Capitulo dos
El turno de mañana había sido igual que todos, un infierno. Era extraño compararlo con eso, porque el frío que había pasado no tenía nada que ver con las llamas de ese lugar... A menos que hablemos del de Dante. Total, que pasé toda la mañana con chuchos de frío, no era algo de otro mundo, siempre los tenía... Digamos que la escuela en la que trabajaba no tenía calefacción, ni estufas, y las aulas eran enormes y viejas, con ventanas gigantes, bancos de hierro con pintura desgastada, pizarrones de tiza que hacían estornudar, y puertas ruidosas. A menudo se humedecía con la lluvia, y acá solía llover uniformemente en todas las estaciones...
A penas tocó el timbre, salí disparando, no tendría mucho tiempo, y para ahorrarme los enojos, no había traído mi auto... andaba para el culo últimamente y si se me quedaba parado en la mitad del viaje de ida... Ya, Liam, tranquilo. No pienses en cosas que no han pasado. Tomaste la decisión correcta, además hace mucho que no caminas, estarás bien de camino a casa.
Me conformé a mí mismo con esas palabras y emprendí viaje.
Comí como pude, la verdad que caminar no era nada parecido a manejar. Llegué veinte minutos más tarde que de costumbre, y eso que me apuré lo que más pude... Hacía mucho que no caminaba.
El turno de tarde siempre era diferente, allí todo era distinto. La gente, el establecimiento, los alumnos... Aunque diferente no significa bueno o malo. Los que trabajaban ahí, eran personas humildes—o por alguna razón usaban esa palabra para definirlas, dentro y fuera de la institución—digamos que eran un Instituto de barrio, todos se conocían, y a todos parecía interesarles la vida del otro. Eso era lo que yo más rechazaba, pero siempre tenía a mi amiga la sonrisa, y esa capacidad de imitar la actitud de todo el mundo, que siempre los dejaba conforme cuando me hacían una pregunta personal.
La verdad es que nunca me supe comportar como todos los demás. No los entendía, no encontraba lo que les hacía reír gracioso, ni sus propósitos importantes, no hallaba coherencia en sus pensamientos y opiniones, no entendía la pasión por las fiestas, el sexo, y la cumbia villera. De solo pensar en esa combinación me daban arcadas. Todo ese vocabulario rebalsado de palabras indecentes, usadas sin medida y en cualquier situación. Y eso que yo era un gran fan de los insultos. Pero no estaba particularmente interesado en decirlas en su presencia, en realidad, solo las decía en casa, y bien usadas. Creo que lo que tanto me molestaba era que parecían unos idiotas jugando a ser adultos... y lo peor es que si ellos pensaban que eso que imaginaban, era la adultez como debía ser, la humanidad probablemente estaba perdida.
Me encantaba pensar así cuando era adolescente. Aún no estoy seguro de si lo sigo siendo o esa etapa terminó, creo que usaré el término más joven. Me encantaba pensar así cuando era más joven. Me hacía pensar que yo estaba en lo correcto, que era el único normal en un mundo de desquiciados... Era una sensación de alivio ante la plena evidencia de que era completamente diferente a lo que mis compañeros de curso eran y a todos los de mi edad. No me gustaba absolutamente nada de lo que ellos disfrutaban, no me importaban las chicas, ni nada relacionado con ese ámbito. Muchas veces era angustiante sentirme tan fuera de lugar, tan raro y rechazado. Era mejor alimentar mi ego con esa especie de consciencia engañosa que siempre me tiraba palos, pero en algunos casos, disfrutaba de formarme ilusiones y mentiras con el objetivo de mantener la esperanza.
Cuando me dirigí a preceptoría estaba contento por primera vez de verdad en el día. La adrenalina que sentía cuando daba clases, y cuando interactuaba con cualquier otro ser humano era exactamente la misma. Me recordaba a cuando de chico íbamos a la plaza y nos hamacábamos con mi hermana. Yo no sé lo que ella sentía, pero cerrar los ojos y levantar los pies del suelo... Eran una sensación abrazadora, envolvente... era algo parecido al vértigo, pero no creo que fuera eso. Solo sabía que eso me hacía dar ganas de gritar, y que estaba tan feliz que quería llorar. Me olvidaba de absolutamente todo, era imposible pensar en cualquier cosa con esas sensaciones. Digamos que ahora no estaba feliz, pero sí que tenía la mente en blanco, la alteración de mi organismo hacía demasiado ruido para escuchar mis pensamientos.
Cuando salía de esa aula, a unas dos puertas de distancia, el chico de las acuarelas me vio. Yo también lo vi. Me sonrió instantáneamente, y me hizo una seña con la cabeza para que me acercara. La verdad es que yo aún trataba de entender qué mierda estaba haciendo acá este hombre. Y que la vida estaba llena de casualidades y encuentros.
Me acerqué tímido, con las manos en los bolsillos. Evité mirarlo mientras me aproximaba. La cierto es que nunca había logrado adivinar qué cara poner mientras te acercas a alguien que conoces y este te está esperando... ¿Sonreís, te ponés serio, te reís...? Yo no elegía ninguna de las tres, y me dedicaba a mirar a todos sitios como si mi entorno fuera una novedad. Quedaba aún más imbécil, pero al menos funcionaba como advertencia por si este tipo quería ser algo parecido a un conocido conmigo.
Pensé que este hombre nunca me había cruzado en la vida ni yo a él. No sabía absolutamente nada sobre mí, ni yo de él. No sé qué intenciones tenía conmigo. Pero era lo suficientemente normal como para entender que si te llaman, vas. Tal vez solo quería hablar de lo sorprendente que era encontrarnos dos veces en el mismo día, —lo veía muy extraño sabiendo que no habíamos cruzado palabra en el local de... sí... Ben—llegué hasta donde se encontraba.
—¿Cómo estás? —me dijo entusiasmado. Estaba parado en la puerta del aula. Recostado contra el marco de esta. Los alumnos dentro levantaron la mirada coordinadamente cuando escucharon el saludo. Todos con cara de nada, una hoja canson número cinco apoyada sobre la mesa, pinceles y acuarela de colores. Creí que sería cordial un saludo para que dejaran de mirarnos, además recuerdo que eso es lo que solían hacer los profesores que yo tenía cuando se encontraban en la misma situación.
—¡Qué tal, chicos! —grité.
Escuché un bien al unísono. Así, sin signos de admiración. Los entendía, esto era una mierda. Devolvieron su vista al trabajo. Me odian, ya sé.
—Estoy bien—respondí finalmente al chico de las acuarelas.
—Bien que me ignoraste hoy en la fotocopiadora—me dijo divertido.
Debo haber tenido una cara de pelotudo universal, porque después de un silencio y de observarme, se rio. Quise que alguien lo estuviera filmando y pudiera hacer un gif. Se reía muy lindo.
—No hablamos nunca. Soy Zain, el suplente de Marta en Artes Visuales—me dijo. Yo seguía obviamente con toda la estupidez del universo cargada encima de los hombros. —Yo te he visto algunas veces por los pasillos, pero se ve que vos no—.
Me reí para mis adentros. ¿De verdad yo había llamado su atención? De la sorpresa y la torpeza—creo que un noventa por ciento fue por la torpeza—me quedé callado. Volvió a sonreír. Es que había que ser estúpido. Creo que agregaría otra palabra a la lista de estupideces de Liam. No solo eres estúpido e imbécil, sino que también licenciado en pelotudez extrema.
—Sos profesor de Historia, —se detuvo para soltar una risa nerviosa. —Liam, ¿no?
—Sí—dije cuando conseguí reaccionar. Solté una sonrisa que no supe si era exagerada o era producto de los nervios.
—Bueno, ¿ya te vas? —dijo mientras miraba el portafolio en una mano, y la campera en la otra. —¡qué suerte la tuya, me faltan dos módulos más!
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Segundo Capítulo... ¿Qué les parece? Dejen sus opiniones, ayudan mucho y dan confianza. Mañana o más tardar el lunes traigo KARMA.
Pasen lindo, los quiero.
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Con Ojos De Artista
FanfictionUn profesor de Historia recién recibido, comienza a ejercer su profesión en el momento exacto en el que su vida empieza a derrumbarse. Él le enseñará que hasta las peores emociones tienen un color, y que hay belleza en absolutamente todo... Incluso...