Así comenzó

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No es que tuviera una terrible vida, en realidad antes de que ella apareciera en mi vida, no tenía un solo problema. Pero para ser sinceros, ella nunca fue un problema.

Cuando cumplí los 19 años decidí dejar a mi familia y mudarme a la ciudad, mis padres dudaban un poco de que pudiera sobrevivir solo debido al gran desastre que yo era, pero finalmente me apoyaron en mi decisión. Me mude a la ciudad para estudiar en una mejor universidad que la que me ofrecía mi provincia, comencé a estudiar literatura, era lo que me apasionaba y además tomaba un taller de fotografía. Aceptó que vivir solo en la ciudad no resultó nada fácil al principio, era un lugar enorme, me perdía con facilidad y por supuesto estaba el hecho de que no conocía a nadie en ese lugar. Pero poco a poco las cosas fueron cambiando para mejor, logré integrarme a la universidad y a adaptarme a la rápida vida de la ciudad, sinceramente no era lo mío, moría de ganas por  regresar a mi pequeña provincia, alejado del ruido y del estrés, pero quería acabar con lo que había comenzado y, apenas terminará mi carrera, me iría a algún lugar más tranquilo.

Sobreviví a mi primer año, y ahí fue cuando todo comenzó. Para mi cumpleaños número 20, mis amigos decidieron que sería genial apartarse de las ocupaciones escolares y divertirse un poco. Fuimos a un bar cercano a la universidad. Ahí fue donde la vi por primera vez, con aquel deslumbrante vestido rojo, pero más deslumbrante aún, su sonrisa. No era una belleza descomunal, pero para mí era como haber encontrado un oasis en el desierto. No tengo idea de cuánto tiempo me quede observándola, pero me vio y me sonrió, una de sus sonrisas me la había regalado a mí y la guardaría como mi mayor tesoro. Después de eso, la perdí de vista durante toda la noche.

Cuando nos fuimos me pregunté si la volvería a ver, pero lo más probable era que no, que esa chica tan sólo sería uno de esos amores platónicos de un único encuentro. Eso pensaba yo, hasta que un día, iniciado mi segundo año en la universidad, me topé con ella... aunque nuestro encuentro no fue como yo lo esperaba.

Caminaba a mi segunda clase del día, iba un poco tarde, los pasillos estaban casi vacíos y tenía que darme prisa si no quería quedarme afuera, el Sr. Salinas era un tanto estricto respecto a su horario de clase.

Y sí, a medio camino sucedió, como un típico cliché de las historias romántica, aunque vamos nuestra historia era eso un cliché de novela, sólo que era real y me sucedió a mí.

-Fijate por dónde vas - se quejó.

-Tú tampoco ponías atención - fue ahí cuando la reconocí, por supuesto que era ella, no había dos iguales.

Esos ojos color miel, que con cierta luz se observaban un poco rojos, como si sacará fuego de ellos; esa piel pálida, que parecía ser suave y delicada como la porcelana más fina;  y su cabello ondulado castaño obscuro que estaba un tanto enredado.

-Como digas, no tengo tiempo para discutir contigo, desconocido - dijo pasando de mí.

Tal parece que yo no había causado tal impacto en ella como ella lo hizo en mí.

-¡En el bar parecías más divertida! - grité cuando ya se había alejado un par de metros de mí.

Frenó de golpe y se giró para verme más detalladamente, le sonreí esperando a que dijera algo. Volvió los metros que había caminado sin dejar de verme, cuando llegó frente a mí sonrió.

-Oh, así que eres tú el tipo que no dejaba de verme como idiota en el bar-.

Ya era un avance, aún se acordaba de mí. Tal vez me tenía en un concepto de acosador, pero me recordaba y ya era una ventaja.

-Yo soy el idiota - para qué negarlo, total, ya lo sabía.

Ella rió ante mi respuesta.

-Nunca dije que lo fueras, sólo que parecías-.

-Oh, créeme, lo soy. Si no lo fuera, ese día me habría acercado a ti para saber tan siquiera tu nombre-.Ella volvió a sonreír. - Soy Freddy, por cierto - me presenté.

-Hola, Freddy. Me llamo América y me encantaría quedarme a charlar, pero tengo prisa - volteó su vista a su reloj de muñeca - ¡Santo Dios! Tengo que irme, nos vemos luego - dijo mientras se alejaba sin permitirme decir ni una palabra más.

Caminé rumbo a mi clase, pero al llegar la puerta ya se encontraba cerrada y la consigna del profesor era clara "una vez la puerta cerrada, nadie más entraba", ni siquiera intenté tocar la puerta, sabía que no lograría nada más que perder mi dignidad ante el profesor.

Caminé por el rumbo en el que América se había ido, tal vez ella tampoco había podido ingresar a su clase y así podríamos estar los os juntos hasta que tuviéramos que ir a nuestra siguiente clase, pero no corrí con esa suerte pues si no entró, no logré localizarla, supuse que ella sí había logrado llegar a su clase. Fui con pasó lento a la cafetería, moría de hambre.

Mientras caminaba pensaba en que era afortunado. Sí, no había podido ingresar a mi clase y sí, ahora estaba sólo sin América, pero vamos ¿qué tan grande era la posibilidad de encontrármela de nuevo? O más allá ¿Qué tan grande era la posibilidad de que ella estudiara en mi misma universidad? 

Ahora sabía no sólo que estudiaba en este campus, si no que también sabía su nombre, tarde o temprano volvería a toparme con ella.

***

Remember MeDonde viven las historias. Descúbrelo ahora