Tus Gritos No Eran Para Salvarme

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Voy a empezar a alejarme. No quiero, pero tampoco quiero no ser más de lo que merezco. Y no es un aviso, es una realidad.

Es tan solo un amanecer en una playa de arena fina. Me quito las zapatillas para no dejar huella, no más que las que ya están. Lentamente voy huyendo.

Esa sensación de agua helada abrazando los pies, el mar entrando entre mis dedos mientras va borrando lentamente todas las pisadas: mías y tuyas, aunque sean pocas.

El agua va llegando a mis rodillas, y ni siquiera te escucho gritar. Y si lo haces, solo es para ver si retrocedo. Pero la marea ya va subiendo.

El mar llega a un punto donde las olas rompen en mi pecho. Y he de avisarte: nunca supe nadar. Escucho tus gritos, desesperada por encontrarme... No para salvarme. He empezado a creer que nunca te importé, y que solo quieres salvarte tú.

Cuando el sol engulle la oscuridad y la marea está cesando, ya me he hundido. He desaparecido. O lo mismo, para cuando leas esto, ya me han encontrado naufragado en otro mar...

Y cuando tus rodillas caen en la arena, gritando y gritando desesperada, pidiendo salvación, lo único que te devuelve el mar son mis gafas. Las rompes, y las ocultas lanzándolas al fondo de un océano que nunca nadie encontrará.

Y es entonces cuando te tumbas en la arena y, con el puño lleno de esta, juegas e imaginas que es un reloj, esperando que alguien llegue para salvarte.

Pero nunca para salvarle.

Mil batallas internasHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora