Con la verdad que remecerá los cimientos del reino entre las manos, una esclava huye a través de los bosques azules de Lesenia, la tierra donde el sol brilla eternamente en el horizonte. Pese a los rumores de rebelión, el semblante del rey elfo perm...
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El recorrido hasta las lejanas minas de carbón continuaba a través del bosque azul, más allá del camino del ocaso, y se alejaba hasta desaparecer entre las montañas ennegrecidas del sureste. Alcanzarlas le tardó una luna a Bronce y al grupo de paganos que lideraba. Su preocupación se acrecentaba a medida que abandonaban el panorama sereno de los robles para introducirse en las tierras duras y crueles de piedra. El ascenso por las montañas se tornó en un martirio cuando las provisiones empezaron a escasear.
—Los dioses nos han sonreído —dijo Bulos, un enjuto trovador que había sido desterrado de Luminel por cantar en las tabernas acerca de deidades distintas al Dios Luminoso—. Bastaría un puñado de protectores para asesinarnos.
—Habla por ti —contestó Bronce—. Tomaría mucho más que un puñado de esos ponerme una mano encima.
Acarició el mango de su hacha de doble filo. Él mismo la había forjado hacía muchísimos años, en las calderas aledañas a las minas donde había castigado su espalda a diario. ¿Lo reconocerían cuando regresase a ellas? Lo dudaba.
Se detuvieron en una saliente para que los caballos se alimentasen y descansasen. En esas condiciones, quizá las cabras habrían resultado más eficientes. Estaba recostado contra una roca, bebiendo, cuando lo oyó.
Antes de advertir a los suyos acerca del peligro inminente, dos criaturas de piel escamosa y con lenguas puntiagudas en lugar de ojos brotaron desde la tierra como flores. Las seis extremidades que nacían en sus torsos voluminosos y los grabados ininteligibles que se dibujaban en sus lomos les conferían un aspecto tan amenazador como misterioso.
—¡Gredas! —exclamó Bulos cuando una de las criaturas se aproximó. Era casi tan grande como un caballo.
El espantoso aspecto de las gredas no intimidó a los paganos, que ya habían empuñado sus armas. Los equinos se encabritaron, pero las gredas permanecieron inmóviles, como analizando su próximo movimiento.
—Salgan de ahí —exhortó Bronce—. Ya de nada sirve ocultarse, ¿o sí?
Una docena de hombres ataviados en pieles se reveló desde detrás de las rocas que cubrían una sección del sendero.