2. Auguste Renoir

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Esa tarde no quería hacer nada, aunque bueno, en los últimos días estar dentro de casa luego de la escuela formaba parte de su rutina.

Todo lo que quería hacer era dormir, aun cuando hubiera dormido más de doce horas continuas.

El sufrimiento era tan grande que incluso Gus estaba preocupado, el gato no se había despegado de su lado. Tal vez se debía al hecho de que recordaba a Taylor; todo el mundo siempre estaba pensando en él (aunque nadie a parte de la familia de Tay se sentía tan afligido como Allen).

Esa mañana en la escuela, la cosa no había ido tan bien. Se estaba metiendo en más problemas de los que podía enfrentar. La fase de la muerte de Taylor solamente le había servido algunos días para ganar consuelo. El tiempo estaba transcurriendo y le frustraba el hecho de que nadie lo recordara ni guardara el respeto que merecía. Solamente la rutina había cambiado una semana, cuando alteraron los hechos para sacar ventaja y decirles a los estudiantes que regularan la velocidad a la hora de conducir.

Levantó la voz al escuchar aquellas estúpidas palabras salir de la boca del director mientras daba el rondín diario a través de los salones.

—No fue su culpa —proclamó, sentía que estaba a punto de llorar mas no iba a dejar que todo el mundo tuviera una mala impresión de Taylor, no cuando él no había sido el culpable de su muerte—. Él estaba manejando a una velocidad correcta. No tuvo la culpa de que un imbécil se metiera en su carril.

El director le miró con los ojos bañados en pesar. Toda la escuela sabía que Allen y Taylor eran mejores amigos. Siempre estaban juntos en todo momento, cuando se molestaban solamente podían durar horas sin hablarse, hallaban la manera de reconciliarse y más de una vez se habían preguntado si estaban liados en una relación.

—Fue una pena lo que ocurrió, Allen. Realmente a todos nos aflige la pérdida. Cosas como esa ocurren y no queda más alternativa que superarlo. Taylor era un buen chico, de seguro está bien en donde sea que se encuentre.

Sin darse cuenta, cuando menos lo esperó, ya estaba llorando. Las lágrimas caían por sus mejillas antes de poder controlarlas. Había llorado tanto anteriormente que creía estar seco, y ahora una inundación abandonaba sus ojos.

El director se acercó y le rodeó con los brazos en un incómodo abrazo, después lo sacó al pasillo indicándole al profesor de turno que continuara con las actividades.

Le había dejado llorar sobre su hombro hasta que el llanto se aplacó y después le pidió que se fuera a casa. Él asintió, limpiando sus mejillas con el dorso de la mano y caminó hacia el exterior... Solo.

Tomó el camino en metro. La furgoneta de Taylor ahora se hallaba en una deshuesadora, completamente destrozada en el flanco izquierdo donde se había asestado el brutal golpe.

No se dirigió a casa, en cambio, tomó la dirección contraria. Una colonia que conocía muy bien, no era elegante ni tampoco marginal; solamente edificios, algunas tiendas y personas paseando por las aceras. Uno de los lugares donde el turismo jamás llegaba pero aún así se vivía bien.

Se dirigió hacia un pequeño departamento con fachada alargada entre una tienda de café y una casa vieja con una mujer que tenía más de diez gatos. Conocía el nombre de todos esos animales porque la anciana era demasiado amable y al parecer sus mascotas se habían contagiado del mismo buen humor que espiraba. Siempre estaban allí explorando los alrededores y esperando ser acariciados.

Uno se acercó hasta sus pies, era color canela, llamado Eevee. Él lo había bautizado con ese nombre. Todos tenían nombres de Pokémon por su culpa. Taylor lo llamó inmaduro, pero él emanaba inmadurez, así que solamente le había sacado la lengua y seguido colocando nombres al azar, a espaldas de la dueña de la casa que creía que el nombre de Eevee era Georgia.

The Blackest DayDonde viven las historias. Descúbrelo ahora