17

4 0 0
                                        

Egoísmo

Habían pasado unas semanas desde mi cumpleaños, y aún me costaba asimilar lo que ya sabía, pero no quería admitir.
Seguir adelante se sentía como aprender a respirar de nuevo.
Volver a mi rutina era un intento torpe por fingir que todo seguía igual, aunque cada día el recuerdo de lo que antes tenía -y ahora me faltaba- me pesara como una piedra en el pecho.
Lo extrañaba.
Lo seguía amando.
Y, sin embargo, ¿qué se hace con un amor que no fue valorado?
Debía aprender a vivir sin él, aunque mi mente ya hubiera dibujado una vida a su lado.
Mi meta era clara: superarlo, aunque el corazón no quisiera cooperar.
Tomaba terapia, salía con mis amigos, reía a veces... pero todo se sentía prestado, temporal, ajeno.

Pensar en los últimos meses dolía.
Era un dolor que nacía en el pecho y subía hasta la garganta, como si mi cuerpo se negara a soltarlo.
¿Cómo era posible que él siguiera tranquilo, sin culpa, sin remordimiento?
Estoy tan cansada de esto, de este vaivén entre la rabia y la nostalgia.
No sé si quiero verlo hundirse en su propio desastre o correr a buscarlo, abrazarlo y pedirle que volvamos a empezar.
Él me confunde. Siempre lo hace.
Cuando creo que estoy a punto de cruzar la meta, aparece y me arrastra de nuevo al inicio.

La carta en mis manos llevaba su nombre.
Dirigida a mí.
Y por un momento, dudé.
¿Qué mentira más podría esconder dentro?
No lo sabía.
No me quedó de otra más que abrirla.

-------

Por Alex

¿En qué momento el amor se vuelve contra nosotros y nos rompe?
Mi amor por ti se transformó en rencor, y no entiendo cómo pasó.
Lo único que sé es que me arrepiento todos los días de mis decisiones, de lo que te hice sentir.
Perdón.
Estaba herido... y te herí en el camino.

Aún recuerdo la primera vez que te vi. Supe que eras tú.
Tu voz tan distinta, tu aroma dulce hasta volverse una obsesión, tus ojos enormes como tapioca...
y tu manera de ser, tan dulce como intensa.
Me enamoré de ti desde el primer instante, y entre más te conocía, más te adentrabas en mi corazón.
Lástima que fui tan tonto como para no saber tenerte.
Te quise solo para mí, y sin darme cuenta te encerré en un ciclo de dolor.

Mis inseguridades me vencieron, y me llevaron a hacer cosas imperdonables.
Te lastimé.
Lo sé.
Y lo siento de verdad.
Sé que mis acciones pesan más que cualquier disculpa, pero juro que estoy arrepentido.
Cada vez que te hería, me odiaba por dentro y trataba de compensarlo con palabras vacías.
No sabía manejar mis emociones.
Ese fue mi error: intentar amarte cuando ni siquiera había aprendido a amarme a mí mismo.

Nuestro tiempo juntos nunca fue fácil, pero te prometo que nunca dejé de amarte.
Ni siquiera ahora, que estamos lejos, he podido dejar de pensar en ti.
Tal vez suene egoísta... pero tú me provocas eso: egoísmo.

Cuando terminaste conmigo, sentí que el mundo se me venía abajo.
Sabía que no volverías.
Te conozco lo suficiente para saber que, si seguías conmigo, era porque aún estabas dispuesta a soportarlo todo.
Pero decidiste no hacerlo más.
Decidiste irte.
Y me enojé contigo por dejarme, cuando en el fondo sabía que tenías razón.
Tú me cambiarías, aunque fuera a la fuerza.

Pasaron los días, y supe que pronto sabrías la verdad, todo lo que te oculté.
Sentí que esa sería mi sentencia.
Sabía que una vez que lo supieras, ya no habría vuelta atrás.
Pero no quise aceptarlo.
Me hice la víctima, porque conocía tu corazón: sabía que si me veías vulnerable, no podrías ignorarme.
Aún recuerdo tus ojos llenos de culpa ese día...
Lo mucho que luchabas contra ti misma.
Lo hice porque te amo.
Y aunque suene cruel, no me arrepiento.

Volvimos a hablar.
Sabía que convencerte sería difícil, pero si ya te había persuadido dos años, ¿por qué no una vez más?
Aunque, en el fondo, sabía que esta vez sería distinto.
Me disculpé, lloré, confesé mis errores.
Te amaba.
¿Eso no bastaba?

Sí, te hice daño, pero te amaba tanto que me aterraba quedarme solo.
¿Acaso amar demasiado también es un crimen?
Aun así, no cambiaste de opinión.
Me dejaste ahí, tirado, viendo cómo te ibas, mientras yo aún no estaba listo para dejarte ir.

Pasaron los meses, y seguí intentando volver a ti.
Sabía que no sería fácil, pero no podía imaginarte con alguien más.
Y no voy a mentir: estuve con otra persona.
Le di mi tiempo, parte de mi alma...
pero solo porque me aterraba la idea del vacío.
No quería seguir amándote tanto como lo hacía.
Y sin darme cuenta, la lastimé también, porque mi corazón seguía siendo tuyo.

Mi alma y mi cuerpo te siguen llamando, incluso ahora.
La miro a ella... y sé que no eres tú.
Pero te busco en su voz, en sus gestos, en su forma de mirar.
Y no te encuentro.
Te extraño, incluso estando lejos.

Perdón por ser egoísta contigo.
Por no haberte sabido cuidar cuando más lo merecías.
Por seguir amándote incluso cuando sé que ya no debo.

Solo espero que, después de todo, escuches mi propuesta.

Con amor,
Alex

-------

Es un verdadero hijo de puta.
Si antes no me había quedado claro lo sinvergüenza que fue, ahora lo tengo más que confirmado.
¿Cómo se atreve a escribirme una carta después de meses?
¿Para qué? ¿Para conseguir que vuelva con él y fingir que nada pasó?
¿Para que vuelva a ser la misma estúpida que lo justificaba todo y no sabía nada?
No entiendo.
¿O será que con la otra ya no la pasa tan bien, y ahora se acuerda de mí?

¿Qué se supone que haga con esto?
¿Cómo se espera que reaccione?
No entiendo qué pretende.
No puedo creer que todavía lo ame, que todavía me duela.
Me odio por eso.
Si antes no lo tenía claro, ahora lo sé: fue un imbécil.
Pero aun así no puedo evitar preguntarme si será verdad lo que dice, si de verdad me extraña tanto como asegura.

Fuimos novios por años, y tuve que rogarle más de una vez una simple respuesta a mis cartas...
y ahora, cuando todo ya terminó, cuando por fin empezaba a respirar sin él, ¿me envía una?

No sé cómo se supone que deba reaccionar.
Ya no sé qué hacer con él.
Solo espero dejar de justificarlo.
Dejar de sentir lástima tan fácil por alguien que nunca sintió lo mismo por mí.

...

La carta seguía sobre la mesa, doblada en cuatro, respirando silencio.
No quise romperla.
Tampoco esconderla.
Solo la miré un momento más, hasta sentir que ya no me dolía tanto verla ahí.

El aire estaba quieto, pesado.
Me levanté y abrí la ventana del balcón. La noche me recibió con una brisa fría y la luna llena iluminando cada rincón del cuarto.
Por un instante, todo se sintió distinto.
Tal vez porque, por fin, yo también lo era.

Saqué una hoja nueva, respiré profundo y, bajo la luz de la luna, empecé a escribir:

"Siempre tuve que rogar por tu sinceridad,
y ahora resulta que tienes mucho que contar."

Con amor, S.Donde viven las historias. Descúbrelo ahora