Un encuentro, una mirada, una voz, solo eso es suficiente para que alguien se meta en tus venas y se convierta en todo tu mundo.
El estoico Ben Danner ya tiene mucho con lo qué lidiar en su vida; una vida llena de excesos que apenas lo deja respirar...
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Aeryn
La luz de la mañana se filtra a través de mis párpados, despertándome de mi sueño. Un gemido ronco sale desde el fondo de mi garganta e intento moverme, pero no lo logro. Mis brazos y piernas están envueltos sobre un cuerpo duro y no quiero dejarlo ir. Mis ojos se abren con cuidado y lanzo un gemido adormecido, antes de frotar uno de ellos.
Me estiro y levanto la mirada lentamente. Mi corazón da un vuelco dentro de mi pecho al ver a Ben observarme con una sonrisa en su rostro y un brillo particular en sus ojos.
No puedo evitar sentir la ternura abrirse paso en mi corazón al verlo y caer en cuenta de la posición en la que estamos. Mi mente se llena de recuerdos sobre la primera vez que dormimos juntos en el motel, o la vez que se quedó a dormir en mi apartamento después de cuidarme mientras estaba borracha.
—Buenos días, Ángel —murmura, sonriendo, la pura felicidad reflejada en sus ojos.
—Buenos días —digo, colocando mis manos sobre su pecho para apoyar mi barbilla y poder mirarlo—. Al parecer eres buena almohada —bromeo y él sonríe al darse cuenta de mis palabras.
—No me molesta. Siempre me ha gustado tu cercanía, además, me gusta mucho observarte mientras duermes.
—Ah, ¿sí? ¿Al fin admites que sí me estabas mirando la primera vez que despertamos juntos en ese motel?
Él asiente sin ningún tipo de vergüenza.
—Te veías tan adorable durmiendo sobre mí y usando mi camiseta, ángel. Esos malditos pantaloncitos me persiguen en mis sueños hasta el día de hoy.
Me aparto de él, fingiendo sentirme ofendida.
—Dijiste que no me estabas mirando.
—Mentí. ¿Qué vas a hacer al respecto?
Hago el afán de levantarme de su regazo, pero no llego muy lejos. Riendo, él toma de mi cintura y nos voltea hasta que mi espalda está contra su pecho en posición de cucharita, su brazo debajo de mi cabeza, su mano tomando la mía. Lanzo un gemido al sentir su erección contra mi trasero. No es una simple erección matutina, está realmente duro.
Su mano acaricia uno de mis pechos, antes de bajar lentamente hasta mi cintura, ir a mi cadera y descansar en mi trasero, donde toma mi piel en su puño, clavándome sus duros dedos en mi carne. Giro mi rostro mientras mi respiración se acelera cada vez más, mi cuerpo encendiéndose con rapidez.
—Pensé que te había dejado seco —digo, pero la forma en que froto mi trasero contra él contrasta mi intención de burlarme de él.
Sus labios cubren los míos, y sin una sola palabra más, su mano libre se desliza lentamente por mi cuerpo, tomando mis pechos, jugando con mis pezones duros, antes de bajar por mi abdomen, mi vientre, hasta llegar a donde lo quiero. Suelta un gemido al darse cuenta de cuánto lo necesito y desliza sus dedos por mi clítoris en suaves círculos lentos que hacen a mis caderas saltar.