Marin I

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La espada es para proteger no para infundir temor

El viento soplaba con furia en la cubierta del barco de la Marina, como si el mar intentara advertir a los hombres que no pertenecían a sus dominios. Pero ella, erguida al borde del mástil, no temblaba. No lo hacía nunca. Su nombre era Yuliett. Cabello rubio ondeando en el viento, una mirada que no terminaba de pertenecer a este siglo.

Segun los documentos, veintinueve años. Su cuerpo gritaba Veintiuno y su alma sabia que poseia unos setecientos años.

Pero había días en que olvidaba eso. Como si su mente, para seguir adelante, tuviera que soltar partes de su historia al abismo.

—Vicealmirante Yuliett —la voz del teniente la trajo de vuelta—. El pueblo de Isla Bruma no responde a los llamados. ¿Ordenamos ataque?

—No —respondió sin girarse—. Nadie ataca sin saber por qué se esconden.

La justicia no tiene voz cuando se grita con miedo.

Había algo en la bruma de esa isla que le resultaba familiar. No por recuerdos nítidos, sino por sensaciones pegajosas. Como si en otra vida hubiera muerto ahí. O matado. O amado.

Cuando tocó tierra firme, lo sintió: el agua bajo sus botas le hablaba. El mar se contraía en sus venas. Ella era parte de él. Su poder no era una Fruta del Diablo; era una herencia antigua. O eso creia.

Podía dominar el líquido como si fuera extensión de su piel. El agua en el aire, en la tierra, en los cuerpos.

Yuliett avanzó sola, su katana envainada a la espalda. La niebla parecía morder, densa como una promesa incumplida. La villa estaba en silencio, y eso decía más que cualquier grito.

Fue entonces cuando los vio.

Niños. Mujeres. Ancianos. Todos acorralados en el centro del pueblo, amordazados y atados. No por bandidos, no por piratas. Sino por uniformes marines.

—¡Vicealmirante! —dijo uno de los hombres al verla. Ella lo reconoció: era del escuadrón de refuerzo—. Cumplimos con la orden. Esta gente escondía armas.

—¿Y comprobaron eso antes o después de romperle los dientes a esa mujer? —preguntó Yuliett, con la voz baja. Su tono era una calma que precedía tormentas.

—Nos defendimos. Ellos atacaron primero.

—¿Eso en verdad fue asi? —Pregunta calmada y ninguno de ellos responde

La katana de Yuliett ya en su mano apuntaba hacia el cuello de su subordinado, pero no necesitaba usarla. No con ellos. Solo queria demostrar su poder.

—El uniforme no les da derecho a oprimir. La Marina está para proteger, no para gobernar con miedo.

Sus palabras fueron sentencia para sus propios hombrespero aun asi no liberó a los aldeanos. En cambio ordeno hacer una investigacion profuda y que un curandero los revise.

Esa noche, en su camarote, escribió en su diario:

" ¿Cuántas veces he olvidado ya? El agua guarda mis memorias mas aun no me quiere hablar. ¿Por que te ocultas aqua?¿Acaso me temes?."

En cubierta, bajo la luna, el mar le susurraba nombres olvidados. Algunos con D.

Yuliett no los recordaba. Aún así, sabía que debía protegerlos. Porque el mar no olvida, Pero ella... ella tenía que hacerlo o loca se volveria.

Yuliett sabía que la Marina no era perfecta. Que, a veces, la justicia se ensuciaba con la misma sangre que pretendía limpiar.

Se levantó y caminó hacia la borda, dejando que la brisa marina acariciara su rostro como un susurro ancestral. Cerró los ojos y sintió el agua a su alrededor, su aliada eterna.

—¿Quién decide qué es justicia? —murmuró para sí misma—. ¿Quién sostiene la balanza cuando las manos que la sujetan están manchadas?

La memoria le jugaba malas pasadas, pero el deber era claro. Aún sin recordar su verdadero origen, Yuliett había elegido un camino: ser la guardiana, la que nunca retrocedía, la que defendía incluso cuando no había nadie que proteger.

Un crujido la alertó. Desde la niebla emergió una figura, alta y sombría, envuelta en el manto del deber.

—Vicealmirante Yuliett —dijo el recién llegado, con voz grave—. Hemos recibido informes de movimientos extraños en el archipiélago cercano. Se rumorea que Beatriz D Monkey ha sido vista.

Yuliett apretó la mandíbula. Esa letra, ese símbolo, era el epicentro de su misión. Proteger a los portadores de esa herencia, incluso cuando ellos mismos no lo supieran.

Ni que remedio

—Entonces, no podemos quedarnos aquí —respondió con firmeza—. La tormenta se acerca, y con ella otra aaventura mas en la vida de Yuliett

El mar parecía escuchar, y en su infinita memoria, guardaba secretos que ni ella podía recordar, pero sabía que un día entendería. O eso esperaba.

—Yuliett...

—Mmm —Se da la vuelta

— ¿Pasa algo Vicealmirante?

—¿Usted no lo escucho?

— No se a que se refiere

— No es nada. Vamos tenemos una mision.

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Un extra algo cortito sobre algo ocurrido en el pasado de Yuliett

______________________________________________________________Un extra algo cortito sobre algo ocurrido en el pasado de Yuliett

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La protectora de los D     {Pausada}Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora