Capítulo 2: La chica de los labios carmín.

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Llegué a mi odioso trabajo, subí a mi horrible oficina, me senté en mi vieja mesa, y miré el montón de aburrido trabajo aquel día. No quería hacer nada. Observé la fina hoja de papel con el sello carmín de sus labios. Pero mi jefe, siempre tan oportuno, me entregó amablemente otro montón más de hojas y con una fría mirada procedente de detrás de sus gafas, se giró hacia su despacho. Una brisa de aire llegó desde la ventana y me arrebató el preciado papel con sus labios marcados. Lo agarré en el último momento, y casi choco contra el cristal. Abrí los ojos y noté como se me dilataban las pupilas y se separaban los labios. No podía ser. Al otro lado de la calle, en el edificio de enfrente, ví como la hermosa chica de la estación, que me había tenido en babia todo el día, se sentaba en un sillón y charlaba con alguien que no llegaba a ver. ¿Sería su novio? No, pero que bobo soy. Era una entrevista de trabajo en la oficina que nos hacía competencia. Me llevé las manos a la cabeza con renovado entusiasmo y busqué frenético la manera de que me viera. Y, obviamente, no se me ocurrió otra cosa que ponerme a gritar a ver si podía oírme por encima del barullo de una gran ciudad como es Nueva York. Seguí gritando y moviendo mis brazos hasta que un escalofrío recorrió mi espalda, me giré y noté otra vez la gélida mirada de mi jefe desde su despacho. Me senté pensativo mirando a la ventana buscando la manera de que me viera. Y encontré la solución.

Unas trescientas hojas de papel descansaban bien apiladas sobre mi mesa.

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