Parte 1: Orgullo y arrogancia

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Qin Bao y Feng Chengyu.

El único heredero de la familia Qin, prometido por el patriarca de la familia Qin en matrimonio antes de nacer.

La familia Feng, con la que los Qin emparentarían, era nada menos que una de las familias fundadoras del Imperio, con títulos hereditarios que llevaban siglos en pie sin tambalearse. No era exagerado decir que, si los Feng pisaban fuerte, todo el Imperio temblaba.

El viejo señor Qin y el viejo señor Feng eran compañeros de armas, amigos que se habían salvado la vida mutuamente en el campo de batalla. Ambos, dos reliquias de otros tiempos, no solo se llevaban como uña y carne, sino que, en un arrebato, decidieron convertirse en parientes políticos.

El problema era que, tras casarse, ambos solo tuvieron hijos Alfa, así que no podían emparejar a sus descendientes en un matrimonio entre personas del mismo sexo. Por eso pusieron sus miras en la tercera generación. Esperaron y esperaron hasta que, cuando el nieto mayor de los Feng, Feng Chengyu, cumplió nueve años, la nuera de los Qin por fin dio señales de embarazo.

Durante el primer chequeo para determinar el sexo del bebé, al escuchar al médico decir que el pequeño era un Omega, el viejo señor Feng, emocionado, sufrió un ataque al corazón y murió unos meses después.

Cuando el niño nació, todos lo mimaron como a un tesoro. Lo llamaron Qin Bao, el 'tesoro' de la familia.

“¡Qin Bao es una novia infantil!”

“¡El pequeño Qin Bao tiene un compromiso de cuna!”

“¡Casamiento! ¡Casamiento!”

El pequeño Qin Bao, callado, se agachó a recoger unas piedras del camino y las lanzó contra los niños que lo molestaban. Los demás salieron corriendo como animales asustados.

Qin Bao se secó las lágrimas y, sollozando, fue a quejarse con sus padres:

“Yo… no quiero ser una novia infantil, no quiero un compromiso de cuna… ¡Waaaa!”, lloriqueó.

Sus padres, con mentalidad anticuada, no le dieron importancia. Después de todo, el niño era pequeño; quizá dentro de unos años el asunto se olvidaría. Lo consolaron con mentiras: “No es nada, pequeño. Te están engañando. Nuestro tesoro, ¿cómo va a tener un compromiso? Claro que se quedará con papá y mamá para siempre”.

Mentirosos.

***

La primera vez que Qin Bao tuvo un recuerdo claro de Feng Chengyu fue a los quince años, cuando ya casi había olvidado las burlas de su infancia.

Ese año, el viejo señor Qin celebró su cumpleaños con un gran banquete. La familia Feng envió regalos generosos, e incluso el joven Feng, que estudiaba en el extranjero, regresó especialmente para la ocasión.

Qin Bao se peinó como un adulto y vistió un traje elegante. Su camisa llevaba un pequeño moño negro en el cuello, y su rostro infantil ya dejaba entrever la belleza que sería en el futuro. Con modales impecables, seguía a su padre para agradecer a los invitados.

Entre brindis y conversaciones, apareció frente a él un joven de camisa blanca, con rasgos fríos y una presencia imponente, como una espada recién desenvainada. Era alto, más que su propio padre, el diputado Feng. Se decía que acababa de regresar de sus estudios en el extranjero y que pronto ingresaría al Comité Municipal de la Capital.

El joven hablaba con los adultos sobre temas que Qin Bao no entendía, con una elocuencia que lo dejaba fascinado. Sin querer, Qin Bao miró el reloj de pulsera de Feng Chengyu: la esfera era azul oscuro, sin diamantes, solo unas agujas minimalistas. Luego observó sus dedos, largos y bien cuidados, con las uñas recortadas al ras, impecables.

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