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Alguna vez escuché que las lágrimas pueden limpiar nuestros corazones.

Por eso te escribo a ti, querida yo, a mi yo del pasado.

Y hoy me dirijo a ti, querido lector.

Tú, que me estás leyendo, deja que tus lágrimas fluyan, desata los fantasmas que llevas dentro y limpia las sombras que aún te persiguen.

Busca a alguien con quien puedas hablar sin miedo a que te juzguen

a veces, lo que no se dice pesa más que lo que se grita.

Porque al final de un arcoíris siempre hay cicatrices,

siempre hay huellas intactas, hay heridas que aún no sanan,

porque en ese final todos cargamos con un nudo en la garganta.

No ignores lo que vuelve: a veces lo que se repite es lo que más necesita ser escuchado.

Nuestras hojas ya están secas y marchitas.

Todos cargamos el peso de nuestro propio infierno y a veces, no es necesario fingir estar bien y recuerda que al final del arcoíris, todos llevamos puesta una máscara, los disfraces también lloran cuando nadie los ve, pero no todas las máscaras son mentira: algunas son escudos, otras son gritos disfrazados y otras una señal de ayuda.

Confesar no es debilidad, es valentía en voz baja.

Llorar no te hace débil.

Te hace humano.

Y ser humano es aceptar que a veces no sabemos cómo seguir, pero seguimos.

Busca ayuda.

Alza la voz.

No te quedes callado(a).

Porque el silencio prolongado puede convertirse en cárcel.

Y tu voz, aunque temblorosa, puede abrir puertas que aún no sabes que existen.

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⏰ Última actualización: Jan 28 ⏰

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