Marcada

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La luz del amanecer entra por la ventana, pintando mi habitación de un gris sucio que se siente demasiado parecido a mi cabeza.

Me quedo tendida en la cama, con los ojos abiertos y el cuerpo inmóvil, sintiendo cómo el silencio me aplasta. El reloj parpadea en rojo: 6:04 a.m. No hay razón para estar despierta, ya que es sábado, y sin embargo, no puedo dormir.

Vivir sola a los dieciocho no era el plan ideal, pero era el único que me hacía sentir un poco más viva. O menos muerta. Mi "padre" —si es que se le puede llamar así— siempre se aseguró de que no me faltara nada, excepto a él.
Un hombre de dinero, frío y ocupado. Desde que tengo memoria, fui una tarea que se podía delegar. Una maleta entregada a diferentes niñeras. Lo he visto, con suerte, unas quince veces en toda mi vida. Cada aparición suya era más incómoda que la anterior.

De mi madre no tengo recuerdos cálidos. A los nueve años, me encontró besándome con una de las hijas de las sirvientas. Recuerdo sus ojos, no con sorpresa, sino con asco. Desde ese día me miró diferente, me habló menos, hasta que un día simplemente se fue. Se marchó con otro hombre y nos dejó atrás. A mi padre, y a mí.

Nunca supe si fue por su hastío hacia él, por su cobardía o por la vida que siempre le pareció poco. Pero en mi cabeza de niña, lo asumí como mi culpa. Como si yo hubiera sido el quiebre final.

Cuando cumplí dieciocho, no hubo fiesta ni despedidas. Solo tomé lo que era mío y me fui. Otra ciudad, otra calle, otra casa. Una junto al lago, como las que soñaba de niña, cuando imaginaba un lugar solo mío, lejos del ruido, lejos de todos. Y aquí estoy.

La casa es vieja, de techos altos y madera crujiente. A veces, por las noches, suena como si respirara. Me gusta eso. Me hace sentir que no estoy completamente sola.

....

Me levanto y paso por el pasillo sin encender las luces. No hace falta. La claridad de la mañana comienza a filtrarse por las ventanas, iluminando apenas los bordes de los muebles y las partículas de polvo que flotan en el aire.

Bajo las escaleras con cuidado, sintiendo el frío de las paredes que parecen absorber el poco calor que queda en la casa.

En la cocina, pongo agua a hervir sin pensarlo mucho. Mientras espero, abro las ventanas y dejo que entre el aire fresco. Luego empiezo a limpiar.

Primero la sala. Sacudo los cojines, recojo un par de tazas vacías que se quedaron olvidadas en la mesa. No hay música. No hay ruido. Solo el sonido del agua burbujeando en la tetera y mis pasos arrastrándose por el piso

Apago la tetera justo antes de que silbe. El agua ya está lo suficientemente caliente, la dejo ahí, sobre el metal frío, y me quedo un momento mirando cómo el vapor sube lento, casi invisible.

Subo a la planta de arriba.

Paso de largo mi habitación y abro la puerta del cuarto vacío. el que no tiene muebles, el que compré pensando que algún día "alguien" lo usaría.

Empujo la ventana hasta abrirla por completo. La bisagra se queja con un chirrido agudo, el aire entra de golpe, sacudiendo las cortinas y levantando polvo viejo, ese que se acumula en las esquinas como si supiera que nadie lo va a molestar. El cuarto huele a encierro. A abandono. Me acerco con un trapo en las manos y comienzo a sacudir los marcos, el borde de las ventanas y las paredes.

Entonces, se escuchó un leve golpe en el cristal.

Un pájaro azul se posa en el borde de la ventana. Azul intenso. Brilla bajo la luz del amanecer como si lo hubieran sacado de un cuento o de una postal que ya nadie envía. Me observa. La cabeza ladeada. Sus ojos son dos puntos negros diminutos, atentos, vivos. No parece tener prisa.

obsessed +18Donde viven las historias. Descúbrelo ahora