Capítulo 3: Sueños.

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Acaban de tomarme la tensión. La tengo muy alta, es normal. Hoy he intentado mover alguna parte de mi cuerpo. Todo esfuerzo ha sido en vano. Me agobia esta maldita sensación. Me he vuelto un completo vegetal. Me alimento de suero, no me puedo mover, sólo puedo hablar y mover el cuello, con dolor. Cierro los ojos y intento visualizar el momento en el que entré en el quirófano. 


Me llevaron a la sala de despertar. No había nadie, sólo dos enfermeras en una mesa hablando sobre sus hijos, lo guapos que eran y lo que iban a estudiar. Y mi madre, sentada en una butaca a mi lado.

-Hola Alejandra. Te vamos a explicar un poco en que consiste tu operación, ¿vale? – Era el cirujano, ya lo había visto antes. Mis padres habían hablado con él sobre los riesgos y problemas que podían surgir durante la intervención. – Ahora te vamos a dar un jarabe, y poco a poco vas a sentir que estás más cansada. Luego entrarás en quirófano y procederemos a operarte. Es una operación complicada, está en juego tu vida, ¿entiendes? Debes confiar en nosotros, somos profesionales. – Me sonrío – Me voy a preparar. Te veo luego, aunque estarás dormida.

En ese momento una enfermera me acercó el jarabe. Me lo tomé. Estaba asqueroso. Poco a poco me sentí mucho más cansada. Comencé a ver borroso. Ni siquiera me acuerdo si me llegué a despedir de mi madre. Gran error. Podría ser la última vez que la viera...


Me despierto con la voz de Antonio. 

-Alejandra... ¡Alejandra! - Gritó.

-¿Para que me despiertas capullo? Por una vez que conseguía dormir, joder. - Le miré enfadada y vi como me sonrió. Seguidamente me indicó que mirara hacia delante. Había llegado una nueva camilla a la habitación. Era una niña pequeña. Estaba rodeada de máquinas, como yo. Tenía tubos que le salían por todo el cuerpo. No estaba despierta. A un lado de la cama había una mujer llorando, deduje que era su madre. Miré a Antonio. 

-¿Cuándo ha llegado?

-Acaba de llegar. He escuchado a los enfermeros hablar sobre ella. Está en coma. - Me miró a los ojos. Su rostro estaba lleno de tristeza. No sabía que decir. Él está acostumbrado a estas cosas, yo no. Comencé a llorar. Sentía un nudo en el pecho. La cicatriz comenzó a dolerme. Pero yo no podía parar de llorar. Cada vez me dolía más. - No llores tonta. No pasa nada, se va a poner bien, ya verás. Dentro de nada podremos hablar con ella al igual que lo estoy haciendo yo contigo ahora. 

Antonio es increíble, tiene una gran capacidad para relajarme y hacer que deje de pensar en todo lo malo de ese lugar. Tengo gran curiosidad por saber tanto de él... ¿Cómo es él? No hay nadie en la habitación. Podemos hablar a solas. Entonces, aprovecho. Pero él me interrumpe.

-Sé que eres una llorona, y una borde, y que no te gusta nada hablar. Pero quiero saber más de ti. ¿Qué te gusta hacer? - ¿Qué me gusta hacer? Me paro a pensar... Estar sola, sí. Me gusta estar sola. 

-Pues no sé, me gusta la fotografía, escribir, escuchar música...

-¿Fotógrafa? Vaya. ¡Qué sorpresa! Prométeme que en cuanto salgamos de aquí me harás un photoshoot. - Comenzó a reír a carcajadas. Qué suerte tiene de poder reír. 

-Prometido. Y no me hagas reír, que saber que no puedo. Y a ti ¿qué te gusta?

-Mmmm, me gustas tú. -Sonrió.

-Qué dices, tonto. -Le pegué en el brazo. Pero del esfuerzo que hice por alcanzarlo, estiré tanto el brazo que sentí como mi pecho se partía en dos. Mi cara cambió por completo. Ahora estaba seria. No podía moverme. Miré a Antonio, y vi como observaba asustado mi pecho. Bajé la mirada. Estaba sangrando. Tenía los ojos como platos. No pronuncié palabra. Comencé a verlo todo borroso, y a escuchar en un profundo eco la voz de Antonio gritando la palabra ayuda. Dejé de oírla. Dejé de ver. De sentir. Entré en un sueño profundo. Quizás un sueño demasiado profundo.





A sólo un paso de la felicidad.Donde viven las historias. Descúbrelo ahora