Capítulo 28

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La idea lo quemaba. Si era verdad que había tenido un hijo, alguien había estado allí en su pasado... y no estaba ahora.

Miró a Lían, dormido con expresión serena, y sintió una punzada en el pecho.
¿Qué clase de alfa deja atrás a su hijo?

El pensamiento lo enfureció y lo asustó al mismo tiempo. Si no podía usar sus feromonas, si estaba incompleto... por eso no pudo proteger a Lían

Se levantó de la cama, caminando en silencio por la habitación. La ternura de hace unos minutos se transformaba en angustia.
—¿Quién eres... y por qué no estás aquí? —murmuró, como si hablara con un fantasma ausente.

La respuesta no llegó. Solo el silencio.

New volvió a mirar al niño, que respiraba tranquilamente. Y en ese contraste, entre la dulzura de la escena y la oscuridad de sus dudas, comprendió que la lucha apenas comenzaba.

Si quería quedarse con Lían, tendría que enfrentarse no solo a su propia memoria rota, sino también a la verdad sobre el alfa que faltaba en esa historia.

Y en el fondo, algo le decía que cuando esa verdad saliera a la luz, nada volvería a ser igual.

New receso a la cama junto a Lían que aún dormir, él lo observaba quien lo esperaba para bajar. Su respiración tranquila, sus mejillas redondeadas y esa manera de aferrarse a su camisa como si temiera que desapareciera.

New suspiró, acariciándole el cabello.
—Realmente eres mi hijo... —murmuró, casi convencido, como si quisiera grabar la idea en su mente.

El niño se movió entre sueños y balbuceó:
—Papi... ¿hay desayuno?

La risa de New fue breve, nerviosa, pero real.
—Sí, vamos a buscar algo rico.

Bajaron juntos a la cocina, donde el olor del pan recién hecho llenaba el aire. Nat estaba sirviendo café, Mew hojeaba unos papeles y Zee los observaba en silencio.

El ambiente se tensó apenas los vieron entrar.

Nat sonrió débilmente.
—¿Dormiste bien?

—Lo intenté —respondió con frialdad, mientras servía leche para Lían. Al alzar la mirada, notó que Zee lo observaba con atención.

Por un instante, los ojos de ambos se cruzaron. Había algo contenido allí, algo que ninguno se atrevía a decir.

El sonido de la cuchara chocando contra la taza rompió el silencio. Lían reía suavemente, ajeno a la tensión.

New se concentró en él, en su sonrisa inocente, en ese pequeño refugio que ahora parecía ser lo único real. Esperó a que Lían terminara su desayuno antes de dejarlo con Nat, quien se ofreció a llevarlo a la escuela. Cuando el niño salió de la cocina, el silencio volvió a instalarse entre los tres adultos.

Fue Mew quien lo rompió, aprovechando que New parecía un poco más tranquilo.
—New... sé que esto es difícil para ti, pero déjanos ayudarte, ¿sí? Hoy quiero llevarte al médico, solo para asegurarnos de que todo está bien, ¿de acuerdo?

New bajó la mirada, inseguro. —Está bien, pero... —hizo una pausa, recordando lo que Zee le había dicho sobre su tratamiento, algo que solo ellos dos conocían—. No quiero ir contigo.

—De acuerdo —respondió Mew con calma, sin insistir—. Entonces le pediré a Nat que te acompañe.

New negó enseguida, con un poco de vergüenza. —No... tampoco quiero ir con Nat.

—Ir solo no es una opción, New —replicó Mew, intentando mantener la voz serena.

El omega respiró hondo antes de soltar lo que realmente quería.
—No quiero ir solo... quiero ir con Zee.

Zee, que había permanecido en silencio todo ese tiempo, levantó la vista sorprendido.
—¿Qué? —preguntó, sin poder ocultar la mezcla de confusión y sorpresa en su voz.

—Sí —dijo New con un leve temblor en los labios, pero decidido—. Creo que sería mejor que tú me acompañaras.

Zee aceptó de inmediato, aunque su expresión mostraba una mezcla de preocupación y ternura.
—Está bien —respondió con voz suave—, si eso te hace sentir más cómodo, iré contigo.

Mew asintió, dándoles una mirada rápida a ambos antes de ponerse de pie.  — Entonces dejo a New a tu cuidado, Te enviare la ubicacion de la clinica —dijo, y sin decir más, salió de la cocina dejandolos solos

El silencio volvió a llenar el lugar, pero esta vez no era incómodo. Zee observó cómo New recogía la taza vacía de Lían, moviéndose con cierta torpeza.

—¿Estas bien? —preguntó Zee, rompiendo la calma.

New se apoyó en el borde del fregadero y bajó la mirada.
—No... siento que soy un omega incompleto. Que solo tengo a Lían... creo que estamos solos.

Zee se acercó despacio.
—Pero no estás solo. Me tienes a mí, y te prometo estar siempre a tu lado... y de tu lado.

Las palabras lo golpearon con una calidez inesperada. New levantó la vista, encontrándose con los ojos sinceros de Zee, y por un instante, el miedo se disipó.

—Gracias —murmuró, apenas audible.

Unas horas después, el auto avanzaba por la ciudad en silencio. New miraba por la ventana, distraído, observando cómo la gente caminaba sin prisa bajo el sol. Le resultaba extraño sentirse tan desconectado del mundo, como si todo ocurriera detrás de un cristal invisible.

Cuando llegaron a la clínica, Zee se apresuró a rodear el auto y abrirle la puerta. New dudó unos segundos antes de salir. El edificio era blanco, limpio, con un aroma a desinfectante que lo hizo estremecer.

Zee le puso una mano en el hombro, firme pero tranquila.
—Tranquilo. Solo es un chequeo, ¿sí? Yo estaré aquí todo el tiempo.

New asintió y entró con él. Quería creer en las palabras del alfa, pero... ¿y si sus feromonas se habían perdido para siempre?

Dentro de la clínica, el aire era frío y silencioso. El sonido distante de pasos y el murmullo de conversaciones apagadas creaban un ambiente casi irreal. New se sentó en la sala de espera, las manos entrelazadas, mientras Zee hablaba con la recepcionista. El omega trató de calmarse, pero el corazón le latía con fuerza.

—New —la voz de Zee lo sorprendió—. Ya nos van a llamar.

Él asintió y se levantó. Cuando entraron al consultorio, el doctor que lo había atendido la última vez los recibió con una sonrisa cansada, pero amable.
—New, qué gusto volver a verte. En el informe que me dieron en recepción me enteré de lo que te pasó. Primero quiero revisar tu glándula de feromonas, ¿de acuerdo?

New tragó saliva y se dejó guiar hasta la camilla. Zee se mantuvo cerca, vigilante, sin apartar la mirada de él.

El médico encendió una pequeña lámpara y revisó con cuidado la zona del cuello, donde la glándula se encontraba.
—La última vez te recomendé medicamentos que podrían inducir un celo leve —comentó el doctor con tono profesional—. Sé que es difícil preguntarte esto, pero... ¿recuerdas algo de ese momento? ¿Entraste en celo o tuviste fiebre?

Continuara...

No debemos de estar juntosDonde viven las historias. Descúbrelo ahora