LA RESURRECCIÓN DE CRISTO
Los discípulos descansaron el sábado, entristecidos por la muerte de su Señor, mientras que Jesús, el Rey de gloria, permanecía en la tumba. Al llegar la noche, vinieron los soldados a guardar el sepulcro del Salvador, mientras los ángeles se cernían invisibles sobre el sagrado lugar. Transcurría lentamente la noche, y aunque todavía era obscuro, los vigilantes ángeles sabían que se acercaba el momento de libertar a su Caudillo, el amado Hijo de Dios. Mientras ellos aguardaban con profundísima emoción la hora del triunfo, un potente ángel llegó del cielo en velocísimo vuelo. Su rostro era como el relámpago y su vestidura como la nieve. Su fulgor iba desvaneciendo las tinieblas por donde pasaba, y su brillante esplendor ahuyentaba aterrorizados a los ángeles malignos que habían pretendido triunfalmente que era suyo el cuerpo de Jesús. Un ángel de la hueste que había presenciado la humillación de Cristo y vigilaba la tumba, se unió al ángel venido del cielo y juntos bajaron al sepulcro. Al acercarse ambos, se estremeció el suelo y hubo un gran terremoto.
Los soldados de la guardia romana quedaron aterrados. ¿Dónde estaba ahora su poder para guardar el cuerpo de Jesús? No pensaron en su deber ni en la posibilidad de que los discípulos hurtasen el cuerpo del Salvador. Al brillar en torno del sepulcro la luz de los ángeles, más refulgente que el sol los soldados de la guardia romana cayeron al suelo como muertos. Uno de los dos ángeles echó mano de la enorme losa y, empujándola a un lado de la entrada, sentóse encima. El otro ángel entró en la tumba y desenvolvió el lienzo que envolvía la cabeza de Jesús. Entonces, el ángel del cielo, con voz que hizo estremecer la tierra, exclamó: 182 "Tú, Hijo de Dios, tu Padre te llama. ¡Sal!" La muerte no tuvo ya dominio sobre Jesús. Levantóse de entre los muertos, como triunfante vencedor. La hueste angélica contemplaba la escena con solemne admiración. Y al surgir Jesús del sepulcro, aquellos resplandecientes ángeles se postraron en tierra para adorarle, y le saludaron con cánticos triunfales de victoria.
Los ángeles de Satanás hubieron de huir ante la refulgente y penetrante luz de los ángeles celestiales, y amargamente se quejaron a su rey de que por violencia se les había arrebatado la presa, y Aquel a quien tanto odiaban había resucitado de entre los muertos. Satanás y sus huestes se habían ufanado de que su dominio sobre el hombre caído había hecho yacer en la tumba al Señor de la vida; pero su triunfo infernal duró poco, porque al resurgir Jesús de su cárcel como majestuoso vencedor, comprendió Satanás que después de un tiempo él mismo habría de morir y su reino pasaría al poder de su legitimo dueño. Rabiosamente lamentaba Satanás que a pesar de sus esfuerzos no hubiese logrado vencer a Jesús, quien en cambio había abierto para el hombre un camino de salvación, de modo que todos pudieran andar por él y, ser salvos.
Satanás y sus ángeles se reunieron en consulta para deliberar acerca de cómo podrían aun luchar contra el gobierno de Dios. Mandó Satanás a sus siervos que fueran a los príncipes de los sacerdotes y a los ancianos, y al efecto les dijo: "Hemos logrado engañarles, cegar sus ojos y endurecer sus corazones contra Jesús. Les hicimos creer que era un impostor. Pero los soldados romanos de la guardia divulgarán la odiosa noticia de que Cristo ha resucitado. Indujimos a los príncipes de los sacerdotes y los ancianos a que odiaran a Jesús y lo matasen. Hagámosles saber ahora que si se divulga que Jesús ha resucitado, el pueblo los lapidará por haber condenado a muerte a un inocente."
Cuando la hueste angélica se marchó del sepulcro y la 183 luz y el resplandor se desvanecieron, los soldados de la guardia levantaron recelosamente la cabeza y miraron en derredor. Se asombraron al ver que la gran losa había sido corrida de la entrada y que el cuerpo de Jesús había desaparecido. Se apresuraron a ir a la ciudad para comunicar a los príncipes y ancianos lo que habían visto. Al escuchar aquellos verdugos el maravilloso relato, palideció su rostro y se horrorizaron al pensar en lo que habían hecho. Si el relato era verídico, estaban perdidos. Durante un rato, permanecieron silenciosos mirándose unos a otros, sin saber qué hacer ni qué decir, pues aceptar el informe equivaldría a condenarse ellos mismos. Se reunieron aparte para decidir lo que habían de hacer. Argumentaron que si el relato de los guardias se divulgaba entre el pueblo, se mataría como a asesinos a los que dieron muerte a Jesús. Resolvieron sobornar a los soldados para que no dijesen nada a nadie. Los príncipes y ancianos les ofrecieron, pues, una fuerte suma de dinero, diciéndoles: "Decid vosotros: Sus discípulos vinieron de noche, y lo hurtaron,: estando nosotros durmiendo." Y cuando los soldados preguntaron qué se les haría por haberse dormido en su puesto, los príncipes les prometieron que persuadirían al gobernador para que no los castigase. Por amor al dinero, los guardias romanos vendieron su honor y cumplieron el consejo de los príncipes y ancianos.
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Primeros Escritos
SpiritualEste libro es una importante pieza en la historia de la Iglesia Adventista del Séptimo Día, sin embargo no es de lectura exclusiva para sus miembros. Cualquier persona puede adentrarse en sus páginas para descubrir mensajes consoladores inspirados p...
