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"El océano es mi fortuna, mi obsesión y mi perdición"

Fujimoto estaba dentro de su nave submarina, como de costumbre, preparando un brebaje para limpiar el agua salada de la suciedad humana... Esa humanidad que tanto detestaba... ¿Y cómo no hacerlo? Por culpa de ellos su vida se le había escapado completamente de las manos...

Coloco la vasija junto a las demás, algún día, cuando tuviera suficiente de ese líquido mágico lo regaría por el todo el océano para que este volviese a estar tan limpio como en la prehistoria... Pero esta vez se aseguraría de que todo saliese bien y no se echará a perder como en su último intento, cuando su hija se puso rebelde... Su querida hija.

Tenía miles de hijas con la hermosa Madre Naturaleza, con quien llevaba siglos relacionándose, siempre visitándola cuando el tiempo le daba... Aunque ella solía partir por largos periodos a aguas lejanas para no desatender sus obligaciones de diosa: la última vez lo había hecho sin intenciones de regresar ¿La razón? Estaba huyendo del veneno que los humanos le lanzaban diariamente... La extrañaba muchísimo, pero no podía retenerla a su lado al menos que deseara verla morir intoxicada, lo único que podía (y siempre había hecho) por ayudarla era limpiar las costas y crear animales con su magia, para aliviar su carga.

Por otro lado estaban sus hijas, todas y cada una de ellas había crecido hasta convertirse en hermosas jovencitas que abandonaron casa para ir a recorrer los mares y protegerlos como las diosas menores que eran... Excepto Grunilda ¡Disculpen! Ponyo, ella vivía cerca de allí, sobre un acantilado con su esposo humano, Sosuke... Como lo odiaba... ¿Por qué llevarse a una de sus princesas y alejarlo de ella? Nunca hubo necesidad de tanta maldad.

El hombre de mar se asomó por el pequeño pasillo de su barco submarino a observar a los diminutos peces que pasaban por el arrecife tranquilamente... Se veía todo tan hermoso y perfecto – La naturaleza es increíble.

– De no serlo no le dedicarías tu vida... Padre.

Fujimoto giró al escuchar aquella voz tan familiar, una joven mujer de cabellos rojizos y vestido azul marino estaba flotando en medio del océano con una sonrisa de oreja a oreja. – Ponyo.

– Hola, padre.

– ¿Qué haces aquí, pequeña? Ya te dije que es malo que tus hermanas te presten magia.

– Solo es por un momento... Conseguí algo para ti.

El gesto de Ponyo se le hacía extremadamente tierno a su padre, ella siempre había tratado de hacerle aceptar el hecho de que los humanos no eran del todo abominables... Porque ahora ella también era una humana, y estaba tremendamente lejos de ser una asesina del mar –Cariño, odio las cosas que provienen del mundo de tu tormento.

– No seas quisquilloso, no tienes que usarlo así que solo tómalo ¿Si? – La mujer le extendió un abrigo de color rosado claro con rombos lila en la espalda y el pecho; Fujimoto agarró la prenda antes de cayera en aguas profundas, sintió la suave tela entre sus dedos a pesar de la humedad, debía estar resguardada por algún hechizo, y viéndola de cerca parecía el tipo de cosas que él usaría, su hija siempre era observadora.

Fujimoto sonrió escuetamente – Gracias.

Ponyo volvió a sonreírle con alegría antes de empezar a elevarse hacia la superficie por obra y gracia de alguna de sus hermanas que seguro ya debía estar considerando que la visita se alargaba demasiado – ¡Visítame!

Dicho eso la mujer desapareció en medio de burbujas por arte de magia. Fujimoto sabía del poco tiempo que su hija podía emplear el poder de sus hermanas (Aunque fueran ellas en realidad quienes controlaban a Ponyo con su poder), después de todo había sido decisión de la misma renunciar a sus extraordinarios poderes para ser un ordinario humano y vivir con ese tipejo... Definitivamente, Fujimoto odiaría a Sosuke hasta el final de sus días.


Dentro del coralino castillo que Fujimoto tenía por hogar los olores danzaban libres de un cuarto a otro como si fueran mariposas en una pradera despejada, al mago marino le agradaba la sensación fresca que había por todo el lugar desde su última limpieza... Sobre todo cuando estaba agotado, le ayudaba a relajarse, así que tendió el abrigo nuevo en un perchero para ir a sentarse a dormir en una silla ya demasiado exhausto como para llegar hasta su cuarto o comerse lo que había dejado en la mesa.

Los peces que permanecían fuera empezaron a mordisquear las burbujas de las ventanas como de costumbre, solo que esta vez, motivados por el olor de una deliciosa cena, fueron tantas las bocas que estaban en ese plan que hicieron estallar la burbuja que servía de ventana ocasionando que un montón de agua entrará de golpe tirando al dormido de Fujimoto al suelo y llevándose de paso un montón frascos, derramando todas las sustancias de procedencia mágica por el lugar a diestra y siniestra. Fujimoto tuvo que salir rápido de su aturdimiento para con sus poderes sacar el agua con todo y animales, así pudo reconstruir la ventana en un chasquido de dedos – ¡Que desastre! Tanto tiempo ordenando para nada...

El hombre suspiró pesadamente antes de empezar a recoger los frascos y a levantar lo que el agua casi se había llevado, y con el nivel de desorden que había dejado el incidente se habría mantenido ocupado hasta el día siguiente de no ser porque se percató de que el regalo de su hija se había ido junto con otras cosas livianas para algún lado de la casa, nuevamente obra del agua. Fujimoto empezó a buscar la prenda en los rincones un poco preocupado ¡No quería perder un obsequio de su querida Ponyo! No detuvo su incesante requisa hasta percatarse del reguero que habían dejado sus pócimas al caer, aquello le dejo frío.

Al final de un camino de líquido color verde neón estaba el abrigo... Y un muchacho.

 Y un muchacho

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