Capítulo 2: Pequeños grandes cambios

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06 de enero

Los días habían pasado con cierto grado de normalidad, desde que había comenzado el año, pero algo extraño ocurrió: dejé de ver a Adam. Como si se lo hubiese tragado la tierra. A pesar de ser vecinos y vivir a solo 5 minutos de distancia, era como si la distancia entre nosotros se hubiese vuelto infinita. Él y su familia vivían de alquiler, y yo había conseguido un lugar cerca para que pudiéramos vernos más a menudo. La verdad es que el alquiler más barato les convenía mucho, pero de alguna manera, algo había cambiado.

Obviamente, con la tecnología de hoy, Adam no había desaparecido por completo. Los mensajes y las llamadas seguían llegando, pero físicamente, Adam no estaba. Y esa ausencia me empezó a hacer pensar que tal vez él lo estaba haciendo a propósito. Quizás estaba ocupado con algo más, o tal vez necesitaba su espacio, pero una pequeña inquietud comenzó a rondar en mi mente. Algo no cuadraba, y aunque intentaba no darle demasiada importancia, había algo en su comportamiento que me dejaba una sensación extraña, como si me estuviera evitando.

Durante esos días, me ocupaba de mi rutina, pero las horas parecían pasar de forma diferente, más lentas y vacías, sin él cerca. Cada vez que miraba mi teléfono, esperaba ver su nombre en la pantalla, pero nada. Solo mensajes breves, a veces cortos y sin mucha emoción.

No sabía si era yo, si estaba sobrepensando todo, o si realmente había algo más detrás de ese distanciamiento. Sin embargo, me decidí a no hacer un drama de la situación... al menos, no aún. Lo dejé pasar, pero esa sensación de incomodidad seguía creciendo con el tiempo.

No sabía si era yo, si estaba sobrepensando todo, o si realmente había algo más detrás de ese distanciamiento. Sin embargo, decidí no hacer un drama de la situación... al menos, no aún. Lo dejé pasar, pero esa sensación de incomodidad siguió creciendo con el tiempo, como una sombra que se alargaba a medida que avanzaba el día.

—¡Ay, Milly, estoy agotada! —le dije a mi rubia compañera, quien compartía la oficina conmigo y se había convertido en mi mejor amiga del trabajo.

—Ni me digas, este día ya se me hizo eterno —exclamó, con un tono que denotaba un sufrimiento exagerado.

—¿Quieres ir a tomar algo después de aquí?

Los ojos de Milly brillaron como si hubiera descubierto la ubicación exacta del Santo Grial.

—¡Sí, mega urge! —su sonrisa se ensanchó y se acomodó en su silla, haciendo ademanes como si se apurara a teclear en la computadora, simulando que mi propuesta la había motivado a seguir trabajando.

La vi hacer su actuación, y no pude evitar reír. Milly siempre encontraba una manera de sacarme una sonrisa, incluso en los días más pesados. Decidí que un poco de tiempo fuera de la oficina, con ella, era justo lo que necesitaba para despejar la mente, aunque por dentro aún rondara esa sensación extraña sobre Adam.

Y entonces, todo empezó a avanzar más rápido, como si la invitación que le hice a Milly hubiera hecho algo con el tiempo. En un abrir y cerrar de ojos, ya nos encontrábamos en el lugar de siempre, ese rincón al que íbamos a beber cuando el estrés del trabajo no nos dejaba en paz. Era un bar pequeño, con luces cálidas y una atmósfera relajada que nos acogía como si fuéramos parte de su decoración. El bullicio de la ciudad se sentía lejano allí, y era justo lo que necesitábamos para desconectar.

Nos sentamos en nuestra mesa habitual, en una esquina donde podíamos hablar sin ser interrumpidas. Milly pidió una copa de vino, como siempre, mientras que yo elegí una cerveza fría para calmar la sed que me quemaba la garganta. Al principio, el tema del trabajo dominó nuestra conversación, como solía pasar, pero pronto nuestras charlas se volvieron más ligeras, las risas comenzaron a fluir con naturalidad, y, aunque mi mente seguía rondando la figura de Adam, decidí dejarlo en un segundo plano por esa noche.

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