EPÍLOGO

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¿Esto es a lo que le llamamos destino?

En la sombría soledad, incluso el aleteo del más pequeño insecto le resultaba fascinante, alegre y vivaz. Durante esos veinte años encarcelado en sus propias emociones y decisiones, el hombre que alguna vez fue magnífico y poderoso, perdió su valía de poco en poco. El tiempo besó sus cabellos y se guardó un lugar eterno en su piel, manchado y arrugado, arrepentido y agradecido.

Con lo poco que tenía, el Rey exiliado se hizo dueño de su propia vida, despertaba con el cántico de las aves, con las olas del mar embravecido, y se dormía junto con el sol; pescaba, cazaba y cultivaba sus propios alimentos a unas cuantas millas de la playa.

Quizás desde el punto de vista de cualquier extraño viajero parecía estar viviendo una vida cómoda, alejado de sus responsabilidades dentro de la monarquía, de sus deberes como esposo y sus derechos como padre; sin embargo, ninguno sabía que vivir en la ignorancia, alejado de su hogar y de las personas que más amaba fue la peor de sus condenas, una agonía que lentamente lo fue consumiendo hasta dejarlo sin nada, sin la esperanza de amanecer rodeado de dicha, de sentirse cálido y amado, de no ser odiado y reprochado, de ser feliz.

Aunque agradecía respirar en un mundo donde su más grande amor existía, la realidad era que continuaba empecinado en volver, quizás sin el título que tantos problemas les causó, sin los privilegios que gozó desde su nacimiento, sin el reconocimiento de haber librado sangrientas batallas, sólo volver. Volver a verlo sonreír, volver a escucharlo cantar, volver a acariciar su cabello y besar su rostro, perderse en sus dulces labios.

Volver, volver, volver.

Jeon Jungkook deseaba con desesperación volver a ser el hombre a quien Kim Taehyung amaba con tanta intensidad, con tanta devoción. Añoraba escuchar las divertidas anécdotas de sus hijos, enseñarles y aconsejarles, verlos crecer y convertirse en personas de bien. Deseaba estar con ellos, o al menos, saber qué había sido de sus vidas tras su partida.

Tras ser exiliado, fue llevado al límite de la frontera con el reino Sol, dentro de lo que un día fue conocido como el reino de Percia, pero que tras la guerra y la muerte de Min Yoongi, había pasado a ser parte del mapa sirgano.

Los guardias encargados de su custodia, ya cansados y viejos, murieron una década atrás, cuando el pueblo había olvidado su destitución. Poco después, un nuevo régimen surgió, y los encargados de asegurarse  de que no intentara escapar, eran tan jóvenes que al verlo sin intenciones de regresar a la capital, fueron dejando de frecuentarlo, y finalmente se quedó completamente solo.

Esa mañana en particular, el galope de un par de bestias, el crujido de un magnífico carruaje blanco y la figura de dos extraños aproximándose hacia la choza donde pasó gran parte de su vida, le heló la sangre. Sus cansados ojos se asomaron por la pequeña ventana podrida y sus manos arrugadas viajaron hasta su cabello con desesperación. El presagio lo angustió. Suspiró mientras veía la ropa sucia que portaba y corrió hasta el pequeño pozo detrás de su casa para lavarse el rostro.

Cuando los caballos relincharon y el peso de los extraños cayó sobre el árido suelo, sucedió lo inesperado, pues aquellos muchachos no eran hombres enviados por su amado para terminar con su vida, sino, sus propios hijos.

Jungkook salió cojeando a recibirlos, con lágrimas melancólicas recorriendo sus mejillas al distinguir el maduro rostro de su primogénito parado frente al umbral. Y al sentirse preso de los brazos de aquel niño que había abandonado cuando tenía diez años de edad, no pudo evitar sollozar de gozo, de excelsa gratitud, sin embargo, lloró con mucha más intensidad cuando del carruaje emergió el delicado cuerpo de una señorita a la que había conocido solo un par de horas de haber nacido, pero que reconoció al instante como suya, por la espesa sangre que los unía.

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