Insomnio

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Rai llegó a casa pedaleando como si la persiguieran.

El viento de la noche le pegaba en la cara, pero no enfriaba nada.

Cerró la puerta con fuerza y apoyó la frente contra ella. La casa estaba silenciosa, como siempre. Pero ahora ese silencio no la ahogaba: la excitaba. Le daba espacio para escuchar su propia respiración agitada, para recordar el calor de las manos de Alondra sujetando su cintura.

Ni bien llegó a su habitación, Rai se dejó caer en su cama. El aire entraba y salía de su pecho como si hubiera corrido por kilómetros, pero todo era por ese segundo. Ese segundo exacto en que los labios de Alondra habían tocado su piel.

Se llevó los dedos a la comisura de la boca. Aún se sentía cálida.

Su suéter olía a ella. Rai hunde la cara en él y aspira fuerte, como si pudiera guardárselo dentro.

Se quita el suéter de un tirón.

El aire frío le pega en los senos, los pezones se endurecen al instante, como si supieran que ella los está mirando.

Se deja caer en la cama, de espaldas, las piernas abiertas.

El pantalón se le pega entre las piernas, empapado.

Sus manos frías bajan.
Se desabrocha el botón.
Baja la cremallera con un sonido que le parece obsceno en la habitación vacía.
Mete los dedos bajo las bragas.
Está tan mojada que resbala.
Tan hinchada que duele.
Empieza lento.
Dos dedos dentro, profundo, hasta el fondo.
El tercero rozando el clítoris, hinchado, palpitante.
Cierra los ojos y vuelve a sentirla: las manos de Alondra en su cintura, apretando, los dedos clavándose en la carne cada vez que la bici saltaba.
Se imagina que esas manos suben, que se meten bajo la blusa, que le aprietan los senos, que le pellizcan los pezones hasta hacerla gritar.
Acelera.
Los dedos entran y salen, rápido, con un sonido húmedo que llena la habitación.
El otro pulgar presiona el clítoris, en círculos, duro, sin piedad.
El placer sube como una ola, le aprieta el estómago, le sube por el pecho. Está a punto.

Tan a punto que le tiemblan las piernas, que se le arquea la espalda, la respiración se le corta, el nombre de Alondra le quema la garganta, listo para salir.

Y entonces lo ve.
Aurora.
Aurora besándola en el baño.

Aurora riendo con ella en el patio.

El placer se rompe.

Rai se queda quieta, los dedos todavía dentro, el cuerpo temblando de rabia.
El orgasmo se queda ahí, atrapado, latiendo, negándose a salir.
Saca la mano con violencia.

Se sienta en la cama, jadeando, los dedos brillantes, el cuerpo ardiendo de frustración.
El deseo convertido en odio.

Agarra el cuaderno de la mesa de noche.

Dibuja el lago.
Un óvalo torcido.
Una X donde está el muelle.
Un círculo pequeño donde Aurora se detiene siempre.
Rodea el círculo con el lápiz, una y otra vez, hasta que el papel se rompe un poco.

Y espera a que amanezca.
Porque mañana Aurora pasa por el lago.

Rai solo va a mirar.
A medir.
A aprender.

——

Toda la madrugada fue suya.

Pensó en cada detalle.

En cómo hacer que Aurora deje de existir sin que el mundo note que faltó alguien.

En cómo traer a Alondra a esta casa sin que grite, sin que luche, sin que nadie la busque.

En cómo nadie, nunca, sospechara nada.

El día perfecto es cuando llueva.

Cuando llueva fuerte.
El agua huele a hierro.
El lago se traga los gritos, huele a algas podridas y a olvido.
El barro borra las huellas.
Nadie busca a quien se fue a correr.

Después dibujó el sótano.

La puerta que cerrará con dos candados oxidados, el metal frío al tacto.

La escalera que nadie volverá a subir.

Puso una X donde pondría la cama.

Un círculo donde iría la cadena en los tobillos y manos.

Y una cruz pequeña donde pondrá la primera mordaza, empapada en cloroformo que guarda en el armario del baño, dentro de una botella de limpiador que nadie tocará.

Cerró el cuaderno cuando la primera luz gris entró por la ventana, pálida, enferma.

Pronto no miraría hacia afuera.
Pronto solo miraría hacia abajo.
Hacia el sótano.
Hacia ella.

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