojos por un breve momento, como si el peso de la historia lo presionara.

Emperador: Siempre hay quienes buscan la oportunidad de debilitar la institución. Lo que importa es que no les demos la oportunidad de seguir especulando sobre este maldito asunto.

La reina madre, hasta ahora en silencio, habló con calma.

Reina madre: El problema no es solo el escándalo. Es la percepción del pueblo, no podemos arriesgarnos a una revuelta. Tsukishima no es solo un príncipe rebelde. Es el futuro de la monarquía, es el príncipe de la noche profunda. Su imagen debe ser intachable.

Akiteru dejó escapar un suspiro frustrado.

Akiteru: Pero él no va a dejar a Kuroo. Lo sabemos todos.

El emperador entreabrió los ojos y fijó su mirada en su hijo mayor.

Emperador: Porque Kuroo no es solo una distracción. Es un estratega, todos recordamos el intento de su abuelo por coger con el Emperador Hirohito solo para tener el trono. Ahora es un hombre con influencia en los círculos políticos liberales de izquierda y diplomáticos de los norteamericanos. Si intentamos alejarlo de Tsukishima por la fuerza, lo único que lograremos es que se convierta en una figura de oposición.

Lord Koganegawa asintió.

Emperador: Además, Kuroo tiene el apoyo de varios líderes empresariales, como los Haiba. Su papel en las relaciones exteriores lo hace prácticamente intocable.

La emperatriz apretó los labios.

Emperatriz: Entonces, ¿qué hacemos? Lo dejaremos seguir haciendo de las suyas?

Un silencio incómodo se instaló en la sala.

Fue la reina madre quien finalmente habló, con su tono característicamente medido.

Reina madre: No podemos eliminar a Kuroo. No podemos obligar a Tsukishima a sentir algo que no siente por ese idiota de Yamaguchi. Pero sí podemos asegurarnos de que el pueblo vea su matrimonio como algo sólido.

Akiteru la miró con incredulidad.

Akiteru: Quieres que finjan ser felices? Eso solo empeorará todo.

La reina madre lo miró con severidad, haciendo sentir su determinación como algo de cuidado.

Reina madre: Quiero que la corona prevalezca.

Su voz era firme, pero no carente de emoción. Sus palabras no eran una simple estrategia política; eran una verdad innegable.

Reina madre: La monarquía no ha sobrevivido siglos porque sus miembros sigan sus corazones. Ha sobrevivido porque entendemos que nuestro deber es más grande que nuestros deseos. Por qué crees que la monarquía no tuvo legítimos herederos durante 300 años, solo por un milagro estuvo Hirohito.

El emperador asintió lentamente.

Emperador: Entonces, necesitamos un acto de unidad.

La emperatriz dejó escapar un suspiro controlado y miró a Koganegawa.

Emperatriz: ¿Cuál es el evento más cercano en el que podríamos reforzar esa imagen?

Koganegawa revisó rápidamente su informe.

Lord Koganegawa: La Cumbre de Viena, en seis meses. Es un evento crucial. Asistirán jefes de Estado, diplomáticos y empresarios influyentes. Si Tsukishima y Yamaguchi aparecen juntos, demostrando unidad, podemos desviar la narrativa del escándalo.

Akiteru se pasó una mano por el rostro.

Akiteru: Y si Tsukishima se niega? O Yamaguchi?

La reina madre sonrió, una sonrisa tenue, pero con un trasfondo peligroso.

Emperatriz: No lo hará. Y Yamaguchi está enamorado, hará lo que sea por amor.

Akiteru sintió un escalofrío. Sabía lo que eso significaba.

Akiteru: No podemos obligarlo a amar a Yamaguchi, y a Yamaguchi no podemos usarlo como si fuera una herramienta.

Pero la reina madre, con una extraña suavidad en la voz le interrumpió.

Reina madre: Pero podemos recordarle que su deber es más grande que sus deseos. Y al chico, siempre lo hemos usado.

Un silencio pesado cayó sobre la sala.

La emperatriz se puso de pie, marcando el final de la reunión.

Emperatriz: La Cumbre de Viena será la prueba definitiva. Tsukishima e Yamaguchi asistirán como una pareja fuerte, como futuros soberanos. Si Tsukishima se resiste… le haremos entender las consecuencias.

Akiteru no dijo nada. Solo miró a su familia, entendiendo que, en este juego, los sentimientos eran secundarios.

La reina madre habló una vez más, su voz serena pero con la fuerza de siglos de tradición detrás.

Reina madre: La corona siempre debe prevalecer Akiteru, debes grabarte eso.

Y con esas palabras, el destino de Tsukishima y Yamaguchi quedó sellado.

Continuará...

The Crown (Tsukiyama Teruyama)Donde viven las historias. Descúbrelo ahora