Parte 2 - Pija VS Hippie

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La residencia Dexter es la asignada para mí, donde conviviré con decenas de estudiantes en general y una, mi compi de habitación, en particular. Y así, a primeras impresiones, diría que es la mejor de todas. Está ubicada en el centro del campus y queda de cualquier lugar a un agradable paseo de distancia. Además, el edificio es bastante moderno en comparación con los bellos aunque clásicos que lo rodean. O eso parece visto desde fuera.

Papá está igual de encantado que yo, pero esa burbuja de fantasía explota cuando, al entrar, descubrimos que es la peor pesadilla para todo padre de universitaria novata.

¡Es mixta!

Chicos y chicas se cruzan por los pasillos y escaleras, conviviendo bajo el mismo techo.

-Será una broma -murmura papá-. ¿Estás segura de que esta es tu residencia?

Vuelvo a leer la carta que me envió la universidad y sí, me confirman plaza en una habitación de la residencia Dexter. Después, miro el letrero metálico que resalta en la pared central del recibidor y donde se lee: RESIDENCIA DEXTER.

-Sí, sin duda es aquí -aseguro a mi padre.

-¡¿Con chicos?! -exclama-. ¿Desde cuándo las universidades se han vuelto tan modernas?

-Papá, en el hipotético caso de que quisiera acostarme con un chico, créeme que no sería impedimento compartir o no la misma residencia.

Intentaba quitar hierro al asunto con mi comentario, haciéndole ver que convivir con un chico no es sinónimo de lujuria desenfrenada, así como no convivir con uno es de castidad, pero su expresión ha mutado a alerta roja. Esto con mamá no hubiese pasado dado que ella es más... ¿Cómo decirlo? Consecuente con la época en que vivimos.

-Papá, no te montes películas -le advierto.

Me acerco hasta la vitrina informativa que tengo a mano derecha y leo los listados que hay colgados, en busca de mi nombre.

-Jhena Holloway; segundo piso, habitación 8.

Hacia allí me dirijo, cargada con mi equipaje y sin dejarme intimidar por la presencia masculina con la que habitaré.

Mi querido y despistado padre parece relajarse cuando vemos que las habitaciones del segundo piso están siendo ocupadas por chicas, recién llegadas como yo, y su necesidad de alquilar un piso para mí sola se desvanece poco a poco.

Accedo a la enumerada como habitación ocho y lo primero que hago es comprobar si está la chica con la que dormiré a partir de hoy. No es así. Encuentro el cuarto vacío con dos colchones como camas, dos escritorios de madera pegados a dos armarios y un pequeño lavabo que huele intensamente a productos de limpieza. La única ventana está en el centro de la estancia y cuenta con unas magníficas vistas a... un frondoso árbol.

-Bueno, no está mal -murmuro, intentando animarme.

Acumulamos mis enseres a los pies de la cama derecha, aunque evito desembalar nada hasta que no haya consensuado el reparto de zonas con mi compañera. Espero que no tarde mucho en llegar.

Dicho y hecho. La puerta de la habitación se abre impetuosa, llegando a golpear contra la pared, y aparece un hombre trajeado y serio cargado con sendos maletones de piel, espero que de imitación. Pero eso no es todo. Para nuestra sorpresa y confusión, tras ese señor entra un segundo igual de cargado y, después, unos tercero y cuarto. Todos se dedican a amontonar maletas de todo tipo y tamaño, aunque conjuntadas, en medio de la habitación, para, al final, abandonarla sin ni siquiera mediar palabra.

En cuestión de minutos, papá y yo nos encontramos con un muro fronterizo que separa las dos zonas.

-¿Tú has visto eso? -pregunto indignada a mi padre.

Me acerco hasta el equipaje de la que será compañera mía y empiezo a empujar maletas hacia la cama izquierda, donde deben quedarse. La habitación no es solo para ella.

-¡No toques mis Louis Vuitton!

El grito procede de la puerta de entrada a la habitación y de la que supongo que es la dueña de dichas maletas: una chica que se yergue altiva y me mira con repulsa. Si esa va a ser mi compañera, no podía haber sido más diferente y contraria a mí, desde su estilismo snob de pasarela, hasta el tono claro de piel y cabello.

A largas zancadas cruza la habitación y arranca de mi mano el asa de una de sus maletas.

-No vuelvas a tocar mis cosas -sisea arisca, enfrentándose.

-Esto no es tu palacio, princesa. Si no quieres que toque tus cosas, quítalas de en medio.

-Jhena -me reprende papá.

Le miro y contengo el carácter que mi madre me ha dado, por respeto a él. Solo a él.

-Está bien, vámonos -le digo-. Te acompaño hasta el coche.

No me gustan las despedidas e intento hacer lo mismo que hice con mamá antes de que marchara al trabajo: tomarlo con naturalidad. Abrazo y beso a mi padre de la misma forma que puedo hacerlo un día cualquiera y elimino de mi cabeza el pensamiento de que se marcha y me deja sola a cientos de kilómetros de casa.

-Enciende el GPS -le aviso, una vez sube al coche.

-Y tú pórtate bien y no discutas con tu compañera -replica.

Arrugo el ceño porque, tal y como ha venido esa chica, encuentro muy difícil que reine la paz entre esas cuatro paredes.

El coche parte de regreso hacia Indiana y un sentimiento de abandono me asalta sin piedad, instalándose en mi pecho como una losa de hielo.

-Nada de lloros, Jhena -me digo, obligándome a contener las emociones.

De vuelta en la residencia, tomo una profunda bocanada de aire antes de atravesar la puerta de mi dormitorio. Miss Disney ha empezado a ordenar sus pertenecías y varias maletas ocupan de nuevo la mayor parte de la habitación. Sé que esta vez lo ha hecho a propósito, con intención de molestar, pero controlo una vez más mi fuerte carácter para no enfrentarme a ella. Vamos a pasar muchas horas juntas de ahora en adelante y no quiero malos rollos. Al menos, por el momento.

-Pija -espeto en un murmullo cuando paso por su lado.

-Hippie.



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BITTER BOY (Chico amargado)Donde viven las historias. Descúbrelo ahora