Parte 1 - La bienvenida

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Nerviosa como jamás lo he estado y henchida de excitación, bajo del coche y abro los ojos emocionada ante la llamativa pancarta que cuelga entre dos robustos robles y que dice:

BIENVENIDOS NOVATOS 2017 A LA UNIVERSIDAD DE MICHIGAN

No puedo creerme que ya esté aquí, que en cuestión de horas vaya a comenzar mi vida como universitaria, y corro a descargar el maletero del coche. Estoy muy ansiosa por conocer la residencia donde me alojaré y la compañera de habitación que tendré durante, al menos, el primer año.

Otros nuevos alumnos llegan al campus, al igual que yo. Algunos van cargados con su equipaje y se encaminan hacia el paseo principal.

-Vamos, papá. Date prisa -le apremio, colando el asa de una maleta por mi hombro.

-Calma, Jhena, tenemos tiempo. Da gracias a que no nos hayamos perdido.

-En todo caso, las gracias se las daré a mamá por comprarte un GPS -me mofo, arrojándole la almohada.

Adoro y respeto a mi padre, pero como dice mamá: pasa más horas en su mundo, que en el nuestro. Lo que le hace ser bastante despistado.

Papá es periodista, puede que por eso me intrigue elegir esa carrera, aunque no ejerce como tal. Lo dejó cuando su cabeza fabulaba más que investigaba. Fue entonces cuando decidió centrarse en escribir historias fantásticas y de mundos irreales. He de confesar que hizo lo correcto. Me encantan todas sus novelas y a un elevado porcentaje de lectores también.

Por último, recojo la funda de la guitarra y retrocedo tambaleante para que pueda cerrar el maletero.

-Pero, ¡mírate! -exclama entre risas-. ¿No puedes ir más cargada? Dame las maletas grandes.

Suspiro de alivio cuando me libera de un par de docenas de kilos y sacudo los brazos al aire antes de ponerme en marcha.

-¡Vamos! -jaleo eufórica.

A grandes zancadas paso por debajo de la pancarta de bienvenida y me encamino hacia el paseo central adoquinado, detrás de la marabunta estudiantil.

Durante el camino no puedo evitar mirar estupefacta los bellos edificios de piedra y las grandes vidrieras con las que presumen. También me agradan las amplias zonas verdes que hay repartidas por todo el campus, especialmente una que está regada de montículos. Como si una colonia de topos quisiera salir, pero el césped lo impide. Es gracioso y, cuando menos, curioso.

-Jhena, ¿sabes dónde está tu residencia? -pregunta papá, pasos por detrás.

¡Ups! Ahora mismo, en lo que menos pensaba era en la residencia.

-Tengo un plano -contesto, deteniéndome en un extremo del paseo.

Tras soltar junto a mis pies todos los bultos que cargo, rebusco dentro del bolso los folletos que me llegaron de Michigan. Pero son tantos...

-Juraría que lo tenía aquí.

-Eres tan organizada como tu madre -murmura de forma irónica.

Entorno los ojos hacia papá y tras hacerle una mueca burlona, continúo con la búsqueda.

En el intento de vaciar el bolso sobre los adoquines, empujo por accidente la funda de la guitarra y esta cae al suelo, cual pino recién talado, con la mala suerte de que un chico pasa corriendo en ese preciso momento y tropieza con ella, golpeando con rudeza mi preciado instrumento. El chico termina rodando por el paseo, pero lo que más me altera es ver el mayor tesoro del que dispongo rebotando sobre la piedra sin control.

-¡Mi guitarra! -grito, lanzándome a por ella-. ¡Cómo la hayas roto, me la pagas!

Nerviosa y temerosa de lo que me pueda encontrar, abro la vieja funda y compruebo el estado del instrumento. Alivio. Siento mucho alivio al ver que está perfectamente. Solo entonces me permito mirar al muchacho, que está tumbado a un par de metros de distancia, y lo hago con el ceño fruncido.

-¿Es que no miras por dónde vas? -le increpo.

Este se incorpora, para quedar sentado, y me mira igual de furibundo.

-Estoy bien, gracias -gruñe con sarcasmo.

Papá se acerca a él para ayudarlo a levantar y, de paso, mediar en la situación; algo que se le ha dado siempre bastante bien. Mientras tanto, yo regreso a mi sitio para continuar con la localización de la residencia, sin volver a mirar al desconocido patoso y sin volver a despegarme de la guitarra. Si se rompe, me muero.

-Bienvenida a Michigan, simpática.

Miro por encima del hombro, dudando de si el saludo va dirigido a mi persona, y al ver el gesto militar que me envía "el patoso", frunzo el ceño, molesta, y le hago burla como respuesta. Acto infantil que saca una sonrisa en el joven antes de proseguir con su carrera.

En ese momento recuerdo que, según varias estadísticas que he leído, la primera persona con la que intercambias palabras en la universidad, ya sean buenas o malas, será la persona con la que más te relaciones, también para lo bueno y lo malo.

-Que guay -musito irónica.

-Parece un chico agradable -comenta papá, acercándose.

Sonrío con fingida simpatía y sigo a lo mío.

Cuando encuentro el plano del campus, la emoción del primer día vuelve a embargarme.

-Por allí -indico al este, y recogiendo todas mis pertenencias, nos ponemos en marcha.


*Hasta aquí la primera pincelada de Bitter Boy, espero que os guste y me sigáis. Un saludo. Olivier Moon.*



BITTER BOY (Chico amargado)Donde viven las historias. Descúbrelo ahora