ECHO

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Se zambulló y el mundo se apagó.
El rugido del estadio quedó atrás como un recuerdo mal doblado en el fondo de un cajón. Bajo el agua, todo era azul, todo era eco. Y en ese silencio líquido, lo sentía a él. A veces era una sombra a su lado, otras, la presión en su pecho justo antes de salir a respirar.

Nadar no era escapar. Era volver.
Cada brazada era un intento de romper la línea del tiempo, de volver a tocar su rostro en la orilla de otra vida. Sabía que si nadaba lo bastante rápido, si rompía todos los récords, lo alcanzaría. Porque él también corría, en otro escenario, bajo otros focos. Ambos buscaban el mismo final. Reencontrarse en esa vida, y forjar juntos un nuevo destino.

Quizás, solo quizás, volverían a florecer...

Quizás, solo quizás, volverían a florecer

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