Capítulo 1: Sardinas

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...Durante los meses anteriores...

Todo empezó con una lata de sardinas, sí, una lata de sardinas.
Hacía una semana que mi hermana pequeña y yo no sabíamos del paradero de ese viejo depresivo que nos tocó de padre, seguramente se había perdido entre sus botellas de ron.
Desde la inesperada partida de nuestra madre, el hombre no soportaba vivir y ser consciente de ello y, a falta de valentía para matarse, se ahogaba en lo primero que encontraba para sentirse mejor, supongo.

No solo se contentaba de dejarnos a nuestra suerte durante varios días, también, cuando estaba en casa, me hacía pagar físicamente por sus problemas que, con semejante falta de fuerza mental y contención, eran muchos.

Aunque parezca extraño, no siempre lo consideré como una abominación.
Recuerdo vagamente haber visto en varias ocasiones mis padres sonreirse y mostrarse una cantidad de amor impresionante en tan solo miradas. Incluso salíamos los tres juntos a tomar helados y, a veces, él me dejaba pedir dos bolas en vez de una...
También ibamos al parque y él paseaba nuestro hermoso Dalmata mientrás yo me columpiaba, tratando de tocar las nubes con mis piez...

O tal vez hayan sido solo sueños, no lo sé, todo está bastante borroso y confuso.

De lo que sí estoy segura es de las infinitas peleas que presencié entre ellos dos durante el año de mis siete, cuando mi madre esperaba esa hermosa criatura que crecía en su vientre.

La primera vez que vi llegar a casa él energúmeno ebrio, Lucie tenía un año y yo ocho. Mi madre, al verlo en ese estado, nos encerró en su cuarto y, segundos después, empezaron los gritos, golpes y llantos. Al día siguiente me encontré con ella en la cocina, tenía los ojos rojizos y el labio partido. Jamás olvidaré esa mezcla tan peculiar entre odio, cariño y tristeza que percibí en su mirada. Me dijo algo como "Todo gracias a ti. Cuidate y cuidala, ¿sí, mi chiquilla?" antes de marcharse sin nunca mirar atrás.

Al principio me costó entender: mi papá, el hombre que adoraba y que me quería tanto de pronto me castigaba golpeandome por cualquier razón y mi mamá, mi hermosa mamá, ya no estaba ahí para mimarme y reconfortarme.

Yo era la que recibía los golpes, Lu era demasiado pequeña, él parecía entenderlo. Incluso a esa edad prefería sufrir a que ella lo haga. Pero las cosas empeoraron cuando mi hermana cumplió seis años, había crecido y era muy traviesa.
Trataba de decir que yo era la culpable por cada trastada que hacía. Aun así, llegó el día en el que, ella, sin querer, rompió un vaso de cristal en frente del monstruo. Él usó los mismos vidrios que yo me dispuce a alzar en un intento de evitar cualquier conflicto para hacerle un corte en la cara y luego la encerró en el armario de su habitación.

Oí los llantos de Lucie durante toda la noche.

Tenía que valerme por mi misma, tenía que cuidar de mi pequeña Lu como pidió mi madre antes de dejarnos.

Esperé que el cavernicola se fuera al bar de la esquina y empaqué todo lo que pude, agarré todo el dinero que encontré y, cuando el hombre regreso y se durmió como una piedra en el sillón, robé su billetera.

Nunca más volví a ver a mi padre.

Sinceramente, no tengo ni idea de como es posible que hayamos tenido tanta suerte en los años que siguieron esos sucesos. Encontramos una casa abandonada en la que crecían verduras y frutas en el jardín. Lo cultivamos y nos alimentamos de el durante años.
Un día me arté del veganismo, teníamos que comer carne, empezabamos a tener carencias importantes en hierro y demás, lo sentía. Fui a una tienda a pedir algo de carne, la dependienta me sacó como a perro callejero del local. Al día siguiente volví a la misma tienda evitando la cámara que había visto y la vendedora, entonces robé una lata de sardinas. No fue para nada complicado, había muy poca seguridad.

Y así empezé a ser una ladrona activa. Robé ropa, maquillaje, comida, dinero...
Poco a poco empezé a sentir esa satisfacción que me otorgaba robar y a preguntarme porqué debería contentarme de lo mínimo si podría vivir el lujo mismo haciendo unos cuantos esfuerzos.
Tampoco tenía muchas más opciones, nadie quería contratar a una niña entre quinze y diez y seis años, teníamos que comprar nuestros útiles escolares y todo lo necesario para vivir, necesitaba dinero.

Aprendí un sin fin de artes marciales, hice gimnasia, baile e incluso parkour. Todo gracias al dinero que robaba obviamente. Hasta ahora busco constantemente más y más maneras de evitar dejar cualquier tipo de rastro detras mio. Quiero alcanzar la perfección. Siempre planeo cuidadosamente mis robos que prefiero llamar misiones o trabajos, es menos despectivo.

Toda la implicación que tengo me hace parte de los grandes. Estoy donde estoy gracias a mis propios méritos: soy una Pink Panther.

Los Pink Panthers somos algo así como el conjunto de los mejores ladrones.
La idea es bastante simple. Dependiendo de nuestro rango alguien más o menos importante asigna a un grupo en el cual hay especialistas en cada ámbito un plan de robo que ellos adaptaran dependiendo de la situación. Si lo logran, el dinero se reparte equitablemente entre cada uno de ellos excepto por el dirigente, el gana diez por ciento más que los otros.
Todos somos ganadores porque esos robos siempre implican mucho dinero así que al repartir la suma no es para nada modesta y es más complicado para las autoridades atrapar una organización de ladrones a uno solo. Por muy buenos que seamos, todos tenemos debilidades y a varios es más fácil controlarlas.

Todos soñamos, obviamente, con ser parte de ellos. Admiro constantemente al hombre que fundó todo esto, aunque no sepa realmente quien es. Pero yo no me metí en esto solo porque sí, tengo mis razones y, desgraciadamente para los Pink Panthers, no son nada buenas.

Ya hice mis pruebas, los Pink Panthers estan convencidos que estoy de su lado y que soy exactamente lo que buscan y necesitan.
Pero en realidad, la cosa no es tan simple. Desde "La Manzana Dorada", me refiero a la primera misión que me asignaron, he hecho unas cuantas más y mi técnica y rendimiento han impresionado tanto que he subido varios escalonas mucho más rápido de lo que cualquiera podría esperarse.

Pobresillos, se están confiando demasiado.

Me está costando bastante descifrar la nota, descubrir el asesino. Necesito saber quien es, quiero saberlo...
Lo sabré y me las pagará.

Por ahora tengo que mantener mi actuación, fingir estar muy contenta donde estoy y llamar la atención únicamente porque soy prácticamente perfecta cuando trabajo.
Así que me bajo de mi lindo Audi R8 que cambiaré pronto, entro a la bodega y sonrío.

- Hola chicos. - digo guiñando el ojo a los tres hombres que serán parte de mi equipo, son todos bastante jóvenes y atractivos, vamos a divertirnos bastante.

- Buenos días jefa. - responden todos en coro como si fuera profesora y yo me río ante ello.

- ¿Como tenemos que llamarte, preciosa? - pregunta Lucas, un italiano con él que he trabajdo varias veces y sabe que siempre cambio de apariencia y personalidad.

- Clarisse Aberline, cariño.- digo mirandolo directamente a los ojos - Ahora a trabajar. Tenemos un cerrajero, un informático y un chico de respaldo que se quedará en la camioneta... ¿Dónde está él que vendrá en el terreno conmigo?

- Esta vez, eres la que elige, signorina.- responde Lucas sonriendo de una oreja a la otra.

Y yo también sonrío, sinceramente, porque esto era exactamente lo que tanto esperaba.

Ladrona de AlmasHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora