Ya no soy radioactiva

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Han pasado meses desde que escribí por última vez. Ha pasado tanto tiempo que ahora escribo esto justo después de poner a dormir a Soleil.

Sí, mi hija tiene el nombre más único del mundo. Según Maddox, Soleil es sol en francés y en cuanto mencionó el sol, me enamoré del nombre.

Es una niña preciosa. Tiene la piel más suave que he tocado en mi vida y es morenita. Sus mejillas son redondeadas y cada vez que sonríe es inevitable el pararte a observarla.

Tiene un mechoncito castaño claro que se arremolina junto a la sien, como si yo misma hubiera dado una pincelada simulando un mar oscuro y brillante. Tiene la nariz pequeñita, demasiado perfecta. Y sus labios son rosados, medio gruesos e igual de suaves (o incluso más) que su piel. Pero lo que más me gusta son sus ojos.

De momento son como un amanecer en el desierto: una mezcla de miel y cielo nublado. Cuando me mira, aún sin saber que soy su madre y una de las personas que más la quiere, siento que me quiere igual que la queremos Maddox y yo. Lo sé por la sonrisa que me dedica cada vez que la canto, que huele la pintura cuando la llevo conmigo a mi pequeño taller de pintura o cuando solo me dedico a mirarla.

Sus manos son pequeñitas, pero cuando se enfada tiene la fuerza suficiente para tirarte del pelo (le encanta hacer eso). Tiene los dedos largos, como yo. Son manos de artista. Ya solo con eso sé que va a triunfar en la vida.

A veces, cuando duerme en mi pecho, juro que huele a margaritas, canela y felicidad. Porque sí, desde que está en este mundo la felicidad tiene olor y nombre propio: Soleil.

Y, ahora, cambiando un poco de tema, quiero cerrar y terminar este diario a mi forma.

Este cuaderno empezó siendo una forma de escape (y también una tarea que la doctora Vivian Lamar me recomendó encarecidamente) para una chica entre rota y colorida. Pero este trayecto llega a su fin.

Porque esta vez, cuando cierre este diario, podré sentir que mi historia sigue sin la necesidad de dejar fluir pensamientos y sentimientos en un cuaderno que empezó en un momento donde mi locura rozaba los límites.

Básicamente, quiero seguir mi historia con pinceladas, sonrisas compartidas y latidos que valgan realmente la pena.

Sí, he dejado atrás las consultas con la señorita Lamar. El camino con ella de la mano ha sido difícil, pero llevadero. Ahora por fin siento que puedo caminar sin ayuda, escuchando una voz interna que ya no tiene miedo al resto de humanos.

Maddox sigue siendo el amor de mi vida, mi hogar. No creo que nos separemos nunca. Juntos hemos construido un hogar. Con él siempre tengo un espacio asegurado para sentirme protegida, con confianza; nunca nos faltamos al respeto y, cuando vemos que algo nos puede llegar a superar, no sé cómo lo hacemos, pero conseguimos una alegría absoluta, sin necesidad de gritos y violencia.

Aparte de Maddox, siguen estando conmigo mis locas de confianza: Eva y Paula. Ellas me han enseñado que la amistad también es otro tipo de amor que puede salvar a una persona de las tinieblas.

Mis padres, con sus silencios, gestos y eterna aprobación en mis decisiones (ya que confían en mí) han aprendido a verme como siempre he sido: su niña de mil colores, una artista que ahora pinta su futuro con esperanza.

Ya no tengo miedo del mañana, porque sé que si algo malo me depara la vida, estaré acompañada de la mejor forma para afrontarlo.

Así que sí, este es el final. Diario, gracias por acompañarme, gracias por dejarme contar una pequeña parte de mi gran historia.

Me toca despedirme y seguir viviendo en el presente.

Con mucho amor y color,

Adelaide Darcie.

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